sábado, 23 de marzo de 2019


Impecable concierto de la Filarmónica bajo la batuta de Alexander Anissimov en el Colón

NOCHE MÁGICA Y MAJESTUOSA
Martha CORA ELISEHT

            El pasado jueves 21 del corriente tuvo lugar el Tercer Concierto del Ciclo de Abono de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires en el Teatro Colón, con la presencia de Alexander Anissimov como director invitado y la participación del pianista italiano Filippo Gamba como solista. El repertorio estuvo compuesto por las siguientes obras: Obertura de “FIDELIO” y el Concierto n° 3 para piano y orquesta en Do menor, Op. 37 de Beethoven, mientras que se interpretó “Scheherezade”, Op. 35 de Nicolai Rimsky- Korsakov (1844-1908) como obra de fondo.
            El director ruso no sólo es una de las mejores batutas del mundo, sino que supo dirigir con precisión, maestría y una perfección admirables, sacando los mejores matices de la orquesta. Hacía 26 años que Anissimov no visitaba la Argentina y, si bien lo hizo con un repertorio clásico, no por eso dejó de ser brillante. Tras una muy correcta ejecución de la mencionada obertura de Beethoven, el pianista Filippo Gamba hizo su presentación como solista en el Colón. Este eximio pianista italiano ofreció una soberbia versión del célebre Concierto n° 3 del genio de Bonn, con una técnica prodigiosa, una excelente pulsación, un muy buen dominio de los tempi (tutti y pianissimi), excelentes matices y se creó un diálogo perfecto entre el instrumento solista y la orquesta. Quien escribe pudo observar desde el Paraíso del Colón la precisión con la que Alexander Anissimov dio las entradas a los diferentes instrumentos solistas –incluso, al piano-, logrando una versión impecable, caracterizada por la luminosidad y pureza del sonido. Tras arrancar un aluvión de aplausos por parte del público al finalizar el concierto. Filippo Gamba ofreció una Mazurka de Chopin como bis y se ganó merecidamente los aplausos.  
            La celebérrima obra de Rimsky- Korsakov está basada en los relatos de Las Mil y una Noches, donde para preservar su vida, la sultana Scheherezade debe hechizar a su esposo – el sultán Shaiar, caracterizado por decapitar a sus esposas luego de la primera noche- mediante una serie de relatos fantásticos (El Mar y el viaje de Simbad, la Leyenda del Príncipe Kalender, El joven Príncipe y la joven Princesa y El Festival de Bagdad- El Mar embravecido- El Naufragio del barco en los Acantilados), que son los cuatro números que integran la obra. Fue compuesta en 1888 y posee una gran orquestación –tema en el cual, Rimsky- Korsakov era un experto-, caracterizada por la ampulosidad del sonido y por un leitmotiv que hilvana el relato –a cargo del violín solista, que representa a Scheherezade- y que se repite en los diferentes movimientos de la obra. A modo de preludio, al inicio de la obra se engarzan dos melodías: una, ejecutada por trombones, cornos y tuba, en tono amenazante- representando al sultán Sharar- y la otra, el leitmotiv de Scheherezade. La versión ofrecida por Anissimov fue magistral desde todo punto de vista: excelente fraseo y planos sonoros; interpretaciones eximias a cargo de los diferentes instrumentos solistas, y un sonido prácticamente diáfano y brillante, por sobre todas las cosas. Una no recuerda ver sobresalir y brillar  a la Filarmónica desde 1981, en tiempos de Yuri Simonov – quien, precisamente, también dirigió esta obra en el Colón-. La interpretación de Pablo Saraví – concertino de la Filarmónica, quien ejecutó el solo de violín- fue soberbia e hizo transportar al oyente al mundo de Simbad el Marino y otros personajes de Las Mil y una Noches. Otras destacadas intervenciones fueron las de Mariano Rey (clarinete), Gabriel La Rocca (fagot), Natalia Silippo (oboe), José Araujo (violoncello), Martcho Mavrov (corno), Daniel Marcelo Crespo (trompeta) y la percusión en general, donde Juan Ringer se lució en los timbales.
            Como conclusión, fue una noche mágica y majestuosa, donde la batuta de Alexander Anissimov hizo brillar a la Filarmónica en todo su esplendor. Ojalá que no tenga que pasar tanto tiempo (¿algunas otras Mil y una Noches, quizás?) para volver a escuchar algo tan sublime y perfecto.

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