sábado, 14 de septiembre de 2019




LO CORRECTO FUE LA REGLA

Teatro Colón, temporada 2019. decimotercer concierto de abono a cargo de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, Director: Enrique Arturo Diemecke. Solista: Lilya Zilberstein (Piano). Programa: Obras de Rachmaninoff y Bruckner. Teatro Colón, 12 de Setiembre de 2019.

NUESTRA OPINION: BUENO.

  Llegue a la sala del Colón con la lógica expectativa que genera un programa de enorme compromiso como lo era este. Dos obras, una de corte más popular en el repertorio y otra, que requiere de gran capacidad interpretativa, enorme disposición de fuerzas orquestales y que, para los amantes del género sinfónico, es considerada como un “Pezzo Grosso”. “Variaciones sobre un Tema de Paganini” de Serguei Rachmaninoff (la primera) y Sinfonía Nº 9 en Re menor de Anton Bruckner (la segunda). Debo manifestar que mis aspiraciones fueron satisfechas parcialmente.

    Las 24 variaciones sobre el célebre “capriccio” de Paganini que Serguei Rachmaninoff elaboró para piano, son quizás las más famosas entre las que varios músicos han compuesto para diferentes instrumentos. Sea por su escritura dentro de los cánones del post-romanticísmo que el compositor jamás abandonó, por las dificultades para el solista e incluso por su colorida orquestación que requiere un diálogo casi permanente entre solista, orquesta y director, que su abordaje sea un desafío. Lilya Zilberstein, una reconocida pianista rusa a quien en el medio se la recuerda muy particularmente por sus colaboraciones junto a Martha Argerich y de quién Enrique Arturo Diemecke en sus comentarios posteriores reconoció su admiración  y el deseo finalmente concretado de contarla en la programación de la Filarmónica, fue la interprete elegida para la noche. Posee una solvencia incuestionable, tiene una técnica refinadísima, sonido opulento y es muy personal en la interpretación. Llamó mucho la atención el hecho que se produjeran algunos desacoples al inicio de la obra, inclusive se lo percibió a Diemecke corrigiendo detalles de acompañamiento sobre la marcha como demorar algunas entradas o atacar de inmediato. Tal vez esa necesidad de estar pendiente ante una interprete que va haciendo su versión sobre la marcha (ignoro la cantidad de ensayos conjuntos, pero aun así la impresión que me dejó es que si a Zilberstein le surge algo nuevo lo aplica en el momento), hizo que el acompañamiento de la Filarmónica no fuese del todo convincente. No hubo ese “canto” orquestal y el fraseo al que Diemecke nos tiene acostumbrados. También la reacción del público fue en idéntica dirección. No fueron esas  ovaciones de las grandes noches, pero aún así hubo un bis no anunciado por la interprete (dio la impresión de ser un Rachmaninoff más) en la que ahí si en un clima de absoluta abstracción, intimidad y buen gusto en el toque, Zilberstein se movió a sus anchas.

  Y llegamos a Bruckner y su despedida. Todo el clima que genera esta página es así. Ya muy enfermo estaba abocado a la composición de este trabajo y toda la atmósfera que surge con solo escucharla, ineludiblemente remite al adiós. Tres movimientos. Ya desde el primero en donde tras un “pianíssimi” inicial a cargo de las cuerdas, los bronces en sus primeros sones dejan traslucir el clima fúnebre en que se va a desarrollar la música. Sorprendentemente en estos pasajes Diemecke adoptó un “tempi” muy acelerado lo que trajo como consecuencia que en los ataques en “tutti” los cornos y el timbal extinguieran el sonido del resto de la orquesta. La fundamental intervención de las trompetas, las que en la coda final del movimiento parecen emitir gritos de desesperación, no pudo percibirse. En la sección central de este movimiento, la orquesta estuvo precisa y con buen sonido, pero sin embargo, y lo reitero una vez más, faltó de forma llamativa ese “canto” orquestal.

 El segundo movimiento es un “scherzo” de mucha fuerza que da paso a un segundo tema misterioso y por momentos “diabólico” . Luego una sección central tan característica en Bruckner en donde hay pasajes de ineludible referencia a la música campesina austríaca, para  luego recapitular todo el tema inicial. Fue por lejos lo mejor de la noche que ofreció la Filarmónica. Aquí sí la interpretación fue a fondo.

  El final es un “Adagio” de fuerte carga dramática, incluye momentos de fanfarrias que pueden decirse que son la acción de gracias que el compositor (hombre profundamente católico) expresa por todo lo que ha recibido en la vida. Tal vez sea junto al  Adagio de la Sinfonía Nº 8 una de las dos composiciones mas personales de Bruckner. Hay desarrollo en los dos temas en diferentes formas, hasta confluir en una dramática coda previa al final  en donde luego ya en modo mas ·”pianissimi” la música se va extinguiendo al compás de la intervención de cornos y tubas wagnerianas. Al igual que en el primer movimiento , persistió el enfoque de “tempi” acelerado y es por eso que una vez más se repitió el hecho de que la intervención de cornos y timbales, extinguiese el sonido del resto. Aquí sí, solo las trompetas pudieron en un punto hacer surgir en parte su sonido. Pero aún así la transparencia que pudo lograrse en el final logró que el público permaneciese en silencio por unos cuantos segundos y el cálido aplauso brotase espontáneamente.

    Lamentablemente no fue una noche redonda. Vienen compromisos de suma importancia con “El Baile” de Strasnoy y la octava sinfonía de Shostakovich. Ojalá que vengan con mejores resultados.

Donato Decina

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