martes, 21 de julio de 2020


Excepcional transmisión histórica por streaming de “LA BOHÈME” desde el Metropolitan

TODO SONÓ PERFECTO EN LA BUHARDILLA PARISINA
Martha CORA ELISEHT

            El pasado domingo 19 del corriente, el Metropolitan Opera House de New York realizó otra de sus habituales transmisiones históricas por streaming: LA BOHÈME, de Giacomo Puccini (1858-1924) que data de 1982, con producción general y escenografía de Franco Zefirelli, vestuario de Peter Hall e iluminación de Gil Wechsler. El consabido binomio James Levine/ David Stivender se hizo cargo de la dirección de la orquesta y Coro estables de la institución, respectivamente.
            El elenco estuvo integrado por los siguientes cantantes: José Carreras (Rodolfo), Teresa Stratas (Mimí), Richard Stillwell (Marcello), Renata Scotto (Musetta), Allan Monk (Schaunard), James Morris (Colline), Italo Tajo (Benoit/ Alcíndoro), Dale Caldwell (Parpignol), Glenn Golpear (Sargento) y James Brewer (Oficial).
            La más romántica de las óperas de Puccini contó con una puesta en escena magistral, poniendo énfasis en la humilde buhardilla donde viven Marcello, Rodolfo, Schaunard y Colline; en el Barrio Latino, donde se desarrolla el 2° Acto- y se hallan tanto el Café Momus como  la feria navideña-. Para poder desarrollar convenientemente la escena, se emplea una escalinata por donde pasará el desfile militar (y que servirá de escapatoria a los bohemios en compañía de Musetta) y un balcón, donde se instala el Coro viendo pasar el desfile, mientras que en la parte inferior se sitúa el célebre café. Y la hostería donde se refugian Marcello y Musetta en la afueras de la ciudad (Barrière d’Enfer), donde acude Mimí en busca de Rodolfo poniendo en riesgo su salud. El vestuario de época resultó sumamente apropiado para exaltar la humildad de Mimí –el clásico vestido celeste con cuello blanco, delantal y un chal de lana durante los dos primeros actos, que rota a negro en el 3° y blanco en el 4°- versus la extravagancia de Musetta –ataviada en un vestido de terciopelo rojo con capucha al tono y estola de visón cuando se encuentra bajo la protección del rico Alcíndoro- , quien posteriormente usa un atuendo más modesto cuando cambia su condición social. Y los hombres, con saco y pantalón típicos de la moda francesa de fines del siglo XIX, época en que está ambientada la historia (Escenas de la vida de bohemia, de Henri Mugler). Musetta hace su monumental entrada en un carruaje –calesa- al llegar al Momus mientras que Parpignol vende sus juguetes en una pequeña carroza ricamente adornada para hacer las delicias de los niños.
            Un joven James Levine puso energía, entusiasmo y énfasis en la partitura desde el inicio de la obra, exaltando los momentos más románticos y dramáticos, logrando el clima perfecto para deleite de la audiencia. El Coro también sonó perfecto en sus intervenciones en el 2° y 3° Actos de la obra, al igual que el Coro de Niños tras la aparición de Parpignol. Dale Caldwell es un histórico del Metropolitan y casi siempre ha interpretado este rol secundario, al igual que el bajo Italo Tajo en el doble papel de Benoit y Alcíndoro. Si bien son roles de muy corta intervención, requieren de gran preparación actoral,  porque el primero debe soportar el ridículo por parte de los bohemios y el segundo, sufrir el desplante de Musetta, cosa que hizo perfectamente bien. Lo mismo sucedió con el Sargento y el Oficial del 3° Acto en las voces de Glenn Golpear y James Brewer, respectivamente.
            En cuanto a los roles principales, todos los intérpretes no sólo se destacaron, sino que además estuvieron perfectamente caracterizados. Oculto tras una espesa barba y larga cabellera oscura, James Morris dio vida a un Colline soberbio, al cual el Met aplaudió y vitoreó tras su aria principal en el 4° Acto (“Vecchia zimarra, senti”), mientras que Allan Monk se lució como el músico Schaunard. Por su parte, el barítono Richard Stillwell interpretó un muy buen Marcello, luciéndose en los dúos con Rodolfo (“Questo Mar Rosso…” y “In un coupe?”) y Mimí (“Mimí?... Fa freddo”). Y su encuentro con Musetta fue magistral en el 2° Acto. Un muy joven José Carreras encarnó un Rodolfo que se caracterizó por la ternura y dulzura de su voz en las escenas de amor. Si bien careció del caudal de sus contemporáneos Plácido Domingo y Luciano Pavarotti –grandes intérpretes de este rol- ,  lo compensó con sus perfectas dotes actorales y las inflexiones de su voz en arias tan famosas como “Che gélida mannina”, “O soave fanciulla” y en los dúos (“O, Mimí tu piú non torni…” y “Msrcello, finalmente… Mimí e una civetta…”). Desde ya, el Met estalló en aplausos al finalizar cada una de las mismas.
            Renata Scotto brindó una Musetta de antología: seductora, caprichosa, irascible, temperamental, rebelde, pero asimismo generosa y bondadosa hasta último momento, ayudando a trasladarse a Mimí para que muera dignamente junto a sus amigos y al hombre que realmente amó.  Fue una de las más grandes intérpretes de este rol y brilló desde su aparición en escena con la celebérrima “Quando m’en vo”. Insuperable desde todo punto de vista.
            Los expresivos ojos de Teresa Stratas ayudaron muchísimo a la composición de una cándida, humilde y angelical Mimí, cuya caracterización fue perfecta. Apareció con una notable palidez desde su entrada –perfecto para una enferma de tuberculosis- y sus pianissimi en la célebre “Sí, mi chiamano Mimí” fueron de una perfección absoluta. Al terminar el aria, el Met la ovacionó. Y brilló en el 3° Acto, interpretando tanto su aria  (“Donde lieta usci al tuo grido d’amore”) como el monumental cuarteto donde los personajes deciden separarse (“Dunque: e proprio finita!”).  Y cuando se está muriendo, cantó prácticamente todo el acto acostada, levantándose apenas sólo para cantar “Sono andati?... Fingeva di dormire”, donde confiesa su amor por Rodolfo. Naturalmente, el Met estalló en aplausos tras su intervención. Era una tuberculosa muriéndose al ritmo de la música, con apenas un hilo de voz.
            Independientemente del sesgo de preferencia que una siente por esta ópera, ha sido una de las mejores versiones de este gran clásico pucciniano que una escuchó en la vida desde todo punto de vista: vocal, actoral y musical. Por lo tanto, la buhardilla del viejo París se transformó en una magnífica caja de resonancia, donde todo brilló por su presencia y sonó como los dioses.

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