sábado, 7 de noviembre de 2026

 Titánico cometido…


Por Jaime Torres Gómez


Luego de un excelente programa familiar -sin duda, el más logrado del año de dicho ciclo, con

una formidable dirección musical de Nicolás Rauss junto a una inteligente y correlacionada

dramaturgia de Juan Francisco Sánchez más una estupenda intervención actoral de Diego

Chamorro-, la Orquesta Sinfónica Nacional dio paso al programa N° 19 de su temporada oficial

nuevamente en su sede de la Gran Sala Sinfónica Nacional, esta vez de la mano del solvente y

carismático maestro sueco Ola Rudner.

Avalado por importantes presentaciones junto a la Sinfónica, y considerando una ausencia de 7

años, poco se entiende que un maestro de las credenciales de Ola Rudner haya sido convocado

por sólo un programa…, considerando la jerarquía de sus resultados en este reencuentro con los

sinfónicos y el público chileno.

Con llenos totales en ambas funciones, del todo gratificante fue constatar una masiva llegada de

público para una presentación del ámbito de la música de tradición escrita, desmistificándose

ciertos torcidos prejuicios al motejar de “elitista” el cultivo de este tipo de música, evidenciado en

esta oportunidad ante la convocatoria de compositores como Mozart y Mahler, sin duda

genuinamente “populares”…

Con una primera parte que contempló la Misa Brevis N° 9, K.V. 275 (1777), de W.A. Mozart,

obra amable, de reducido orgánico coral e instrumental y no de mayores exigencias técnicas, fue

pertinente su inclusión como parte del proceso de modelación sonora de la Gran Sala Sinfónica

tras un año de funcionamiento, donde aún se requieren ajustes para ciertos repertorios. En el

caso de la música coral con orgánicos pequeños, de alguna forma no se ha podido calibrar

adecuadamente la proyección sonora, instándose seguir programando obras del perfil de esta

Misa Brevis mozartiana.

Con un animado enfoque de la batuta invitada, con logradas transparencias, dinámicas y buen

ensamble coro-orquesta, no obstante, desde la platea baja de la sala, no se percibió con mayor

presencia, ameritando perseverar en un profundo estudio acústico para este tipo de repertorio.

Muy buenos cometidos de la Camerata Vocal de la Universidad de Chile y las voces solistas

Valeria Vega (mezzo), Francisco Espinoza (tenor), David Gáez (bajo), y especialmente Fanny

Becerra (soprano) en el Benedictus y Agnus Dei, siendo este último el momento más relevante

de la obra -de expansiva amplitud expresiva-, que fue ofrecido con una inteligente progresividad

por parte del maestro Rudner. 

Con radical contraste, la segunda parte llegó con la siempre bienvenida Sinfonía N° 1 “Titán”, de

Gustav Mahler, obra de gigantescas proporciones sonoras. En sí, existía alta expectación

presenciarla en la Gran Sala, por sus fuertes requerimientos tímbricos y colorísticos.

A priori, el fuerte interés por este compositor postromántico, al umbral de lo devocional…, se

explica ante el amplio arco de temáticas insertas en sus obras, inspiradas en ideas filosóficas

desde Schopenhauer, Nietsche, Dostoyevski y otros, más una particular adhesión a una

espiritualidad propia de la tradición judeo-cristiana. Así, para entender musicalmente a Mahler

hay que posicionarse dentro de una mirada esencialmente orquestal, plasmada en una compleja

gama de requerimientos expresivos en todos los instrumentos, ora en contexto individual (cada

uno representando un mundo en sí mismo), ora de conjunto (con grandes masas instrumentales

protagónicas), cobrando relieves discursivos superiores mediante un notable dominio de lo

armónico y de la orquestación, amén de una libertad formal completamente atípica manifestada

en una atractiva simbiosis entre la música pura y lo programático. Y particularmente la “Titán”,


originalmente concebida como un poema sinfónico en dos partes, alude a una búsqueda de

trascendencia en base a epopéyicas conquistas a través de un héroe, conjugando una atractiva

correlación hombre-naturaleza (de visos panteístas).

Impactante versión firmada por el maestro Rudner, profundamente asimilada en lo expresivo y

analítico. Gran sentido del todo (formidables exposiciones temáticas y transiciones), pletórica de

colores, matices más diáfanas (y cálidas) texturas. Asimismo, muy bien cuidada la calidad del

sonido, con logros superlativos como los armónicos iniciales de los violines, a pesar de algunos

accidentes menores a lo largo del endiablado primer movimiento. Magnífica exposición del ländler

del segundo, con la idiomática rusticidad y poesía requerida. En el tercero, del todo convincente

el equilibrado y contenido enfoque de la marcha fúnebre (tempi no excesivamente lentos ni

tampoco ansiosos), además de una formidable entrega del solo inicial del contrabajo a cargo de

Héctor Leyton. Y calibradamente controladas las tempestades sonoras del brioso último

movimiento, como un inteligente manejo de las secciones de carácter (soberbia administración de

lo emotivo y descriptivo). Inapelablemente, una versión triunfal de la Titán mahleriana… y

debidamente justipreciada por un enfervorizado público.

En suma, un concierto programáticamente redondo, con alta convocatoria más resultados de

jerarquía liderados por una batuta de fuste como la de Ola Rudner, dando cuenta de un “titánico”

cometido…

 Un programa fundamental…


Por Jaime Torres Gómez

El programa N° 18 de la temporada oficial de la Sinfónica Nacional, en su sede

de la Gran Sala Sinfónica Nacional, estuvo precedido de tres excelentes

presentaciones, la primera con una deslumbrante dirección del nuevo titular

designado, el finés Ari Rasilainen, como un logradísimo programa

barroco en formato de cuerdas comandado por el virtuoso violinista inglés Daniel

Rowlands, más el estreno en gran formato sinfónico del “Canto para una Semilla”,

de Luis Advis, dirigido por la carismática maestra cubana Yeny Delgado, llegando

ahora una esperada y largamente ausente Novena Sinfonía de Anton

Bruckner más el estreno del Segundo Concierto para Piano del compositor

nacional Andrés Maupoint.

Dirigido por el reconocido maestro chileno Maximiano Valdés, asiduo colaborador

de la Sinfónica, abrió con el Concierto de Maupoint, denominado “Aquiles y

Pentesilea”, obra de indiscutido oficio para las posibilidades técnicas del piano, y

seguramente facilitado al ser el compositor un destacado pianista.

De carácter epopéyico y diametralmente distinto al anterior concierto para piano,

este Segundo Concierto se percibe muy original en su temática al inscribirse

dentro de la mitología griega, relatando la trama de Aquiles al matar a Pentesilea

(reina de las Amazonas) en medio de la Guerra de Troya. Con directos guiños,

entre varios, a música de Liszt (en lo brioso), Messiaen (en lo colorístico) e incluso

a Berlioz (en lo heroico) más auto-citas de varias obras, principalmente de su

aclamada Árbol sin Hojas, se da una biunívoca correspondencia entre el piano y la

orquesta (de frondoso orgánico), manteniendo un permanente interés desde el

aterrador tutti inicial, pasando por una galería de momentos de tensión-distensión,

y coronándose con un clímax en do mayor propio de un estadio de entelequia,

raras veces experimentado… Irredargüiblemente, de los más originales y

solventes conciertos para piano de un compositor nacional, e inapelablemente,

todo un producto de exportación…

Gran cometido del extraordinario pianista nacional Luis Alberto Latorre como

solista, con exacta seguridad de toque más completo oficio en las diversas (y

contrastantes) exposiciones de carácter. Asimismo, una comprometida dirección

de Maximiano Valdés, obteniendo una respuesta de total ajuste de los sinfónicos.

Como inteligente complemento, y luego de casi 30 años de ausencia, llegó la

Novena Sinfonía de Anton Bruckner, constituyendo la tercera vez que se ofrecía

en Chile. A la vez, un hito que la misma Sinfónica Nacional haya abordado esta

sinfonía puesto que en los últimos 50 años sólo había hecho las Sinfonías N° 3, 4,

6, 7 y 8.

Siendo la última obra de este fundamental compositor de la historia de la música,

reafirma un profundo auto da fe en cuanto una vida de continua alabanza a Dios.


De hecho, esta sinfonía está dedicada a su “amado Dios”, y aunque no alcanzara

a completarla (sólo hasta unos pocos esbozos del cuarto movimiento), se dice que

el mismo Bruckner habría sugerido (quizás, resignado…) que se ofreciera como

final la ejecución de su Te Deum, pieza de innegable valor, pero, de alguna forma,

poco idiomática luego del desgarrador tercer movimiento, sustentado por sí mismo

como contemplativo final. Incluso, el cuarto movimiento reconstruido y

complementado por William Carragan en 1983, de innegables méritos, no logra

ciento por ciento el vuelo esperable como orgánico, aunque bastante mejor que la

solución de ligar el final con el propio Te Deum bruckneriano…. De ahí, siempre

bienvenida la versión con los tres movimientos originales, como se presenció en

esta oportunidad…

Notable versión de Maximiano Valdés, reafirmando su afinidad con la música

bruckneriana, luego de presenciársele hace dos años con la Filarmónica una

deslumbrante versión de la Séptima Sinfonía de este compositor. Ofrecida en

inmejorables condiciones acústicas como las brindadas por la Gran Sala

Sinfónica Nacional, se trató de una experiencia única e irrepetible, ameritando

perseverar programando Bruckner en dicho espacio.

Con autorizada cátedra, Valdés plasmó total consubstanciación, con una lectura

de acabado análisis de las complejidades mismas de la partitura, construyendo

una sonoridad -con irrefutable oficio-, ora maciza, ora transparente, amén de una

adopción de equilibrados tempi, como una galería de logrados matices, acentos y

arrebatadoras progresividades expresivas. La Sinfónica,  en estado de gracia, dio

cuenta de excelencia a borbotones en ensemble y estupenda calidad de sonido.

Un triunfo colectivo inapelable y acicate para embarcarse a futuro en un Proyecto

Bruckner que contemple aquellas irresponsablemente postergadas sinfonías N°

5, 7 y 8 en la decana sinfónica nacional…

En suma, un programa fundamental entre todo lo presenciado durante el año, por

la envergadura de las obras y la solidez de sus resultados…

 


Julían Medina, Manuel Hernández Silva y la Filarmónica de Buenos Aires en un nuevo y atractivo programa. Foto de Juanjo Bruzza para Prensa del Teatro Colón


Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires

.Orquesta Filarmónica de Buenos Aires

.Director: Manuel Hernández-Silva

.Solista: Julián Medina, contrabajo

.Teatro Colón, 24 de octubre, hora 20.


En su concierto del 24 de octubre, la Orquesta Filarmónica de Buenos

Aires, dirigida por el maestro Manuel Hernández-Silva, contó con la actuación

solista de Julián Medina en contrabajo.

El programa incluyó en primer término, en estreno americano, la obra En

camino sinuoso, de Daniel Freiberg (1957) comisionada por la institución

Studentenwerk Freiberg, el concepto del opus es el de connotar un recorrido

por los países y por la historia, por medio de la alternancia de diferentes ritmos,

dentro de un marco de música académica y con un trabajado manejo orquestal.

Distintos ritmos forman parte del discurso, que alterna desde uno

sinfónico terso y homogéneo a intervenciones de instrumentos como la batería,

alternando asimismo con ritmos folklóricos, con prevalencia, hacia el final de

patrones de compás de acentuación asimétrica, y de acentos propios del tango,

en un contexto en el cual estos elementos son presentados en una continuidad

que nunca es abrupta.

Se trata de una suerte de derrotero a partir de ritmos muy diferentes

entre sí, con un manejo refinado de la orquestación.

La segunda obra de la primera parte fue Divertimento concertante

para contrabajo y orquesta, de Nino Rota (1911-1979)

Muy diferente a sus trabajos para filmes (como la inolvidable música de Il

Gattopardo) el divertimento comienza con un Allegro en una concepción

tradicional, donde luego del tema introducido por la orquesta y posteriormente

tomado por el instrumento solista; después del diálogo con el oboe y una

elaboración del material temático, concluye con una cadencia del solista. El

segundo movimiento Marcia, Alla marcia ellegremente está marcado por las

incisivas intervenciones de las maderas y de las cuerdas en pasajes

descendentes con un material repetitivo. El tercer movimiento Aria. Andante

está dado en un tema que introduce el instrumento solista y que es trabajado

por las distintas voces a lo largo del desarrollo del movimiento. El Finale.

Allegro marcato es desarrollado a partir de un diálogo con las maderas e

intervenciones del instrumento solista con el uso doble de cuerdas. Finaliza con

una cadencia solista.

El carácter de una música más de ejercicio o de estudio que de una

elaboración en relieves musicales profundos, la exploración o la narrativa, es la

impronta de un trabajo destinado a la expansión del instrumento solista. En tal

sentido, la interpretación de Julián Medina fue por demás destacada en el

dominio de las posibilidades del instrumento. Formado en la Academia del

Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, ha actuado en diferentes orquestas

y como solista, habiendo obtenido numerosos reconocimientos en el país y en

el exterior.


La segunda parte del concierto dio comienzo con la Marcha eslava,

opus 31 de Piotr Illich Tchaicovsky (1840-1893) que alterna tres canciones

serbias y un himno ruso, fue abordada en el comienzo –que suele ser a un

tempo moderado- a un tempo rápido, lo cual incide en el posterior de las partes

más rápidas que se suceden y hacen la interpretación todavía más exigente en

la precisión que requieren los temas en sí y en la mayor velocidad que

demanda la interpretación, que dio a la obra un efecto muy compacto y

vibrante.

El poema sinfónico Francesca da Rimini, fantasía a partir de Dante,

opus 32, de Piotr Illich Tchaikovsky fue la última de las obras del programa.

Inspirada en el Canto V de la Divina Comedia de Dante, más allá de lo

que connota musicalmente, surge en lo puramente musical que hay un centro

tonal en el modo menor –principalmente en mi menor- y las sonoridades

graves y descendentes plantean –ab initio- un clima trágico e inquietante. A

una introducción descendente de la sección grave de la cuerda sucede un

fuerte acorde de los bronces y luego el tema es extendido hasta el

advenimiento del siguiente. De allí en más, los motivos se sucederán

planteando un clima tenso y de inminencia, serán breves, claros, contundentes.

Eso es solo el principio, asistimos a una manifestación virtuosa de la

orquestación, que alterna con fragmentos de muchos relieves en las distintas

secciones de las cuerdas, que, de un instante a otro, cambia en elementos muy

sutiles: por ejemplo, a un leve ascenso en un pasaje de los cellos sigue un

breve descenso, en un paisaje musical siempre tensional. El único momento de

calma es la aparición de la voz de Francesca, representada por el clarinete,

acompañada de un pasaje terso y homogéneo en los violines, que entonan un

bellísimo motivo en una forma interrogativa (la resolución del pasaje se

demora, de compás en compás, y va cambiando en una extensión del motivo

inicial). Todo motivo conduce a una transformación, tras la cual surge algo

sorpresivo. Se trata de un discurso de muchos relieves.

La orquesta brilló en un sonido tan sutil y delicado como poderoso en los

grandes pasajes de los metales. El maestro Hernández-Silva, director musical y

artístico de la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia, con una muy

destacada carrera en su haber, como conductor en distintos países y ganador

de premios como el del Concurso Forum Junger Künster, organizado por la

Orquesta de Cámara de Viena, brindó no solo una excelente versión de este

poema sinfónico, sino también de obras de muy diferente carácter.


Eduardo Balestena

 


La Orquesta Académica del Teatro Colón con la guía de Diego Censabella en un nuevo concierto. Fotografía de Juanjo Bruzza para Prensa del Teatro Colón


Orquesta Académica del Instituto Superior de Arte

del Teatro Colón

.Orquesta Académica del Teatro Colón

.Director: maestro Diego Censabella

.Solista: Iván Rutkauskas, piano

.Teatro Colón, 24 de octubre, hora 20.


Bajo la dirección del maestro Diego Censabella y la actuación solista de

Iván Rutkaukas en piano, se presentó la Orquesta Académica del Teatro Colón

con un por demás interesante programa dedicado a la música rusa, con dos

obras que –salvo su esencial complejidad- son muy diferentes entre sí.

El Concierto nro. 1 para piano y orquesta, en re bemol mayor, opus

10, de Sergei Prokofiev (1891-1953) fue la primera obra del programa.

Escrito para su presentación al concurso Rubinstein, cuando el

compositor tenía 22 años, comienza, con un Allegro Brioso, luego de una breve

intervención orquestal, con el tema en re bemol, armónicamente denso –que

servirá como elemento de unidad- que lleva a un rápido solo de piano en do,

transición muy notoria.

Se trata de una obra rápida, precisa y exigente, con pasajes, en la breve

sección lenta, que nos evocan al futuro ballet Romeo y Julieta.

La bella y breve sección central, en mi menor, conduce nuevamente al

elemento inicial.

El Andante assai siguiente, en sol sostenido menor, es muy bello y

evoca –en el modo menor- la misma sensación de angustia que la breve

sección central del movimiento anterior. Es muy original la parte conclusiva,

con cierta indefinición tonal y un descenso arpegiado en el piano, dando la

sensación de algo no enteramente resuelto.

Allegro scherzando es el tiempo del movimiento final, también muy

rápido y exigente. El material inicial es modificado, expandido, pero reconocible

y se produce un frenético accelerando que conduce al tema inicial.

Iván Rutkaukas, pianista de una gran trayectoria, nacional e

internacional y docente de música de cámara del Instituto Superior de Arte del

Teatro Colón, ha abordado distintos repertorios. En este caso logró una

excelente versión de un concierto que, en su brevedad, cuenta con numerosas

dificultades, en pasajes siempre rápidos y en un diálogo cerrado con la

orquesta.


Cuadros de una exposición, de Modest Mussorgski (1839-1881) en

la versión orquestal (1922) de Maurice Ravel (1875-1937) fue la obra que

siguió en el orden del programa.

Anticipado a su tiempo, Mussorgsky sentó las bases del lenguaje que la

música adoptaría en el futuro: asperezas armónicas, escalas modales, escalas

de tonos enteros, polirritmias y un uso del acervo musical ruso, más que nada

en los ritmos.

A la muerte del pintor Víctor Hartmman, sus amigos organizaron una

exposición de sus cuadros. De esa experiencia surgió la original suite de


Mussorgski. El programa musical consiste en el recorrido de la exposición y las

impresiones subjetivas que los cuadros producen en el músico. Su idea

compositiva no estaba afiliada a la música pura sino al programa musical.

El número inicial, Promenade, representa ese recorrido y se presenta

varias veces de diferentes modos, con distintos timbres instrumentales.

Ravel verdaderamente reelaboró el original para piano y llevó el

concepto musical al máximo de sus posibilidades, rescatando el color y la

riqueza tímbrica y los cambios dinámicos.

Huelga decir que se trata de una muy demandante en su interpretación,

hay líneas cruzadas entre las distintas secciones, cambios permanentes, un

caudal de intensidad muy grande, por ejemplo en La gran puerta de Kiev, el

número final. Las líneas trabajan por acordes arpegiados con voces divididas

entre varios instrumentos, para los números oscuros y fantásticos el autor se

vale de escalas de tonos enteros, no obstante lo cual, el conjunto tiene una

fuerte unidad, basada más que nada en que todo es igual de original.

El cambio es permanente, en las gradaciones sonoras, los motivos y las

exigencias. Cada acorde inicial de un nuevo motivo es presenta de modo

repentino y preciso y la orquesta, en esa diversidad de intervenciones, debe

funcionar como un todo.

La dirección del maestro Censabella, maestro interno de repertorio del

Teatro Argentino de La Plata, ha dirigido numerosos organismos orquestales.

Es compleja la marcación de una obra de la complejidad de Cuadros de una

exposición, que abordó con todos sus desafíos con una orquesta muy

preparada que estuvo a la altura de un repertorio de las características del

abordado.

Eduardo Balestena


I Gnomos

Interludio-Promenade

II El viejo castillo

Interludio-Promenade

III Tullerías

IV Bydlo

Interludio-Promenade

V Ballet de los polluelos en sus cascarones

VI Samuel Goldenberg y Schmuÿle

Promenade

VII El mercado de Limoges

VIII Catacumbas – «Cum mortuis in lingua mortua»

IX La cabaña sobre las patas de gallina (Baba-Yaga)

X La gran puerta de Kiev


Eduardo Balestena

 


Dos Gigantes de la lírica en acción; Nadine Sierra y Freddie de Tommaso bajo la dirección de Constantine Orbellan, captados por Juanjo Bruzza para Prensa del Teatro Colón


Broche de oro para el Ciclo Aura


Freddie De Tommaso y Nadine Sierra brillaron en el Colón


Teatro Colón

Lunes 26 de octubre de 2026 

Escribe: Graciela Morgenstern

Fotos: Juanjo Bruzza


Ciclo Aura: Gala Lírica

Freddie De Tommaso (Tenor)

Nadine Sierra (Soprano - Artista invitada)

Dirección musical: Constantine Orbelian

Orquesta del ciclo AURA

Programa

Vincenzo Bellini: Obertura de Norma

Giacomo Puccini: “Recondita armonía”, de Tosca

Georges Bizet: Preludio y “La fleur que tu m’avais jetée”, de Carmen

Giacomo Puccini: “Piangi? Perché? Un bel dì vedremo”, de Madama Butterfly

“Che gelida manina”, “Sì, mi chiamano Mimì” y “O soave fanciulla”, de La Bohème

“Nessun dorma”, de Turandot

Giuseppe Verdi: “Tu puniscimi, o Signore”, de Luisa Miller

“Ah! sì, ben mio…Di quella pira”, de Il trovatore

Pietro Mascagni: Intermezzo de Cavalleria Rusticana

Charles Gounod: “Amour, ranime mon courage”, de Roméo et Juliette

Pietro Mascagni: “Mamma, quel vino è generoso”, de Cavalleria Rusticana

Giacomo Puccini: Intermezzo de Manon Lescaut

“Chi il bel sogno di Doretta”, de La Rondine

Umberto Giordano: “Vicino a te s’acqueta”, de Andrea Chénier


El Ciclo Aura tuvo un cierre brillante con el debut de Freddie De Tommaso y Nadine

Sierra, acompañados por la Orquesta del mencionado ciclo, dirigida por Constantine

Orbelian, en un programa que incluyó arias y dúos del repertorio italiano y francés.

La primera presentación del tenor británico era muy esperada, ya que está

realizando una carrera en rápido ascenso en los escenarios más importantes del

mundo. Y no defraudó.

Su voz es robusta en toda su extensión, tiene squillo y gran caudal, aunque nunca

llega a sonoridades excesivas. Siempre canta nunca grita y transmite los

sentimientos de cada fragmento que transita. La técnica es sólida y su canto es

alla italiana, en estilo similar a Corelli, Del Monaco o Bergonzi. Más allá de algún


pequeño desliz del cual ningún cantante está libre, especialmente con los nervios

del debut, su actuación fue extraordinaria. Desde su entrada con “Recondita

armonía”, logró la aprobación del público y consiguió los mayores aplausos con

sus interpretaciones de “Nessun dorma” y “Ah! sì, ben mio…Di quella pira”, en las

que exhibió su poderío vocal.

A su lado, Nadine Sierra, amada por el público argentino, brindó otra gran

actuación. Desde su entrada, arrancó cálidos aplausos. Durante todo el recital,

demostró un extraordinario manejo del fiato, sosteniendo frases extensas en varias

oportunidades. De la misma manera, impactó su canto con matices, bellos pianísimos,

ataques precisos, impecable legato y desenvoltura escénica. Los puntos más altos de

su actuación fueron las arias de Luisa Miller y de Romeo y Julieta.

Ambos intérpretes brillaron en los dúos, especialmente en el de Andrea Chenier, que

fue un final brillante.

La Orquesta del Ciclo Aura, bajo la batuta de Constantine Orbelian, realizó una lectura

correcta de las partituras a su cargo.

Ante la ovación de la concurrencia, los cantantes ofrecieron cinco obras fuera de

programa: “E lucevan le stelle”, de Tosca, “Lippen schweigen”, de La viuda alegre de

Lehár, “Sempre libera”, de La Traviata , “O mio babbino caro”, de Gianni Schicchi y la

repetición de “O soave fanciulla”.

De esta manera, concluyó en Ciclo Aura, destacado por la altísima calidad artística

que se viene repitiendo año tras año.

CALIFICACIÓN: EXCELENTE

miércoles, 4 de noviembre de 2026

MAGNÍFICA REUNION SHAKESPEARE -VERDI EN ROSARIO

 Teatro El Círculo de Rosario, temporada 2026. Opera: Macbeth, drama lírico en cuatro actos basado en la obra de William Shakespeare con música de Giuseppe Verdi y libreto de Francesco María Piave. Elenco: Leonardo López Linares (Macbeth), María Belén Rivarola (Lady Macbeth), Andrés Cofré (Macduff), Bruno Sciaini (Banquo), Martin Otaduy (Malcom) y elenco. Vestuario: Ramiro Sorrequieta/Liza Tanoni. Iluminación: Tomas Quiroga, Puesta en escena y escenografía: Marcelo Perusso. Ballet Clásico de Rosario, Directora: Tatiana Fesenko, Montaje Coreográfico: Maximo Aragones. Coro de la Opera de Rosario, Director: Horacio castillo. Orquesta Sinfónica Provincial de Rosario, Director: Javier Más. Teatro El Círculo, función del 31/10/26.



NUESTRA OPINIÓN: MUY BUENO.


  Puedo decir que salí sumamente satisfecho de la sala del Teatro El Círculo de Rosario tras asistir a la última representación de Macbeth de Verdi. Razones, muchas. Comienzo señalando la impecable puesta de Marcelo Perusso en dónde apelando al relato, con elementos austeros que se circunscribieron al ámbito en el que esta obra se desarrolla y acompañados por un muy buen diseño de vestuario de Ramiro Sorrequieta y Liza Tanoni, sumada a la estupenda iluminación con fondo escarlata de Tomás Quiroga, dieron el marco acorde al relato. A partir de ahí, señaló como sumamente positivo el aporte de quienes tuvieron a su cargo los roles coprimarios, la magnífica preparación y el estupendo desempeño del Coro de la Opera de Rosario, dirigido por Horacio Castillo y la grata sorpresa que constituyó el aporte del Ballet Clásico Ruso de Rosario, el que es dirigido por una verdadera gloria de la danza argentina como  Tatiana Fesenko con el montaje para esta obra de Maximo Aragones. Aquí se ha apreciado una magnífica labor de equipo.


  La parte vocal mostró a un muy correcto Bruno Sciaini como Banquo, una voz muy interesante como la de Martin Otaduy en el rol de Malcom y ya ingresando a los roles estelares un sobresaliente Andrés Cofré como Macduff en una estupenda versión de Ah la Paterna Mano. María Belén Rivarola en una actuación consagratoría de punta a punta ante los suyos y Leonardo López Linares quien con presencia, oficio y administración de recursos vocales, logro llegar a buen puerto con su personificación de Macbeth.


  Párrafo final para la descollante labor de Javier Más en la concertación. Concepción perfecta del drama verdiano con una orquesta que respondió plenamente a sus requerimientos. Dió gusto escuchar fragmentos como Patria Opressa en dónde Coro y conjunto instrumental se unieron en una versión que será sumamente recordada por el público rosarino.


  Con el programa de mano, recibí un adjunto con las doce actividades previstas para el 2027. Cuatro Orquestas invitadas, Tres operas, dos ballets, dos  sinfonico-corales y un concierto de cámara conforman la grilla. Habrá que prestar atención y si las fechas cuadran, por qué no pegarse una vuelta por aquí?


                                               Donato Decina 


  

lunes, 26 de octubre de 2026

 



El instante en que Rigoletto clama Vendetta! captado de manera magistral por Liliana Morsia para Juventus Lyrica.


Rigoletto en Juventus Lyrica


Rigoletto, opera en tres actos (1851)

Música: Giuseppe Verdi (1813-1901)

Libreto: Fracesco María Piave (1810-1876)

Basada en la obra Le roi ´s amuse, de Víctor Hugo (1802-1885)


Elenco:

Rigoletto, Fernando Grassi, barítono; Gilda, María Lucía González, soprano; Duca: Nazaret Aufe, tenor; Sparafucile, Cristian de Marco, bajo; Maddalena, Eugenia Fuente, mezzosoprano; Monterone, Víctor Chavez, bajo;  Giovanna, Lucía Alonso, soprano; Borsa, Hernán Quinteros, tenor; Ceprano, Santiago Tabliabue, bajo; Marullo, Santiago Barcala, barítono; Condesa Ceprano, Lucía Alonso, mezzosoprano; Paje, Sol Sánchez Polverini, mezzosoprano.

Coro de Juventus Lyrica, preparador, Pablo Manzanelli

Dirección Musical: André Dos Santos

Orquesta de Juventus Lyrica

Preparación musical: Susana Cardonnet

Dirección actoral y puesta en escena: María Jaunarena

Diseño de maquillaje y peinado: Silvana Caruso

Vestuario: María Jaunarena

Escenografía e iluminación, Gonzalo Córdoba 

Teatro Avenida, 23 de octubre, hora 20


La “tinta musical”, así era definido en la miniserie La vida de Verdi (1982) de Renato Castellani, el talento verdiano de ir a lo medular en la música y el canto y llevarlos al límite más alto de sus posibilidades.

Hemos de apropiarnos de la frase y trasladarla al puro drama escénico, hecho de concisión, intensidad y máximo aprovechamiento de los recursos a utilizar para llevar a cabo las alternativas del desarrollo del drama una vez que éste se desencadena a partir de la maldición de Ceprano, que pone en marcha un mecanismo digno de Sófocles. No hay duda del papel de Piave en este logro.

En este pasaje sin concesiones, indetenible y rápido, cada elemento debe ser brillante y a la vez funcional y marchar como un mecanismo, aceitado y sin fisuras.


La tinta musical 

El drama es anunciado ya desde el propio preludio, que comienza con un motivo repetitivo en los vientos y timbales, con terceras descendentes en el tercer compás y  desarrolla un motivo con mayor densidad armónica ya a poco de comenzar. Desde el barroco, las terceras descendentes son símbolo de muerte y de dolor.

La música trabajará con las diferentes intensidades dinámicas que acumulan una tensión que se desencadena en un acorde resolutivo, solo para volver a comenzar el ciclo, una vez y otra.

Esto contrastará violentamente con el comienzo de la acción, con un minuetto  que, acertadamente, María Jaunarena vincula al de la fiesta en casa de Don Giovanni, en la ópera de Mozart.

El código verdiano se vale de pasajes ascendentes de notas acentuadas en los momentos dramáticos, como la maldición, de pasajes de semicorcheas y tríadas en los violines, pero según la situación dramática, un breve cambio en la altura disipa la tensión y conduce a otra cosa. Todo es rápido y sin solución de continuidad.

La música tiene una función eminentemente narrativa, además de connotativa de los climas. La orquesta trabajó siempre en esta discursividad muy precisa, con indicaciones del director a los cantantes en todo momento. Nunca dejó de trabajarse dentro del concepto de una unidad de música, voces y movimientos, máxime en una ópera en la cual cada parte es por demás bella y conocida.

Todos los momentos fueron acabadamente logrados, un ejemplo el de la tempestad, que comienza a gestarse con un pasaje de flauta en uno de los momentos más tensos y, al compás siguiente, es mencionada por Sparafucile, y sugerida por un pasaje grave de las cuerdas. El coro a boca cerrada la acentúa pero a la vez connota el drama de lo que sucederá. Lo que subraya no es solo un evento climático sino algo mucho más oscuro.

Son rápidos los cambios, de sentido, de climas, y por consiguiente las fluctuaciones dinámicas y los acentos. La música fluye, cambia, plantea, resuelve en pasajes a veces abruptos en una orquesta que funcionó con total precisión.


Canto y voces

Fernando Grassi, compuso su papel de Rigoletto, así como María Lucía González el de Gilda, de una manera tan poderosa que el dramatismo que suscitaron fue más elocuente que la propia convención que es la ópera. 

Lograron momentos profundamente conmovedores en una actuación vocal de intensidad y musicalidad. Rigoletto maldice a los cortesanos y luego les ruega, en un cambio repentino y desesperado.

Nazareth Aufe encarnó al Duca, para quien los excesos, la adulación y la violencia hacia los demás son lo natural de su posición dominante, con un canto de amplia musicalidad y una emisión más cómoda en el registro medio que en el agudo y su proyección en los momentos de mayor exigencia en volumen y proyección.

Christan de Marco fue un siniestro Sparafucile, con timbre profundo, de gran sonoridad y protección.

Víctor Chavez fue Monterone, con una voz admonitoria, grave y profunda y una presencia escénica poderosa. María Jaunarena traza un paralelismo entre este personaje y el de Il commendatore, en Don Giovanni, en un caso es quien desencadena el drama y en otro el instrumento de la venganza

Todas las arias, duetos y coros de Rigoletto son de antología, como por ejemplo el famoso cuarteto del final Un di, se ben rammentomi (que era la cortina final de la miniserie La vida de Verdi) en el que Eugenia Fuente, la talentosa mezzosoprano pudo lucir la potencia y musicalidad de su canto. Dos planos en un mismo espacio, con dos líneas de cantos con significados totalmente diferentes y un camino sin salida para Gilda. La fuerza proviene del sentido tanto como de la propia belleza de un canto en estos planos de oposición.

Igualmente lograda due la actuación del coro, homogéneo y a la vez audible en cada voz, en pasajes tan bellos como zitti zitti mouviamo vendetta.


La puesta

La concepción escénica tuvo como eje principal la existencia de dos mundos superpuestos, el del poder sin conmiseración y el de los dominados, que lo son también sin conmiseración. El placer absoluto a costa del cometimiento y el drama en estado puro.

En el primer aspecto, el desenfreno –basado en la dominación- no reconoce límite alguno y si la profecía funciona es por la cuestión moral, pero fallará y recaerá sobre quienes son víctimas. El Duca seguirá entonando su canto y engañando una y otra vez porque el poder nunca muere.

El puro drama, requiere de los movimientos de la máquina teatral, pues consiste en acciones. De este modo, una estructura móvil es a la vez el espacio de una casa y aquel otro en el que acechan los perseguidores o bien, una simple pared divide el exterior de la posada, donde se encuentran Rigoletto y Gilda, del interior, donde conspiran Sparafucile y Maddalena.

La prerrogativa del Duca es pasar de uno a otro mundo como algo sobre lo cual tiene el completo dominio. La profecía no lo alcanzará.

El vestuario –así como la iluminación- es un elemento nodal en la caracterización de los personajes y de las situaciones y es dable señalar el cuidado puesto en él.

Rigoletto es una ópera exigente desde lo musical y lo escénico para que pueda lucir en todo su esplendor la originalidad y el logro de su genial concepción.


Eduardo Balestena


domingo, 25 de octubre de 2026

CREATIVO RECORRIDO SHAKESPERIANO

     En el Polo Cultural Saldías se ha ofrecido "Es Teatro, Es Deseo, Julieta y Romeo", espectáculo creado, dirigido y protagonizado por Romina Richi, quién de forma muy creativa, a partir de "Romeo y Julieta", monta un espectáculo en el que formulando la pregunta: "es amor o es deseo?" toma como punto de inicio del mismo la fiesta de cumpleaños de 15 de Julieta a la que son invitados personajes de otras obras de Shakespeare. Así, además de Romeo y Mercucio quienes se entremezclan tal cual la obra, aparecerán Ofelia, Hamlet, Lady Macbeth, Ricardo III, Cleopatra y Caliban quienes interactúan con los verdaderos protagonistas con los textos de sus respectivas obras, los que encuadran a la perfección con las situaciones que vivirán Julieta y Romeo.


    Párrafo aparte para los verdaderos protagonistas de la obra, Julieta, Romeo, el Sr. Capuletto, Tibaldo, Gertrudis, Mercuccio y Fray Lorenzo, este último caracterizado sobre zancos, casi como una divinidad ante tanta altura, quienes se sumergen en lo más profundo de cada criatura hasta la conmoción. El llanto desgarrador de la adolescente Julieta ante la noticia que será desposada con el Conde París sacude hasta al más desprevenido. 


    En lo que nos atañe a la faz musical, grata sorpresa constituyó la convocatoria al maestro Ezequiel Silberstein para conducir un conjunto instrumental que intervino interpretando fragmentos de la ópera de Gounod, la Obertura Fantasía de Tchaicovsky y la música del Ballet de Prokofieff en donde se presentó un conjunto de bailarines con coreografía de Barby Majule en donde también los actores se desplazan al son de la música del ballet del mencionado compositor ruso. Se suma a ello la brillante intervención de la soprano Virginia Guevara con un Vals de Julieta para el recuerdo, muy bien secundada por el tenor Darío Pometti. Juntos cierran el espectáculo con la gran escena final de la ópera de Gounod. 


  Es de destacar que en estos tiempos de tanta tergiversación en nombre de la dramaturgia se hayan respetado los textos de Shakespeare. Cero vocabulario fuerte, tensión justa y este es un gran mérito por parte de Romina Richi. cuya dirección escénica y su actuación como verdadera guía del espectáculo fue magnifica, Dentro de su equipo, quienes realizaron una verdadera puesta a 360 grados, debo consignar al escenógrafo Guillermo Bechthold, quien realizó su labor a base de gradas laterales, un podio central, un trono casi atalaya desde donde Richi condujo toda la escena y un escenario para los músicos. El iluminador Joaquín Losada con sus luces entre rojo, negro y ámbar. La cuidadosa selección de vestuario de época provisto por "La Polilla Vestuario" con aportes del Teatro Argentino de La Plata y labor del amplio equipo de producción.


  Vayamos entonces a todo el elenco, verdaderos triunfadores de la noche con una solidez estupenda. Supieron actuar, expresar y desplazarse en escena con total soltura, impecablemente seleccionados todos. Por ello, vayan mis felicitaciones a Balthasar Murillo, Margarita Páez, Olivia Espeche, Andrés Ebrahim, Carno Sibolich, Emanuel Moreno, Daniel Ibarra, Fiona Mastronicola, Pía Pécora, Juan Felice Astorga, Martín Di Paola, Lautaro Martínez y Lautaro Espeche. 


  En la danza se destacaron Antonella Ferreiro, Jitsu Díaz, María de los Milagros Tourn, Florencia Borruso, Valentina Vicentín, Isabella Cellino y Juan Manuel Cabrera.


  El recorrido de este espectáculo no culminó con esta función, sino que su puesta será reformulada para ser repuesta los días 27, 28 y 29 de Noviembre próximos en la Sala Argentina del Palacio Libertad, donde Ustedes queridos lectores, podrán corroborar por sí mismos lo fascinante de esta experiencia



Donato Decina.

LA CALIDAD SIGUE INALTERABLE

 



Vikingur Olafsson y la Filarmónica de Berlín durante la interpretación del Concierto para Piano y Orquesta N° 1 de Brahms. Fotografía de Rob Davidson suministrada por Prensa del Teatro Colón.


Teatro Colón, temporada 2026. Presentación de la Orquesta Filarmónica de Berlín, Director: Kirill Petrenko. Solista: Vikingur Olafsson (Piano). Programa: Obras de Johannes Brahms y Richard Strauss. 23 de Octubre de 2026.


NUESTRA OPINION: EXCELENTE


  Sin caer en el lugar común de cuantos años transcurrieron entre una visita y otra, sea bienvenida esta presencia de la Orquesta Filarmónica de Berlín a la Argentina. Lo hace como punto culminante de una gira iniciada en New York, donde su concierto en el Carnegie Hall marcó el inicio de la temporada 2026/2027 de dicha sala en el formato de una gala lírica con Jonas Kaufmann como solista. Tras ello, inició una Tournee Sudamericana que incluyó Bogotá (plaza cada vez más frecuente para grandes organismos internacionales), Sao Paulo en su magnífico auditorio y finalmente el Teatro Colón de Buenos Aires en una serie de tres presentaciones (dos de ellas con el mismo programa) de las cuales en una la Orquesta decidió transmitirla en directo por su canal "Digital Concert Hall" con una repetición en diferido al día siguiente. En el primero de los casos el propio Teatro Colón ofreció por su "streaming" en directo esa última presentación.


  Si bien en esta gira no se tuvo la suerte de contar con la participación del primer concertino titular, Noah Bendix-Bagley, si los hizo con el segundo titular, Daishin Kashimoto, al que me referiré líneas más abajo. Fue un gusto grande ver en escena a varios de los grandes atriles de la orquesta, algunos bien conocidos por todos nosotros: Emmanuel Pahud (Flauta), Wenzel María Fuchs (Clarinete), Albrecht Mayer (Oboe), Dominik Wollenweber (Corno Inglés), quienes a lo largo del concierto aportaron su incuestionable calidad.


  Sabido fue qué por un accidente doméstico, Danil Trifonov quién era el solista convocado para esta gira, debió resignar el compromiso. Para suplantarlo se consiguió el concurso del pianista islandes  Vikingur Olafsson, quien se presentó finalmente ante nosotros.


  Verdadera joya de la música, el concierto para piano y orquesta n° 1 en Re menor, Op. 15 de Johannes Brahms no solo se constituye en una obra capital para la combinación piano-orquesta, sino que pone a prueba la capacidad de cualquier solista. Sus dificultades técnicas, su permanente diálogo solista-orquesta, su tránsito desde la intensidad del movimiento de apertura a la introspección del segundo y el paso al arrollador tiempo de cierre, pone a prueba la capacidad de todas las fuerzas que lo acometen. En esta ocasión encontramos que Kirill Petrenko ajustó al conjunto de acuerdo a la visión del solista y esa visión no es la que el público de estas latitudes está acostumbrado a escuchar. Olafsson parte en el primer movimiento de un toque romántico en contraposición a lo enérgico. Crece con el transcurrir del mismo y culmina, si, en un en enfoque enérgico en el cierre del mismo. Petrenko respetó a rajatabla esta premisa y sorprende al auditorio en el momento del pasaje más dramático previo a la reexposición del tema inicial acompañando a Olafsson con un "crescendo" absolutamente administrado logrando una unidad solista-orquesta. Tras este inicio (opacado por los aplaudidores de siempre entre movimiento y movimiento), se apreció el momento más alto de la versión con un Olafsson creando el clima introspectivo que marca este tiempo y con intervenciones de los vientos y la cuerda grave en absoluto estado de gracia, exhibiéndose en todo su esplendor la belleza brahmsiana. Finalmente, el último movimiento se ofreció en la manera a la que el público local está acostumbrado con intensidad, una orquesta amalgamada y sin desbordes y un solista que crece a medida que la obra transcurre logrando de esta manera una versión que deja a todos reflexionando en cuestiones de estilo y abordaje. La técnica del solista es irreprochable y bienvenido sea el hecho que deje abierto al debate su forma de abordar la obra.


  Tras los reiterados aplausos y salidas al escenario de Olafsson y el maestro Petrenko, el solista sorprende a la sala realizando un "encore" junto a los principales atriles de cuerda del conjunto. Se trató del adagio del concierto N° 5 de Johann Sebastian Bach con una transparencia y sutileza que cautivó a todos los espectadores presentes.


  Gran expectativa aguardaba a la parte final en donde la Berliner acometería "Así Hablaba Zarathustra", Op. 30 de Richard Strauss. Entre los que "peinamos canas" deseábamos saber si la calidad seguía vigente. En los primeros compases me di cuenta que sí. Ataque preciso de la cuerda grave y trompetas de calidad insuperable para a partir de allí sorprendernos con una labor de orfebrería de Kirill Petrenko, que obtiene del conjunto todo lo que el pretende. Trabajo de intensidades, de tiempos, de planos sonoros, dinámicas, manejo imponente de los silencios. Hubo respuestas impecables de todos los solistas y una muy buena labor de Daishin Kashimoto en su extenso pasaje reservado al concertino en donde exhibió pulcritud y calidad. Petrenko demostró ser un verdadero trabajador de la música, alejado de todo divismo (como lo demostró en los agradecimientos a pesar de una nueva andanada de aplausos fuera de lugar entre el "fortissimo" del tema inicial que cierra uno de los momentos de la obra y el reinicio posterior). Esas características en su forma de trabajo seguramente han sido las razones por las que la mayoría de los músicos al momento de su designación se han inclinado por El. Lejos de la luminaria, baja exposición mediática y buen clima laboral. Fue una versión de altísimo nivel. Si bien este cronista ha tenido el privilegio a lo largo de 44 años de escuchar alguna versión imponente, esa ha sido una circunstancia irrepetible. Por lo tanto, en esta ocasión deja una vara a superar por quienes vengan a posteriori.


  Como hace 26 años, el bis fue nuevamente la Danza Húngara N° 5 de Brahms. Escucharla nuevamente por ellos fue otro privilegio.


Donato Decina