Una saludable “dieta musical”…
Por Jaime Torres Gómez
Precedido de tres programas de alto tonelaje con obras del calibre del Elías de F. Mendelssohn,
el Concierto para Orquesta de Witol Lutoslawski, el desgarrador Concierto para Viola de Alfred
Schnittke más la Sinfonía N° 1 “Primavera” de R. Schumann, el decimotercer programa de
la temporada internacional de la Sinfónica Nacional aterrizó con una saludable amabilidad y al
umbral de lo “dietético”, aunque sin sacrificio de contenido…
A priori, el arte de programar requiere de una importante dosificación en los contenidos, donde la
diversidad debe distribuirse racionalmente en el tiempo en aras de una eficiente captación de
audiencias, ya sea fidelizando al público histórico como al del futuro. De ahí la necesidad de no
incurrir en sesgos con abultamientos por ciertos perfiles programáticos en largos horizontes de
tiempos. En el caso del presente programa, de alguna forma, era necesaria cierta dosis de menor
intelectualización para discurrir hacia lo amable, dando cuenta de una celebrada flexibilidad
repertorística al propender a una oportuna distensión, más una resultante de mayor cobertura de
público.
Muy bien dirigida por el debutante maestro alemán Wolfgang Wengenroth (titular de la Sinfónica
de la Universidad Nacional de San Juan, Argentina), el programa contempló dos tercios de gratas
piezas de romanticismo musical francés, más la reedición de una obra chilena estéticamente bien
avenida al contexto general del programa.
Abrió con el Estudio Sinfónico N° 1, de Sebastián Errázuriz (1975). Compositor multifacético,
de dilatada carrera y autor de emblemáticas obras como La Caravana, las óperas Viento Blanco,
Patagonia, Gloria del Canto y Antártica, en el caso del Estudio Sinfónico N° 1 se trata de una de
sus primeras incursiones para orquesta, en este caso con atractivos recursos de armonía y
orquestación, amén de una eficiente administración de los desarrollos temáticos, y disponiendo
de una adecuada duración de la obra. Con transversal cometido, virtuosamente lo docto dialoga
con lo popular sin caer en burdos efectismos ni alocados vuelos, aludiendo, con certera
naturalidad e intuición, a ecos musicales de décadas pasadas (interesantes alusiones a música
de cine y T.V. sesenteras hasta noventeras), concitando genuino interés intergeneracional. El
trabajo del maestro Wengenroth, de entero compromiso con la partitura, con irreprochable nitidez
expositiva, logrados balances y obteniendo buen ajuste grupal.
De Camille Saint-Saëns, luego de una larga ausencia en la Sinfónica, se ofreció el cautivante
Concierto para Cello N° 1. Con grandes referentes en Chile como la antológica versión de
Mtislav Rostropovitch, en 1961, las dos de Christine Walevska, en 1967 y 2001, Edgar Fischer,
en 1987 y otras, en esta oportunidad llegó en manos de James Copper III, solista de la
agrupación. De sólida formación y experiencia en Estados Unidos, Cooper III firmó una
interpretación de fuerte personalidad musical, no obstante algunos abusos de portamentos,
glisandos y arbitrario sentido del rubato que, en algunos momentos, afectaron la unidad de
discurso. Con amplia sonoridad, generosas exposiciones melódicas, calibrada afinación y
punzante rítmica, a la postre, la interpretación tuvo debida efectividad. Notable complemento del
maestro Wengenroth, quien entendió a cabalidad las intenciones del solista, proveyendo un
equilibrado marco sonoro y musical en su conjunto. Gran respuesta de los sinfónicos, con
hermosura tímbrica y muy buen ensamble.
Finalizó con una solvente versión de la Sinfonía N° 1 de Georges Bizet. Obra poco frecuentada
localmente, sin duda merece mayor difusión ante sus bondades compositivas. Compuesta a los
17 años, denota la genialidad de Bizet en cuanto al manejo de la armonía y orquestación, amén
de un gran encanto de sus elementos melódicos, haciéndola fácilmente audible de principio a fin.
Idiomática lectura del maestro Wengenroth, exponiendo sus desarrollos con entera naturalidad
mediante una galería de acertados tempi, matices, dinámicas y balances. Muy destacable la
exposición de la notable sección contrapuntística del segundo movimiento, con absoluta nitidez
de voces. Muy atenta respuesta general de los sinfónicos ante las certeras indicaciones de la
batuta invitada.
En suma, una bienvenida y amable presentación, ideal para una dietética dosificación dentro de
un variopinto contexto programático…