Titánico cometido…
Por Jaime Torres Gómez
Luego de un excelente programa familiar -sin duda, el más logrado del año de dicho ciclo, con
una formidable dirección musical de Nicolás Rauss junto a una inteligente y correlacionada
dramaturgia de Juan Francisco Sánchez más una estupenda intervención actoral de Diego
Chamorro-, la Orquesta Sinfónica Nacional dio paso al programa N° 19 de su temporada oficial
nuevamente en su sede de la Gran Sala Sinfónica Nacional, esta vez de la mano del solvente y
carismático maestro sueco Ola Rudner.
Avalado por importantes presentaciones junto a la Sinfónica, y considerando una ausencia de 7
años, poco se entiende que un maestro de las credenciales de Ola Rudner haya sido convocado
por sólo un programa…, considerando la jerarquía de sus resultados en este reencuentro con los
sinfónicos y el público chileno.
Con llenos totales en ambas funciones, del todo gratificante fue constatar una masiva llegada de
público para una presentación del ámbito de la música de tradición escrita, desmistificándose
ciertos torcidos prejuicios al motejar de “elitista” el cultivo de este tipo de música, evidenciado en
esta oportunidad ante la convocatoria de compositores como Mozart y Mahler, sin duda
genuinamente “populares”…
Con una primera parte que contempló la Misa Brevis N° 9, K.V. 275 (1777), de W.A. Mozart,
obra amable, de reducido orgánico coral e instrumental y no de mayores exigencias técnicas, fue
pertinente su inclusión como parte del proceso de modelación sonora de la Gran Sala Sinfónica
tras un año de funcionamiento, donde aún se requieren ajustes para ciertos repertorios. En el
caso de la música coral con orgánicos pequeños, de alguna forma no se ha podido calibrar
adecuadamente la proyección sonora, instándose seguir programando obras del perfil de esta
Misa Brevis mozartiana.
Con un animado enfoque de la batuta invitada, con logradas transparencias, dinámicas y buen
ensamble coro-orquesta, no obstante, desde la platea baja de la sala, no se percibió con mayor
presencia, ameritando perseverar en un profundo estudio acústico para este tipo de repertorio.
Muy buenos cometidos de la Camerata Vocal de la Universidad de Chile y las voces solistas
Valeria Vega (mezzo), Francisco Espinoza (tenor), David Gáez (bajo), y especialmente Fanny
Becerra (soprano) en el Benedictus y Agnus Dei, siendo este último el momento más relevante
de la obra -de expansiva amplitud expresiva-, que fue ofrecido con una inteligente progresividad
por parte del maestro Rudner.
Con radical contraste, la segunda parte llegó con la siempre bienvenida Sinfonía N° 1 “Titán”, de
Gustav Mahler, obra de gigantescas proporciones sonoras. En sí, existía alta expectación
presenciarla en la Gran Sala, por sus fuertes requerimientos tímbricos y colorísticos.
A priori, el fuerte interés por este compositor postromántico, al umbral de lo devocional…, se
explica ante el amplio arco de temáticas insertas en sus obras, inspiradas en ideas filosóficas
desde Schopenhauer, Nietsche, Dostoyevski y otros, más una particular adhesión a una
espiritualidad propia de la tradición judeo-cristiana. Así, para entender musicalmente a Mahler
hay que posicionarse dentro de una mirada esencialmente orquestal, plasmada en una compleja
gama de requerimientos expresivos en todos los instrumentos, ora en contexto individual (cada
uno representando un mundo en sí mismo), ora de conjunto (con grandes masas instrumentales
protagónicas), cobrando relieves discursivos superiores mediante un notable dominio de lo
armónico y de la orquestación, amén de una libertad formal completamente atípica manifestada
en una atractiva simbiosis entre la música pura y lo programático. Y particularmente la “Titán”,
originalmente concebida como un poema sinfónico en dos partes, alude a una búsqueda de
trascendencia en base a epopéyicas conquistas a través de un héroe, conjugando una atractiva
correlación hombre-naturaleza (de visos panteístas).
Impactante versión firmada por el maestro Rudner, profundamente asimilada en lo expresivo y
analítico. Gran sentido del todo (formidables exposiciones temáticas y transiciones), pletórica de
colores, matices más diáfanas (y cálidas) texturas. Asimismo, muy bien cuidada la calidad del
sonido, con logros superlativos como los armónicos iniciales de los violines, a pesar de algunos
accidentes menores a lo largo del endiablado primer movimiento. Magnífica exposición del ländler
del segundo, con la idiomática rusticidad y poesía requerida. En el tercero, del todo convincente
el equilibrado y contenido enfoque de la marcha fúnebre (tempi no excesivamente lentos ni
tampoco ansiosos), además de una formidable entrega del solo inicial del contrabajo a cargo de
Héctor Leyton. Y calibradamente controladas las tempestades sonoras del brioso último
movimiento, como un inteligente manejo de las secciones de carácter (soberbia administración de
lo emotivo y descriptivo). Inapelablemente, una versión triunfal de la Titán mahleriana… y
debidamente justipreciada por un enfervorizado público.
En suma, un concierto programáticamente redondo, con alta convocatoria más resultados de
jerarquía liderados por una batuta de fuste como la de Ola Rudner, dando cuenta de un “titánico”
cometido…




