martes, 24 de febrero de 2026

 



Ezequiel Silberstein y la Orquesta Estable del Teatro Colón descollando en el Anfiteatro "Eva Perón" de Parque Centenario. Captó Juanjo Bruzza para Prensa del Teatro Colón.


Muy buena actuación de la Orquesta Estable del Colón en Parque Centenario

 

BRILLANTE EN CUALQUIER TIPO DE REPERTORIO

Martha CORA ELISEHT

 

            La Temporada de Verano en la Ciudad está llegando a su fin y la próxima semana ya se inician los tradicionales ciclos de conciertos a cargo de los organismos sinfónicos más importantes del país. Por dicho motivo, la Orquesta Estable del Teatro Colón ofreció un concierto al aire libre en el Anfiteatro “Eva Perón” de Parque Centenario el pasado domingo 22 del corriente, con entrada libre y gratuita hasta agotar la capacidad del predio. La dirección estuvo a cargo de Ezequiel Silberstein y se interpretaron las siguientes obras:

-        Obertura “Leonora” n°3- Ludwig van BEETHOVEN (1770-1827)

-        Sinfonía n°1 en Do menor, Op.68- Johannes BRAHMS (1833-1897)  

 

Tras los concursos realizados a fines del año pasado, y, pese a la habitual amplificación utilizada en eventos al aire libre -que muchas veces juega en contra de la calidad sonora- pudo apreciarse un sonido renovado de la Estable debido a la renovación de la dotación de músicos en ciertos instrumentos (principalmente, oboe, clarinete y cornos) desde los primeros compases de la célebre obertura de Beethoven. De las 10 oberturas compuestas por el genio de Bonn y, luego del fracaso del estreno de su única ópera (FIDELIO) en 1805, Beethoven modificó radicalmente su obra reduciéndola a sólo dos actos y cambió la obertura, denominándola Leonora. El número 3 se debe a que existieron otras dos homónimas: la n°1, escrita para una producción en Praga que nunca tuvo lugar y descubierta después de la muerte del compositor y la original de su ópera (n°2) de 1805. Narra brevemente el argumento de la ópera: la prisión de Floristan en las mazmorras a manos del tirano Pizarro y la fidelidad de su esposa (Leonora), quien presiente que su marido está vivo y decide hacerse pasar por un hombre (Fidelio) para poder descender al lugar donde su esposo está prisionero. Luego de una breve introducción (Adagio) a cargo de toda la orquesta en tono fortísimo y un tutti en Sol -rica en modulaciones que otorgan el clima de misterio, seguida de un Allegro en forma de sonata bitemática, que representa el descenso de la protagonista a la mazmorra. En la reexposición, el tema inicial se presenta con un solo de flauta, seguida por el fagot -impecable versión, al igual que la trompeta fuera de escena-. Por último, la coda se inicia con un pasaje muy virtuoso a cargo de los primeros violines y luego, por toda la orquesta, con un final victorioso y brillante, que representa el triunfo del amor y la fidelidad. Los adjetivos anteriormente empleados resumen la versión ofrecida por la Estable en el presente concierto.        

Como obra de fondo, se eligió un clásico sempiterno: la Sinfonía n°1 en Do menor, Op.68 de Brahms, cuya composición demoró nada más ni nada menos que 15 años, debido a que era sumamente autocrítico e inseguro. Por ende, destruyó muchos de sus escritos y composiciones de juventud. Además, la impronta de Beethoven todavía estaba muy fresca en el ambiente musical de la época; inclusive, sus amigos se preguntaban si iba a ser o no capaz de continuar con su obra. Quizás por este motivo, en 1877 Hans von Bülow la denominó “la Décima de Beethoven” por las similitudes que presenta con la oda a la alegría de la Novena Sinfonía y el tema del Destino de la Quinta Sinfonía del genio de Bonn, pese a que Brahms era muy sarcástico a la hora de enfrentar este tipo de comentarios. Es una obra monumental escrita en 4 movimientos (Un poco sostenuto- Allegro- meno Allegro/ andante sostenuto/ Un poco allegretto e grazioso/ Adagio- Piú andante- Allegro non troppo, ma con brío- Piú allegro), que figura en el repertorio de las principales orquestas sinfónicas del todo el mundo y que goza de una inmensa popularidad. Si bien posee numerosas influencias beethovenianas, el estilo de composición es propio del genio de Hamburgo, con las tres principales características de su música: romántico, firme y marcial. Por ser una obra de repertorio, se logró una versión soberbia, con estupendas intervenciones de los solistas de las diferentes secciones de instrumentos -sobre todo, el excelente solo de violín a cargo de Freddy Varel Montero al final del segundo movimiento y el de clarinete a principio del tercero, al igual que el de oboe-. También tuvo una destacada actuación Facundo Díaz en contrafagot durante el 1° y 2° movimientos, al igual que la cadencia a cargo de los trombones en el último movimiento. Es una pena que una no sepa los nombres de los músicos para destacar su labor en la presente crónica. Una versión brillante, donde Silberstein impuso una marcación muy correcta y precisa a uno de los mejores organismos sinfónicos del país. Un aluvión de aplausos coronó la labor del director y los músicos ante un anfiteatro atiborrado de gente. Hubo que colocar sillas adicionales en el pasillo que da a los baños para que las personas mayores o mamás con niños pequeños pudieran estar cómodamente sentadas.

Seguidamente, el violonchelista Stanimir Todorov se dirigió al podio y tomó el micrófono para anunciar la despedida de su amigo -y compañero de fila- Daniel Tavella, quien se jubiló luego de permanecer 43 años en la orquesta. Tras los aplausos del público, Ezequiel Silberstein bromeó acerca de no dejarlo ir y aprovechó para ofrecer un bis: la Danza húngara n°5 de Brahms, donde hizo participar al público marcando dónde debía hacer palmas y dónde no. La audiencia estalló en aplausos tras su interpretación.

Ahora bien: considerando la enorme cantidad de gente que asistió y que se quedó sin entrar, ¿no hubiera sido más lógico organizar este concierto en forma gratuita en el Colón, que es el ámbito natural de su Orqueta Estable?... El Colón tiene capacidad para 3200 personas -incluyendo las localidades de pie-, mientras que la del anfiteatro Eva Perón es ostensiblemente menor. Se determina un horario para retirar las entradas y si se agotan, punto. Todos los años sucede lo mismo y es una pena, porque se pierde una excelente oportunidad para que la gente conozca el teatro. Y, de paso, contribuye a la formación de nuevos públicos.

 


 


Los interpretes de los Valses de Amor de Brahms en ´pleno sobre el escenario del Auditorio de la Fundación Beethoven. Fotografía de la autora del presente comentario.


Muy buen concierto de cámara del Festival de Verano en la Fundación Beethoven


EL GENIO DE HAMBURGO EN SU PLENITUD ROMÁNTICA

Martha CORA ELISEHT


Durante el transcurso del corriente año, la Fundación Beethoven festeja su 125°

aniversario. Y decidió comenzar la celebración realizando un Festival de Verano

denominado “En Clave de Sol”, que se inició el pasado jueves 12 del corriente y que

culminará el próximo jueves 26, con participación de Estación Buenos Aires dirigido

por Rafael Gíntoli y músicos invitados de primer nivel. Cuenta con producción general

a cargo del pianista Alan Kwiek y presentación más comentarios de las obras por

Margarita Pollini Saldívar.

Quien escribe asistió al segundo de los conciertos de este ciclo, denominado

“AMADO BRAHMS” que tuvo lugar el pasado viernes 20 del corriente en la

mencionada institución y que contó con la participación de los siguientes artistas: Alan

Kwiek y Mariano Manzanelli (piano), Marisú Pavón (soprano), Mariana Rewerski

(mezzosoprano), Carlos Ullán (tenor) y Sebastián Sorrarain (barítono) para interpretar

un repertorio íntegramente formado por obras de Johannes Brahms (1833-1897), que se

detallan a continuación:

Piano solo:

- Tres piezas para piano (selección del Op. 118)- Intérprete: Alan KWIEK

Piano a 4 manos:

- Cuatro valses (selección del Op.39)- Intérpretes: Alan KWIEK y Mariano

MANZANELLI

- Liebeslieder Walzer (Valses de amor), Op.52

Luego de la introducción y comentarios alusivos a las obras para piano, Alan Kwiek

hizo su presentación sobre el escenario para interpretar la selección anteriormente

mencionada del Op.118, que consiste en seis piezas compuestas en 1893 durante un

verano en Bad Ischen dedicadas a Clara Wieck Schumann. En esta ocasión, se

interpretaron las tres primeras: Intermezzo n°1 en La menor (Allegro non assai ma

molto appasionato), Intermezzo n°2 en La mayor (Andante teneramente) y Balada n°3

en Sol menor (Allegro enérgico), donde se logró un sonido muy preciso, romántico y

cristalino, con un perfecto dominio de tempi y sutilezas en los matices románticos del

Intermezzo n°2 en La mayor (considerado por muchos como una carta de amor secreta a

Clara Wieck). Seguidamente, Mariano Manznelli hizo su presentación junto a Alan

Kwiek sobre el escenario para interpretar cuatro valses para piano a 4 manos del Op.39:

n°1 en Si mayor; n°4 en Mi menor; n°11 en Si menor y el celebérrimo n°15 en La

mayor, que forma parte del repertorio de todo pianista y que ha sido consagrado por

intérpretes de la talla de Arthur Schnabel, Vladimir Horowitz y Arthur Rubinstein, entre

otros. La serie está compuesta por 16 valses cortos escritos originalmente para piano a 4


manos escritos en 1865 y publicados en 1866, cuando el compositor residía en Viena. A

su vez, Brahms escribió también una versión para piano solo y dos versiones diferentes:

una, más compleja (difícil) y otra, simplificada (fácil). Ambos pianistas tuvieron una

perfecta compaginación, logrando una versión que sonó sumamente romántica.

Las danzas húngaras (Ungarische Tänze) WoO 1 es un grupo de 21 danzas basadas

obre temas folklóricos de dicho país, cuya duración oscila entre 1 a 4 minutos. Brahms

las compuso originalmente para piano a 4 manos en 1869 y, posteriormente, arregló diez

de ellas para piano solo y orquestó las n°1, 3 y 10. La orquestación de las restantes fue

realizada ​ por varios compositores; principalmente, Antonín Dvořak, quien era su amigo

personal, mientras que las n°11, 14 y 16 se mantienen en su versión original. En este

caso, se interpretaron las celebérrimas Danza Húngara n°5 en Fa sostenido menor

(versión original para piano, mientras que la orquestal es en Sol menor) y n°6 en Re

mayor. Si bien la idea original era aplaudir al final de ambas obras, el público no pudo

resistir y aplaudió fervientemente al final de la famosísima danza húngara n°5, cuya

interpretación fue estupenda, No sucedió lo mismo con su homónima n°6, donde hubo

algunas imperfecciones y sonó de manera correcta.

Los Liebeslieder Walzer (“Valses de Amor”), Op.52 fueron compuestos en 1869

para piano a cuatro manos y cuarteto de voces en estilo länder -canción folklórica

alemana-, dada la gran admiración que Brahms sentía por Franz Schubert (1797-1828).

Inspirándose en los 20 Länders de este último, el músico hamburgués compuso 18

valses tomando una compilación de textos y canciones románticas de diferentes países

europeos denominada Polydora, atribuida al poeta Georg Friedrich Daumer y que

abarca países y regiones tan disímiles como Turquía, Polonia, Latvia y Sicilia. Su estilo

es fresco y ligero, donde se destaca tanto el cuarteto de voces como determinados valses

donde sólo cantan el tenor, el barítono, ambos o el dúo de voces femeninas. Quien

escribe los ha escuchado en numerosas ocasiones sobre este mismo escenario por

Marisú Pavón y Sebastián Sorrarain, quienes son destacadísimos intérpretes de este

repertorio. En la presente versión, hubo una muy buena compaginación, amalgama y

equilibrio vocales, al igual que un perfecto ensamble entre las cuatro voces solistas.

Ninguno sobresalió por sobre el otro con excepción del tenor Carlos Ullán, quien tuvo a

su cargo el vals n°14, junto al barítono. El repertorio alemán le sienta de perlas y se

lució como trovador romántico. Asimismo, las voces femeninas también se destacaron

en sus respectivas partes. Fue un auténtico placer tanto desde el punto de vista vocal

como musical merced al perfecto acompañamiento del piano a 4 manos por parte de

Alan Kwiek y Mariano Manzanelli. Tal así fue, que ofrecieron como encore el vals n°6

de la mencionada serie y todos se retiraron sumamente aplaudidos tras recibir los

tradicionales ramos de flores.

Tal como lo dijera en alguna oportunidad la querida “Pupi” Sebastiani, la

Fundación Beethoven es la casa de los artistas en Buenos Aires y, por lo tanto, no sólo

está abierta para los locales, sino también para los de todo el país. Este concierto ha sido

solamente una muestra y un autentico ejemplo de cooperación entre pares.

 


El Maestro Jordi Mora junto a los participantes de la edición 2026 del Campus Musical Santa María de la Armonía. Fotografía del autor del presente comentario.



Concierto final de la 35 edición del Campus Musical de Santa María

de la Armonía


.Director: Maestro Jordi Mora

.Solistas e intérpretes: Florencia Ordoñez (violín); Mariana Juliana Rufail

(viola) y Juan Simón Tori (piano); Juan Francisco Stella, viola; Juan

Manuel Franco, cello; Gilda Lerithier (oboe), Lis Rigoni, oboe, Juan

Fernando Páez (corno inglés); Ana Paula Rodríguez Nuñez (piano);

Nadia Baldi (violín), Nerea Baldi (viola), Felipe Garese (cello); Catalina

Marchini (piano); Ayelén Isaia (soprano), Agistín Campo (piano)

.Santa María de la Armonía, Cobo, 11 de febrero, hora 18

El Campus Musical de Santa María de la Armonía tuvo su primera

edición en 1991, es decir que la presente fue la trigésimo quinta. Como suele

suceder, hubo nuevos participantes y otros que han venido en oportunidades

anteriores, lo cual es una constante indicativa de lo que el trabajo llevado a

cabo durante la semana en que el campus tiene lugar, les aporta.

Hay un predominio de músicos jóvenes, en plena formación y también

hay otros muy experimentados; según las obras de que se trate, tocan juntos.

El concierto final es la presentación y celebración de un trabajo y una

convivencia musical.


Primera parte

El extenso programa fue iniciado con la allemanda y giga de la Partita

nro.2 en re menor BWN 1004 de Johann Sebastian Bach (1685-1750)

interpretada por Florencia Ordoñez en violín, de gran dificultad técnica en el

instrumento, que abordó con gran solvencia y un acabado dominio

instrumental.

Maria Juliana Rufail y Juan Simón Tori hicieron lo propio con el adagio y

el allegro de la Sonata nro. 2 para viola y teclado en re mayor, BWV 1028,

de Johann Sebastian Bach obra de gran musicalidad y dulzura que demanda

un gran manejo del fraseo.

Por su parte, Juan Francisco Stella abordó, en viola, el preludio, la

sarabanda y la giga de la Suite nro.1 para cello en sol mayor, de Johann

Sebastian Bach; el célebre y bellísimo preludio es la puerta de entrada al tan

complejo como inagotable mundo de las suites para cello del gran compositor.

El preludio, la sarabanda, el menuet 1 y el 2 y la giga de la Suite para

cello nro. 2, en re menor de Johann Sebastian Bach fueron interpretados

por Juan Manuel Franco, en cello, que requiere del instrumento una sutil gama

de inflexiones.

El Trío para 2 oboes y corno inglés op.87 de Ludwig van Beethoven

(1770-1827) fue abordado por Gilda Lerithier (oboe), Lis Rigoni (oboe) y Juan

Fernando Páez (corno inglés) en los movimientos allegro, adagio y finale-

presto. Se trata de una obra de sonoridades netas y rápidas, articuladas en

motivos y oírla da la idea de un mecanismo de engranajes tan finalmente

encastrado que todo debe ser absolutamente preciso.

Ana Paula Rodriguez Nuñez –a quien entrevistamos en dos

oportunidades para el programa De paraíso para usted- fue becada para


estudiar en Suiza en 2025 y recientemente en Italia, para 2026; respecto a la

edición anterior del campus es dable apreciar la expansión de su abordaje

musical, en la oportunidad con la Sonata nro.17, opus 31 “Tempestad” en

re menor, de Ludwig van Beethoven. El trabajo en el campus permitió

apreciar la elaborada textura de un opus que discurre, por ejemplo en el tercer

movimiento, con la presencia casi constante de un fuerte elemento rítmico –el

maestro señala que en música no hay repeticiones: alude a que el elemento es

invariable pero al mismo tiempo no lo es, ya que las frases se intensifican y

relajan a lo largo de ese discurrir, que se encuentra dado en una armonía tan

cambiante como la propia intensidad. Va de suyo que en una textura de

tensión/distención permanente, la interpretación solo puede estar lograda si es

capaz de plasmar todas las complejidades dinámicas y armónicas que le

plantea la partitura. En un dialogo posterior, sin embargo, la intérprete

manifestó que el más difícil es el segundo movimiento adagio, en si bemol

mayor.

Segunda parte

La siguiente secuencia abrió con el allegro del Cuarteto con piano en

sol menor, K. 478 de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) interpretado

por Nadia Baldi (violín), Nerea Baldi (viola), Felipe Garese (cello) y Juan Simón

Tori (piano). Alumnos del Programa Creciendo en Armonía, los tres intérpretes

mencionados en primer término, vienen llevando a cabo una actividad

sostenida en el campo musical. Nerea Baldi ingresó a la Orquesta del Instituto

Superior de Arte del Teatro Colón y Felipe Garese (a quien entrevistamos

oportunamente para el programa De paraíso para usted), entre otras

actividades, ha tocado en la Orquesta Estable del Teatro Colón.

La Sonata en do mayor para dos cellos G.74 de Luigi Boccherini

(1743-1805) fue interpretada por Juan Manuel Franco y Felipe Garese, que

lograron la amalgama sonora que tan bella obra requiere.

Juan Simón Tori, -a quien también pude entrevistar en al menos dos

ocasiones- abordó el Nocturno nro. 1 opus 40, de Frederic Chopin (1810-

1849) el año pasado lo hizo con la Sonata nro. 23, opus 57, “Appasionata” de

Beethoven. Delicadeza sonora, expansión del material temático, la sensación

de una línea que va siendo improvisada y luego una gran intensidad, son muy

diferentes a las de la obra del año anterior. Juan Simón Tori es un excelente

pianista acompañante lo mismo que un elegante y sutil solista, con un manejo

de las gradaciones que las obras requieren y una concepción intelectual y

estética muy definida respecto de las obras que toca.

El allegro grazioso y vivace de la Sonata nro. 1 en fa menor, opus 120,

para viola y piano de Johannes Brahms (1833-1897) fue interpretada por

Maria Juliana Rufail (viola) y Juan Simón Tori (piano). Opus producido sobre el

final de la producción de la obra de Brahms, originalmente escrita para

clarinete, es una obra de gran belleza melódica y complejidad armónica, de la

cual pudimos apreciar una excelente versión de su último movimiento.

Catalina Marchini abordó el movimiento andante molto cantabile ed

expressivo de la Sonata nro.30 en mi mayor, opus 109 de Ludwig van

Beethoven. Del mismo modo que las tres últimas sinfonías de Mozart,

podemos considerar a las últimas sonatas para piano de Beethoven como una

única obra que inspira un sentimiento de despedida: del género de sonata para

piano y de la vida. En sus análisis de las 32 sonatas de Beethoven (Wigmore


Hall, 2004/2006) András Shift se refiere a este andante como “el más

maravilloso movimiento que Beethoven haya escrito”: un tema con seis

variaciones- El tema, que es una suerte de sarabanda inspirada en Bach, en sí

mismo sugiere una resignada y feliz despedida. El maestro Shift señala que

Beethoven debe haber conocido las variaciones Goldberg 1 muy bien y tomado

esa estructura en su serie de variaciones, de muy distinto carácter pero que

parecen encaminarse, en conjunto, en un sentido de despedida.

El desafío interpretativo es plasmar esta sutileza expresiva y darle un

tempo que –tal como sucede a veces- no debe ser demasiado lento. La frase

ha de discurrir en una continuidad en la que las inflexiones son centrales.

Este marco nos sirve para destacar la cuidada y conmovedora

interpretación que logró Catalina Marchini de este momento tan caro a la

historia de la música.

Por último, Ayelén Isaia (soprano) y Agustín Campo (piano) abordaron

las Cuatro últimas canciones, de Richard Strauss (1864-1949). Varado en

Suiza, al final de la guerra, sin percibir derechos por sus obras ni poder actuar,

Strauss se preguntaba qué hacer: “escriba canciones” le dijo alguien, en lo que

fue una suerte de camino para dejar fluir una música despojada e íntima.

Inspiradas las tres primeras en poemas de Hermann Hesse y la última en un

poema de Joseph von Eishendorf, son una despedida del mundo. Ayelén Isaia

leyó cada uno de los poemas antes de cantar las canciones. El último de ellos

fue el más significativo: ¡Oh, inmensa y dulce paz,/tan profunda en el

crepúsculo!/!Qué cansados estamos después de haber caminado tanto!/ ¿Será

ésta quizás, la muerte? La voz cesa, desaparece y la música sigue en un tono

esperanzado y resignado a la vez.

Rica en inflexiones y en cambios en las alturas de la línea de canto, es

una obra de grandes demandas, técnicas y expresivas, de la cual pudimos

apreciar una excelente versión en el canto y el piano.

Tres horas y media de música concluyeron así en el respetuoso silencio

que el cierre nos produjo hasta que surgieron de a poco los aplausos.


Los treinta y cinco años del Campus Musical de la Armonía son

indicativos de una vigencia que muchos buscan reeditar y otros descubrir. ¿Ha

el maestro Jordi Mora a lo largo es este muy extenso ciclo dejado una escuela

de interpretación y concepción de la música? Es una pregunta difícil de

responder porque no parece tratarse de establecer determinados principios

sino de abrir la idea de interpretación desde lo formal y los postulados de la

fenomenología. En este sentido, pareciera que son los intérpretes quienes han

podido optar por su propio camino, lo cual es quizás el mejor postulado de un

proceso educativo.


Eduardo Balestena


1 En la época de Brahms era publicada regularmente la obra de Bach y cada vez que el compositor las

recibía, dejaba todo lo que estuviera haciendo para analizarlas; esto no era así en tiempos de Beethoven,

donde la obra de Bach no era fácilmente accesible.