Ezequiel Silberstein y la Orquesta Estable del Teatro Colón descollando en el Anfiteatro "Eva Perón" de Parque Centenario. Captó Juanjo Bruzza para Prensa del Teatro Colón.
Muy buena actuación de la Orquesta Estable
del Colón en Parque Centenario
BRILLANTE
EN CUALQUIER TIPO DE REPERTORIO
Martha
CORA ELISEHT
La
Temporada de Verano en la Ciudad está llegando a su fin y la próxima semana ya
se inician los tradicionales ciclos de conciertos a cargo de los organismos
sinfónicos más importantes del país. Por dicho motivo, la Orquesta Estable del
Teatro Colón ofreció un concierto al aire libre en el Anfiteatro “Eva Perón” de
Parque Centenario el pasado domingo 22 del corriente, con entrada libre y
gratuita hasta agotar la capacidad del predio. La dirección estuvo a cargo de
Ezequiel Silberstein y se interpretaron las siguientes obras:
-
Obertura “Leonora” n°3- Ludwig
van BEETHOVEN (1770-1827)
-
Sinfonía n°1 en Do menor, Op.68- Johannes
BRAHMS (1833-1897)
Tras los concursos
realizados a fines del año pasado, y, pese a la habitual amplificación
utilizada en eventos al aire libre -que muchas veces juega en contra de la
calidad sonora- pudo apreciarse un sonido renovado de la Estable debido a la
renovación de la dotación de músicos en ciertos instrumentos (principalmente,
oboe, clarinete y cornos) desde los primeros compases de la célebre obertura de
Beethoven. De las 10 oberturas compuestas por el genio de Bonn y, luego del
fracaso del estreno de su única ópera (FIDELIO) en 1805, Beethoven
modificó radicalmente su obra reduciéndola a sólo dos actos y cambió la
obertura, denominándola Leonora. El número 3 se debe a que existieron
otras dos homónimas: la n°1, escrita para una producción en Praga que
nunca tuvo lugar y descubierta después de la muerte del compositor y la
original de su ópera (n°2) de 1805. Narra brevemente el argumento de la
ópera: la prisión de Floristan en las mazmorras a manos del tirano Pizarro
y la fidelidad de su esposa (Leonora), quien presiente que su marido
está vivo y decide hacerse pasar por un hombre (Fidelio) para poder
descender al lugar donde su esposo está prisionero. Luego de una breve
introducción (Adagio) a cargo de toda la orquesta en tono fortísimo y
un tutti en Sol -rica en modulaciones que otorgan el clima de misterio,
seguida de un Allegro en forma de sonata bitemática, que representa el
descenso de la protagonista a la mazmorra. En la reexposición, el tema inicial
se presenta con un solo de flauta, seguida por el fagot -impecable versión, al
igual que la trompeta fuera de escena-. Por último, la coda se inicia
con un pasaje muy virtuoso a cargo de los primeros violines y luego, por toda
la orquesta, con un final victorioso y brillante, que representa el triunfo del
amor y la fidelidad. Los adjetivos anteriormente empleados resumen la versión
ofrecida por la Estable en el presente concierto.
Como obra de fondo, se
eligió un clásico sempiterno: la Sinfonía n°1 en Do menor, Op.68 de
Brahms, cuya composición demoró nada más ni nada menos que 15 años,
debido a que era sumamente autocrítico e inseguro. Por ende, destruyó muchos de
sus escritos y composiciones de juventud. Además, la impronta de Beethoven
todavía estaba muy fresca en el ambiente musical de la época; inclusive, sus
amigos se preguntaban si iba a ser o no capaz de continuar con su obra. Quizás
por este motivo, en 1877 Hans von Bülow la denominó “la Décima de Beethoven”
por las similitudes que presenta con la oda a la alegría de la Novena
Sinfonía y el tema del Destino de la Quinta Sinfonía del
genio de Bonn, pese a que Brahms era muy sarcástico a la hora de enfrentar este
tipo de comentarios. Es una obra monumental escrita en 4 movimientos (Un
poco sostenuto- Allegro- meno Allegro/ andante sostenuto/ Un poco allegretto e
grazioso/ Adagio- Piú andante- Allegro non troppo, ma con brío- Piú allegro), que
figura en el repertorio de las principales orquestas sinfónicas del todo el
mundo y que goza de una inmensa popularidad. Si bien posee numerosas
influencias beethovenianas, el estilo de composición es propio del genio de
Hamburgo, con las tres principales características de su música: romántico,
firme y marcial. Por ser una obra de repertorio, se logró una versión soberbia,
con estupendas intervenciones de los solistas de las diferentes secciones de
instrumentos -sobre todo, el excelente solo de violín a cargo de Freddy Varel
Montero al final del segundo movimiento y el de clarinete a principio del
tercero, al igual que el de oboe-. También tuvo una destacada actuación Facundo
Díaz en contrafagot durante el 1° y 2° movimientos, al igual que la cadencia a
cargo de los trombones en el último movimiento. Es una pena que una no sepa los
nombres de los músicos para destacar su labor en la presente crónica. Una
versión brillante, donde Silberstein impuso una marcación muy correcta y
precisa a uno de los mejores organismos sinfónicos del país. Un aluvión de
aplausos coronó la labor del director y los músicos ante un anfiteatro
atiborrado de gente. Hubo que colocar sillas adicionales en el pasillo que da a
los baños para que las personas mayores o mamás con niños pequeños pudieran
estar cómodamente sentadas.
Seguidamente, el
violonchelista Stanimir Todorov se dirigió al podio y tomó el micrófono para
anunciar la despedida de su amigo -y compañero de fila- Daniel Tavella, quien
se jubiló luego de permanecer 43 años en la orquesta. Tras los aplausos del
público, Ezequiel Silberstein bromeó acerca de no dejarlo ir y aprovechó para
ofrecer un bis: la Danza húngara n°5 de Brahms, donde hizo
participar al público marcando dónde debía hacer palmas y dónde no. La
audiencia estalló en aplausos tras su interpretación.
Ahora bien: considerando
la enorme cantidad de gente que asistió y que se quedó sin entrar, ¿no hubiera
sido más lógico organizar este concierto en forma gratuita en el Colón, que es
el ámbito natural de su Orqueta Estable?... El Colón tiene capacidad para 3200
personas -incluyendo las localidades de pie-, mientras que la del anfiteatro
Eva Perón es ostensiblemente menor. Se determina un horario para retirar las
entradas y si se agotan, punto. Todos los años sucede lo mismo y es una pena,
porque se pierde una excelente oportunidad para que la gente conozca el teatro.
Y, de paso, contribuye a la formación de nuevos públicos.