viernes, 3 de abril de 2026

 

La zona de la calle Güemes en Mar del Plata, no se circunscribe únicamente a paseo comercial. Existe la Parroquia Nuestra Señora de Fátima en una de sus laterales, la calle Alberti y pertenece a la Orden Agustiniana de donde ha surgido su Santidad León XIV. En el inicio de las celebraciones pascuales, notables voces locales, un ensamble instrumental y el Coral Cármina dirigidos por Georgina Espósito (Tambien Cantante) ofrecieron esta sentida versión del "Requiem" Kv. 626 de Mozart. Fotografía de Ntro. Corresponsal Eduardo Balestena.


El Requiem de Mozart en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima

.Coral Carmina, directora: maestra Georgina Espósito

.Solistas: María José Dulín, soprano; Fernanda Pérez, contralto; Hugo

Ponce, tenor; Fernando Santiago, barítono.

.Ensamble instrumental: Horacio Soria, órgano; Aron Kemelmajer; violín

segundo, Florencia Ordoñez; viola, Dana Maldonado; violoncello, Priscila

González; contrabajo, Jorge Vajsetl; clarinetes, Luciana Savoy y Sebastián

Flores; trompeta, Ibrahim López; trombones, Emilio Bazán y Manuel Vicente;

timbales, Juan Pablo Santiago.

.Parroquia Nuestra Señora de Fátima, Mar del Plata, 1ro. de abril, hora

20,30.

El Coral Carmina y un ensamble musical ad hoc abordaron el Requiem

K.626, de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) obra que iba a ser

interpretada en la misma sede el 6 de septiembre de 2025 con la Orquesta

Sinfónica Municipal, concierto cancelado luego del ensayo general y

posteriormente no reprogramado por la dirección del organismo sinfónico, lo

cual es de lamentar dado el grado de preparación al que se había llegado en el

trabajo sobre dicho opus por parte tanto del coro como de los solistas y la

orquesta.

No sin un gran esfuerzo de los coreutas y la Asociación Amigos del

Coral Carmina fue interpretado en esta oportunidad, con veinte voces de

refuerzo sobre la formación habitual.

La obra

El Requiem comenzó a ser compuesto por Mozart por un encargo del

conde Walsegg en julio de 1791; a la muerte del compositor, a los fines de

cobrar el saldo restante del precio del encargo su viuda Kontanze Weber,

encomendó la tarea de completar la obra a Josef Leopold Eybler, quien había

asistido a Mozart hasta su muerte, discípulo que al no sentirse capaz de estar a

la altura de su maestro declinó el pedido y fue Franz Xaver Süssmayer, quien

completaría el Requiem para reclamar luego para sí la autoría completa.

El opus consta de seis partes: Introitus; Kyrie; Sequentia, que tiene como

episodios Dies Irae, Tuba Mirum, Rex Tremendae, Recordare, Confutatis y

Lacrimosa; Offertorium, cuyos episodios son Domine Jesu y Hostias; Sanctus,

Benedictus y Agnus Dei.

El autógrafo de Mozart termina en el episodio Hostias. En algunas de las

partes hay un desarrollo completo de las intervenciones vocales y esquemas

instrumentales, en otros, simples esbozos. De allí lo irregular de una creación

que –no obstante haber seguido Sussmayer los lineamientos del compositor-

de haber sido escrita íntegramente por Mozart hubiera sido más flexible, menos

repetitiva, así como tenido desarrollos y un final diferentes.

Dramatis personae

El Requiem es de gran dificultad para las voces por las inflexiones y

variaciones dinámicas: el Introitus (Requiem aeternam dona eis Domine) da

una sensación de marcha indeclinable, con esos pasajes descendentes de la

cuerda (motivo del pianto en la semiótica musical) donde los tres trombones del

orgánico original duplican las partes corales de contralto, tenor y bajo). Sin


embargo, muy poco después, en el Kyrie eleison el coro enfrenta un complejo

pasaje en fugato, muy intenso en el volumen y marcado por la masa de cuerda

y los timbales. El episodio termina con un intenso acorde donde es posible

distinguir los registros de las distintas voces y a la vez la totalidad. Le sigue el

Dies Irae casi inmediatamente, cuya composición para las voces es

íntegramente la de Mozart, Sussmayer completó la instrumentación, que

plantea idéntico desafío en la rapidez de los pasajes –las inflexiones son

breves, intensas y delimitadas claramente unas de otras- .

En el Rex tremendae fue posible apreciar el problema de la intensidad e

individualidad del sonido de la cuerda después de las intervenciones del

ensamble en su conjunto; luego de pasajes rápidos y descendentes hay un

apreciable cambio rítmico en lo que puede ser además una modulación: la

cuerda se hace suave es, por así decirlo, un delicado sostén de las voces. En

este lugar, la cuerda del ensamble sonó tensa y cortante, lo que contrasta con

la delicadeza de las voces (sálvame fond pietatis) y se superpuso con su filo, a

la línea vocal. Un par de micrófonos situados sobre la cuerda hizo pensar que

ésta estaba siendo amplificada; de haber sido así surge claramente que el

recurso no es idóneo para suplir la necesaria mayor densidad sonora de la

cuerda ni la función en el todo del material proveniente de dichos instrumentos;

también podría explicar la falta de homogeneidad con el resto del ensamble.

El nivel musical de los intérpretes no es suficiente para suplir carencias

estructurales.

En efecto, el orgánico del Requiem demanda dos cornos de bassetto (rol

que hoy cumplen los clarinetes), dos fagotes, trombón alto, tenor y bajo,

quinteto de arcos y voces y órgano. En esta textura, los trombones doblan a las

voces de contralto, tenor y bajo (trombone colla parte es la expresa indicación

de Mozart).

La línea instrumental acompaña, provee un sostén armónico a las voces

y alterna con ellas, con lo cual el desbalance puede ser significativo incluso

considerando la poco numerosa plantilla de la orquesta de entonces.

Las voces solistas cumplieron acabadamente las exigencias de la línea

de canto mozartiana, que demanda delicadeza, musicalidad y ductilidad. Un

ejemplo es el cuarteto solista en la parte del Benedictus. Cada una aportó una

cualidad diferente en su cuerda.

El coro fue absolutamente homogéneo en todo momento, ya sea en la

intensidad de intervenciones de mucho volumen, como el extenso comienzo

con las primeras partes y los primeros episodios de la Sequentia como en los

continuos cambios dinámicos, todos parejos y de una superficie sonora

brillante, sin fisuras ni altibajos. Ello habla a las claras de un continuo trabajo

preparatorio del cual cada concierto es una culminación.

Coda

Asistimos a una versión del Requiem de gran calidad vocal, sometida a

insalvables limitaciones sin las cuales no hubiéramos podido acceder a ella, por

parte de un ensamble de excelentes y experimentados músicos.

En un punto de vista enteramente personal, considero que el

agradecimiento al secretario de cultura (y turismo) en la extensa presentación

previa al concierto, no se ajusta a la realidad que se vive en el ámbito musical

ni educativo (la prueba es la situación de los organismos artísticos y de las

bibliotecas, por ejemplo).


Si la autoridad a la que se dirigió el agradecimiento estuviera al nivel de

la función que debería cumplir viviríamos una realidad muy diferente en la cual

cada artista sería valorado y respetado por su persona y por todo aquello que

es capaz de hacer y a lo cual ha dedicado su vida.


Eduardo Balestena

 


James Conlon y la Filarmónica de Buenos Aires en un extraordinario concierto de apertura del abono del octogésimo aniversario de la creación de la Orquesta. Creditos:Prensa Teatro Colón en una nueva y espectacular toma de Juanjo Bruzza.


 

APERTURA MAS QUE AUSPICIOSA DE LA OCTOGESIMA TEMPORADA

 

Teatro Colon, temporada 2026, Concierto de apertura del octogésimo ciclo de abono a cargo de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, Director Invitado: James Conlon. Programa: Dimitri Shostakovich (1906/1975): Sinfonía Nº 7 en Do menor Op. 60 “Leningrado”- 28 de Febrero de 2026.

 

NUESTRA OPINION: EXCELENTE.

 

  En 1946 la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires promovió la creación de una Orquesta de Conciertos para la metrópoli a la que se le asignó como sede el edificio original del Teatro Municipal General San Martín.  Se la denominó Orquesta Sinfónica Municipal. Su primer Director Titular fue Bruno Bandini y sus primeros concertinos los violinistas Ernesto Mampaey y Luís Michal, quienes luego desarrollarían importantísimas carreras en el viejo continente, al punto q ue en la década del 80 del pasado siglo retornarían al escenario del Colón pero ya en calidad de destacados solistas.

 

  En el verano de 1947 fue la ciudad de Mar del Plata la que albergó a la Orquesta en sus primeras presentaciones frente al público, La Sinfónica Marplatense aún no existía y desde 1943 era el Maestro Héctor Panizza quien se presentaba en la sala del Teatro Auditorium realizando música sinfónica. Si a ello le sumamos que desde finales de la década del 10, los hermanos Castro (Juan José, José María y Washington [quien culminaría justamente en Mar del  Plata su brillante trayectoria]) realizaban conciertos de cámara en los salones del desaparecido hotel Bristol, por lo que como vengo sosteniendo desde hace años, Mar del Plata debe albergar un festival estival de música clásica como la República Argentina se merece.

 

  Pocos años después de estos hitos, las autoridades municipales consideraron que el mejor encuadre para el conjunto era depender de la entonces LS1  Radio Municipal, cuyos estudios se ubicaban en los que hoy es el espacio C.E.T.C. del Teatro Colón, comenzaba entonces el acercamiento a la sala de la Calle Libertad. Pasó a denominarse Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Buenos Aires y el Compositor y Director de Orquesta Jaume Pahissa asumió la titularidad. En 1958 se asentaría definitivamente en el ámbito del Teatro Colón como Orquesta de Conciertos y de acompañamiento de Ballet, adquiriendo de manera definitiva el nombre de Orquesta Filarmónica de Buenos Aires tal como hoy se la conoce.

 

  Sería larga de enumerar la lista de Directores Titulares e Invitados, como las importantes personalidades que han trabajado con el conjunto, en cuyo caso nos ocuparemos, Dios mediante, para su real octogésimo aniversario a fines del corriente año.

 

    Una ocasión tan importante debía iniciarse marcando tendencia en el festejo. Para ello se contó con el concurso del gran  Maestro Norteamericano James Conlon quien eligió la Séptima Sinfonía en Do menor Op.60 “Leningrado” de Dimitri Shostakovich. Compuesta entre 1941 y 1942 durante el sitio alemán, la ciudad y sus habitantes son en todo momento  los héroes anónimos hacia quienes va dirigido este frondoso trabajo. Con mano maestra, el compositor plasma en el pentagrama una orquestación ingeniosa en donde encontramos desde la descripción de la ciudad previo al asalto alemán, el ataque enemigo, las sirenas de alarma, el combate, la caída, las remembranzas de tiempos mejores, la reflexión sobre todos los que faltan y la esperanza en el futuro que paradójicamente ocurriría en 1944 con un inmenso contraataque que doblegaría a las tropas germanas y que haría desaparecer al mariscal Von Paulus, jefe del ejército Nazi en la Unión Soviética de entonces.

 

  Estrenada en la hoy Samara, luego en la eterna San Petersburgo (Por esos tiempos “Leningrado”) con formaciones integradas por instrumentistas que se encontraban al borde del agotamiento, producto de los bloqueos con su consecuente escasez de víveres y por las bajísimas temperaturas. La obra encendió un fervor patriótico único. La salida de la partitura microfilmada vía Teheran para ser pasada a las tropas norteamericanas y que en vuelo militar se la transporte a New York en donde Arturo Toscanini la estrenaría al frente de la Sinfónica de la N.B.C., constituye un libro en sí mismo. Buenos Aires también se sumó a la vanguardia. Juan José Castro la estrenaría en el teatro Gran Rex en 1944 al frente de la Orquesta Filarmónica de la Asociación del Profesorado Orquestal con transmisión de la cadena de Radio Belgrano por ese entonces comandada por Don Jaime Yankelevich. Pensar esta partitura y traerla a nuestros días con los múltiples focos de conflicto abiertos al momento del concierto y de escribir este comentario, estremece.

 

    James Conlon realizó junto a los músicos de la Filarmónica una labor digna del mayor encomio. Desde las presencias de Charles Dutoit y Vasily Petrenko en 2023 que no se estaba frente a una Filarmónica en tan alto nivel. Hubo ajuste, empaste, una cuerda de rendimiento y refinamiento memorables, bronces ajustados y contenidos, maderas magníficas y una percusión ajustadísima con especial destaque en la labor del maestro Christian Frette como solista en el redoblante  para el célebre tiempo de marcha del primer movimiento.

 

  Por todo lo expuesto, sumado a la inteligente decisión de los directivos de repetir al día siguiente los conciertos principales, cosa que no ocurría desde hace larguísimo tiempo, no debo dudar en calificar como excelente esta presentación, deseando que sean muchas más a lo largo de la presente temporada las que se hagan acreedoras de este calificativo.

 

 

Donato Decina

 

INTERESANTE INICIO DE TEMPORADA

 

Dirección Nacional de Elencos Estables, temporada 2026. Presentación de la Orquesta Sinfónica Nacional, Director: Emmanuel Siffert. Solista: Luís Roggero (Violín). Programa: Obras de Williams, Saint-Saëns, Rachmaninoff y Glazunov. 27 de Febrero de 2026.

 

NUESTRA OPINION: MUY BUENO

 

A lo largo de las últimas cuatro décadas han ido cambiando los hábitos del público y las costumbres en materia de organización. Si uno recurre a las hemerotecas y reúne fundamentalmente los diarios de alrededor de 45 años atrás, observará que en materia de música clásica durante las épocas de altas temperaturas se programaban conciertos a cargo de dos orquestas armadas por el recordado Centro de Divulgación Musical de la Secretaría de Cultura de la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, el  que dirigido por el Mtro. Ariel Ramírez y con Luís Pujal como “Nervio-Motor” confió una bajo la dirección del compositor y director Juan Carlos Zorzi  y la otra por el director de orquesta Jaime Braude.  Así, escenarios como el Parque Lezama y la Glorieta de Barrancas de Belgrano convocaban a numeroso público ávido de la escucha en vivo de un repertorio que, si bien liviano y acorde a la época, permitió la cercanía con la gente. Transcurrido el mes de Enero, las dos Orquestas antes mencionadas recibían el inestimable aporte de las dos formaciones del Teatro Colón (Estable y Filarmónica de Buenos Aires), las que realizaban primero al aire libre y luego en la sala del teatro sus conciertos (algo así como “si le  gustó, venga a escucharla al Teatro y, de paso, lo conoce”). Una acertadísima política de precios populares fomentó que ese público descubriera páginas como la “Bachiana Brasileira Nº 5” de Heitor Villa-Lobos,  “Rhapsody In Blue” de Gershwin. Quinta Sinfonía de Tchaikovsky. “Pampeana Nº 3” de Ginastera e incluso las “Canciones del Caminante” y la Sinfonía Nº 1 de Mahler.  Tras la temporada estival, el Colón comenzaba con los ensayos de sus cuerpos estables para la apertura de la temporada lírica y la Filarmónica iniciaba un “Ciclo de Otoño” preparatorio de la temporada oficial que se iniciaba alrededor de fines de Abril y que, aún con las prestaciones de acompañamiento del ballet, comprendían alrededor de 22 conciertos que culminaban en Noviembre. En cuanto a la Sinfónica Nacional, se efectuaban conciertos preparatorios de temporada  en la Bolsa de Comercio, en donde se llegaron a escuchar la Sinfonía Nº 4 “Inextinguible” de Nielsen y la Nº 1 de Brahms, para luego pasar al entonces “Ciclo de Abono” en el Auditorio de Belgrano (A precios módicos. Se vendían en la boletería del Teatro Cervantes, se anunciaba la grilla completa de programación en los diarios y en pocas horas se agotaban los mismos).

 

  Con el tiempo empezaron a deformarse las cosas. Ya a principios de la década del 2000 se fue perdiendo la programación estival. En cuanto al Colón podría decirse que se redujo a un cierre de año al aire libre en Capital y un inicio en el Parque San Martín de Mar del Plata,  en donde de manera inexplicable, aun cuando el Instituto Superior de Arte tiene una sede en nuestro principal balneario y cuando como hoy las Ciudades de Mar del Plata y Buenos Aires están gobernadas por los mismos intereses políticos, jamás se integraron a los conciertos a los cuerpos musicales Marplatenses, cosa que sí ocurrió con Cultura de la Nación a comienzos de la década del 10, cuando la Sinfónica Nacional invitó a la Sinfónica Marplatense y a la Banda Sinfónica también de la misma ciudad para interpretar el “Requiem” de Berlioz  al cumplirse 30 años de la guerra del Atlántico Sur.

 

  Hoy tanto en los Elencos Estables de Nación como en el Colón, se inician las temporadas oficiales a fines de Febrero y con repertorio sumamente comprometido. No está mal comenzar de esta forma, solo que cabe preguntarse si es correcto que tras una extensa pausa de dos meses vale la pena arrancar “en frío”, sin un ajuste que le permita a los conjuntos mensurar si está todo bien, o si previamente no convendrían  hacer algunos conciertos de repertorio más “liviano” que además favorezcan el reencuentro con el público.

 

  Ingresando de lleno entonces en el concierto objeto del presente cometario, la Sinfónica Nacional se presentó en el Auditorio Nacional del Palacio Libertad bajo la guía del principal director invitado Emmanuel Sieffert. En el comienzo se apreció una muy buena interpretación de la Sinfonía Nº 6 “La Muerte del Cometa” de Alberto Williams dentro de la integral de sinfonías del gran compositor nacional que abordan en conjunto los maestros Siffert y Pablo Boggiano. Pagina inspirada en el recordado paso del Cometa Halley por la órbita de mayor cercanía con la tierra a comienzos de la década del 10 del pasado siglo, el gran maestro nacional (también gran aficionado a la astronomía) encuentra, sostenido también en extensos versos que sirven de programa, el motivo para desarrollar profusamente a lo largo de tres movimientos una partitura en la que hallaremos pasajes de mucha energía, otros de gran densidad de discurso y algunas influencias de sus maestros europeos, matizadas con algunas “grageas” de tinte nacionalista. Meticuloso hasta en el mínimo detalle, el Mtro. Siffert desarrolló una labor muy precisa, con una orquesta muy ajustada, aunque en algunos pasajes en “forte” los ataques de la percusión saturaron la sala.

 

  Con el concurso solista del violinista Luis Roggero se apreciaron dos páginas de Camille Saint-Saëns  vertidas de manera impecable: “Havannaise” e “Introducción y Rondó Caprichoso”. El maestro Roggero ofreció dos interpretaciones ricas en sutilezas,  sonido limpio y profundidad interpretativa, impecablemente acompañado por Siffert y los músicos.  Los sostenidos aplausos recibidos tras la segunda de las obras, llevaron a que el maestro retribuyera con un Bach que cautivó y mantuvo expectante al público presente, el que despidió al solista de manera fervorosa

 

  Ya en la segunda parte escuchamos al inicio de la misma la mejor interpretación orquestal de la noche con una refinadísima versión de “La Isla de los Muertos”. Op. 29 de Serguei Rachmaninoff. Inspirado en el cuadro homónimo de Arnold Böcklin que viera en París en una copia en blanco y negro en 1907, el gran creador ruso plasmó en el pentagrama una  página densa, rica en matices y de amplia sonoridad. Siffert logró aquí un gran trabajo con impecables respuestas de todos los sectores de la orquesta para una versión que merece ser recordada.

 

 El cierre fue reservado para otra página rusa de poca visita en los atriles; “Stenka Razin”  de Alexander Glazunov, dedicada a Alexander Borodin e inspirada en la vida de un famoso cosaco que se enfrentó al régimen zarista y que, capturado, fue ejecutado en 1672. La obra se inicia con la alusión a una navegación que el protagonista realiza junto a una princesa persa, a la sazón su amante, por las aguas del Volga. De ahí el empleo en esta apertura de la célebre “canción de los barqueros” para luego internarse en sus últimos enfrentamientos, su captura y su posterior ejecución. Tratándose de Glazunov no faltan los ricos matices y la muy buena orquestación. Esta interpretación fue muy correcta, aun cuando algunos detalles debieron pulirse algo más. De todas maneras,  bienvenida sea su interpretación para culminar una noche con repertorio diferente y muy bien revelado al público.

 

Donato Decina