sábado, 29 de septiembre de 2018

Martha Argerich (2017) - Liszt Piano Concerto No. 1 - Vienna Philharmonic

PROFESIONAL, SEDUCTOR Y CONQUISTADOR Teatro Colón. Temporada 2018, Abono de Grandes Artístas Internacionales. Actuación de Juan Diego Florez (Tenor) Acompañado por Vincenzo Scalera (Piano). Programa: Obras de Mozart, Donizetti, Verdi, Gounod, Massenet y Puccini. Teatro Colón, 26 de Setiembre de 2018. NUESTRA OPINION: EXCELENTE. Pasó mucho tiempo tras su primera visita. Quizas demasiado y esperemos alguna vez tener el inmenso privilegio de escucharlo en una opera completa (y que para ello no sea tarde). Juan Diego Florez regresó al Colón y en una forma indiscutible con carisma seducción, despliegue generoso en el escenario y prodigándose como nunca se lo pudo apreciar. Ese es el saldo inmensamente positivo que dejó este nuevo paso por el escenario de la calle Libertad tras haber conquistado en forma definitiva al público de Buenos Aires que abarrotó la sala como en las grandes noches y en donde “se pasó lista”, para ver si todos los que aman el género estaban presentes. Acompañado por su pianista que mejor lo entiende, un inmenso interprete de nombre Vincenzo Scalera, maestro del Teatro Alla Scala de Milán, desplegó su repertorio mas actual, matizando lo con los clásicos que el público siempre pide. No es habitual abrir con el Aria de Tamino del primer acto de “La Flauta Mágica”. El lo hizo con una voz plena que corre por toda la sala. Sabe decir y expresar y le da el matíz mas ajustado. Comienzo irreprochable al que le agregará una gema poco habitual, una de las arias principales de “Il Re Pastore”, en la que ratificó su plena identificación con el repertorio Mozartiano. Un pequeño vals de Donizetti (nunca por mi escuchado y celebro su inclusión) por parte de Scalera que lo hizo con absoluto refinamiento, fue el pié para que Florez se luzca en la célebre “Una Furtiva Lacrima” y provocar el primer momento magistral de la noche, demostrando que hoy por hoy es su máximo interprete, condición ratificada tras “Fra Poco a Me Ricoveró” de “Lucia Di Lammermoor” con canto pleno en perfecto estilo. Verdi, una de sus nuevas incorporaciones en su repertorio, se hizo presente con una estupenda interpretación de “La Mía Letizia Infondere” de “I Lombardi alla Prima Crociatta”, para entonces cerrar la primera parte con “Dei miei bollenti spiriti” de “La Traviata” con su caballetta posterior, en la que se tuvo plena prueba de que ya está para abordar a pleno el rol, que en el próximo Diciembre debutará en el “Met” Neoyorquino. Tras el intervalo llegó el momento mas fuerte y emotivo de la noche, durante la incursión en el repertorio francés. “Ouvre tes Yeux Bleus”, canción de Cámara de Massenet fue el “Pre-calentamiento” para que “El Sueño de Manon” y el “Ah, Fuyez Douce Image” de la escena de Saint Suplice de la misma Obra llegaran al punto de mayor voltaje, arrancando la ovación mas estremecedora del año por parte del público. Scalera agregó mas emotividad, luciéndose en una interpretación para piano solo de la “Meditación” De “Thais”. Un estupendo “Salut Demeure…” de “Faust” de Gounod fue el preámbulo a una sentida “Pourquoi me Reveillier” de Werther, segundo momento emotivo de la noche, en la que Florez evidenció su progreso en este repertorio, al que enriquecerá tanto como al italiano actual al que lo lleva con total inteligencia. “Che Gelida Manina” de “La Boheme”, fue otra muestra de su actual versatilidad dejándonos enrtrever que el interprete Pucciniano de fuste está muy cerca, cerrando formalmente de este modo el recital. Con total soltura estableció su comunicación con el público, al que incitaba para que le pidieran bises, gesticulando el ademan de tomar nota, para luego, distenderse, arrojarle el moño del smoking a la platea femenina y desplegar todo su talento con la “cabaletta” de “Ah mes amies” de “La Fille du Regiment” y sus nueve sobreagudos, para luego Guitarra en mano prodigarse con “Cucurrucucú Paloma” en una versión formidable, “Jose Antonio” de Chabuca Granda, plena de emotividad y lograr desde la platea el concurso del guitarrísta Arturo Domínguez, quien allí se hallaba presenciando el espectáculo, para ofrendar “Volver” de Gardel y Le Pera en una versión brillante que arrancó una ovación en total consonancia. Una infaltable estrofa de “La Flor de la Canela” para cerrar la parte “Guitarrística”, la vuelta de Scalera para una versión insuperable de “Granada” y luego sí, culminar con un descomunal “Nessun Dorma” en donde incitó al público a que lo acompañe a “Bocca Chiusa” la parte del coro y cerrar de esta forma una noche magistral que selló de manera definitiva el romance con el pueblo “Colonero” Donato Decina
Magnífica reposición de “SUOR ANGÉLICA” por Lírica Lado B DRAMA EN SU MÁXIMA EXPRESIÓN Martha CORA ELISEHT Dentro de las numerosas manifestaciones culturales que ofrece Buenos Aires, la ópera presenta dos circuitos: uno, tradicional- representado en el Colón y el Avenida, gracias a agrupaciones como Juventus Lyrica y Buenos Aires Lírica- y otro, denominado off Colón (fuera del Colón), representado por varias agrupaciones privadas (Dove é la Bussola, Lírica Lado B). Precisamente, esta última presentó en el día de ayer (viernes 28 del corriente) una magnífica reposición de “SUOR ANGÉLICA”, de Giacomo Puccini (1858- 1924), bajo la dirección escénica de Ximena Belgrano Rawson y la dirección musical de Ezequiel Fautario. Los roles principales estuvieron a cargo de las siguientes intérpretes: Daniela Tabernig (Suor Angélica), Alejandra Malvino (La Tía Princesa), Carina Höxter (Suor Genoveva), Ayelén Regalado (Suor Osmina), Susana Gómez (Suor Dolcina/ Conversa), Verónica Cano (La Abadesa), Mairin Rodríguez (La celadora), Roxana Devigiano (Maestra de las Novicias), Vanina Guilledo (Enfermera), Romina Jofre/ Miriam Casanova (Mendicantes), Natalia Bereskyj (Conversa/ Novicia) e Isabella Pascucci Belgrano (Novicia). Participaron además el Coro Regina Coeli, dirigido por Fermín Prieto y la orquesta y coro de niños de Lírica Lado B. La mencionada compañía privada fue fundada en 2009 por Alejandro Spies y Camilo Santistefano y se caracteriza por representar ópera en escenarios no convencionales; en este caso, el haberla realizado en el Templo Oculto del Museo Santa Felicitas- ubicado al costado de la Iglesia homónima, sita en Barracas- le dio un marco absolutamente apropiado, donde el espectador se sintió partícipe de las actividades que ejercían las monjas de clausura en el convento. Si uno piensa que Puccini ambientó su ópera en un convento del siglo XVII- donde la protagonista es enviada hacia allí como consecuencia de haber tenido un hijo fuera del matrimonio, acorde a las pautas culturales de la época y al paternalismo acendrado de la Iglesia católica-, resultó más que perfecto para esta ocasión. No se utilizaron luces ni reflectores- sólo para hacer hincapié en las escenas más dramáticas- , sino iluminación a la luz de las velas, que se iban encendiendo o apagando acorde a cada escena en particular. Y esto contribuyó a aumentar más aún la carga dramática de la obra y la agonía de la protagonista. Si bien la orquesta y el coro sonaron magníficos y los roles de las monjas estuvieron muy bien interpretados, merece destacar la soberbia actuación de Carina Höxter como Suor Genoveva, quien asume el rol principal en la primera escena, donde la paz y la tranquilidad reinantes en el convento de las Jerónimas se alteran al anunciar la llegada de una visita: la Tía Princesa de Suor Angélica, que da inicio al drama en sí. En esta reposición, el diálogo entre tía y sobrina es tremendamente sobrecogedor y dramático y fue interpretado magistralmente por Daniela Tabernig y Alejandra Malvino. Eran dos colosas sobre el escenario, manifestando sentimientos contrapuestos: en el caso de Angélica, la ansiedad y la desesperación por tener noticias sobre el destino de su hijo- que le fuera arrancado desde su parto y del cual hace 7 años que no recibe noticias- y, en el caso de la Tía Princesa, su enorme frialdad, ya que sólo está interesada en que Angélica firme un documento para renunciar a su herencia en favor de su hermana, quien está próxima a casarse. Dicha frialdad es conmovedora, ya que tampoco se inmuta al anunciar a su sobrina que su hijo ha muerto. Al enterarse de la más terrible de las noticias, Angélica se da cuenta de que su vida ya no tiene sentido y planea suicidarse. La actuación de Daniela Tabernig fue descomunal y llegó a su más hondo dramatismo en dos arias: Senza Mamma y Amici fiori. Es la primera vez que esta última se presenta en calidad de estreno sudamericano, ya que fue eliminada de las ediciones en 1922. Pese a que Puccini no estaba absolutamente convencido de cercenarla, aceptó cortar cinco líneas de la misma y, posteriormente, nunca se incluyó en las diferentes ediciones hasta 1993, cuando Riccardo Chailly decide rescatarla del olvido. Posteriormente, se ha ido representando en los principales escenarios del mundo y esta fue la primera vez que se la pudo apreciar en Argentina. Suor Angélica- mujer sabia, conocedora de los secretos de la Naturaleza y de las propiedades farmacológicas de las plantas (justamente, por descender de familia noble, es la única que sabe leer y escribir) invoca a las flores para que suelten su veneno, lo prepara y luego- en la presente versión- se arranca los hábitos y bebe el veneno, mientras ruega a la Virgen que la perdone. En el instante previo a su muerte, la Virgen la perdona y le permite reencontrarse con su hijo en el cielo. En este caso, la voz de Daniela Tabernig resaltó por sobre la orquesta y el coro, brindando unos matices agudos y notas naturales increíbles. Al morir, Angélica aparece transfigurada como la Virgen María gestante, rodeada por las novicias del convento- que también dejaron sus hábitos- .Acorde a la concepción escénica, puede interpretarse como que María - la más excelsa de las mujeres y madre de un profeta- se transfigura y empatiza con otra mujer (quien también ha sido madre y, al igual que María, sobrevive a la muerte de su único hijo). Al terminar la ópera, el público estalló en aplausos y vítores, que aumentaban de intensidad a medida que los artistas hicieron su aparición sobre el escenario. Cuando llegó el turno de Alejandra Malvino y Daniela Tabernig, fue una auténtica ovación. En lo personal, hacía mucho tiempo que esta cronista no veía una representación de esta auténtica joya operística en vivo- la última vez, en 2013 en el Colón, interpretada por Amarili Nizza-, así como tampoco una versión de una calidad artística excelsa como la de anoche. Una vez más, esto demuestra que la Argentina posee artistas espléndidos, de gran categoría y versatilidad, que son capaces de hacer estremecer al público con sus interpretaciones. Y que son capaces de realizar estrenos locales- hay que recordar que Daniela Tabernig estrenó Rusalka en 2015 en el Teatro Avenida y ahora, la versión completa de Suor Angélica, interpretando “Amici Fiori” por primera vez en el país- dentro del circuito off Colón. Por ende, merecen el total respeto y admiración por parte del público y el periodismo especializado.
alento, versatilidad y carisma en el recital de Juan Diego Florez en el Colón CABALLERO DE FINA ESTAMPA Y HERMOSA VOZ Martha CORA ELISEHT Parafraseando uno de los valses peruanos más bellos que compuso la talentosa Chabuca Granda, el pasado miércoles 26 del corriente se presentó en el escenario del Colón un auténtico caballero de la lírica: el tenor peruano Juan Diego Florez, quien estuvo acompañado por el pianista italiano Vincenzo Scalera. En esta oportunidad, ofreció un repertorio complejo y variado, que incluyó obras de Mozart, Donizetti, Verdi, Massenet, Gounod y Puccini, en un repertorio muy variado y extenso, integrado por arias que- en su momento- supieron interpretar grandes tenores, de la talla de Alfredo Kraus y Plácido Domingo. La primera parte del recital comenzó con el consabido “Dies Bildnis ist bezaubend schön” de La Flauta Mágica, de Mozart, donde Florez demostró sus cualidades de gran intérprete: Una voz cálida, con buenos matices, impecable coloratura y excelente técnica. Por su parte, Scalera resultó ser un magnífico pianista acompañante, quien tuvo excelentes ejecuciones de pasajes extremadamente difíciles de las diferentes arias – tanto en calidad de acompañante como solista-. Su interpretación de la Meditación de Thaïs de Massenet resultó muy vitoreada y aplaudida por el numeroso público que se dio cita esa noche. Lo mismo sucedió con el Vals en Do mayor de Gaetano Donizetti, que sirvió de preludio a la celebérrima “Una furtiva lacrima” de El Elixir de Amor. Previamente, Florez interpretó un aria poco conocida en nuestro medio: “Si spande al sole in faccia” de Il Re Pastore de Mozart. Debido a que es un aria típica de coloratura, no cualquier tenor está en condiciones de interpretarla. Juan Diego Florez sí lo hizo, y magistralmente. Y luego de la mencionada aria de Donizetti, ni hablar: literalmente, el Colón estalló en aplausos y vítores de todo tipo – cosa que no se veía desde la magnífica actuación de Javier Camarena el año pasado- .Seguidamente, interpretó otra aria de dificultad intermedia: “Tombe degli avi miei… Fra poco a me recovero” de Lucia di Lamermoor, con singular maestría, nivel de actuación y canto. Luego de una breve pausa, llegó el turno de Giuseppe Verdi con “La mia letizia infondere” de I Lombardi- otro título que no se escucha en el Colón desde hace muchos años- para finalizar con la célebre aria de Alfredo: “Lunge da lei… Demiei volenti spiriti”, de La Traviata. En ambas arias, Florez hizo uso de su maravillosa voz, sus dotes histriónicas y de una técnica vocal impecable, con un sonido diáfano, que hizo que el público estallara en aplausos. Para la segunda parte del recital, el dúo Florez- Scalera eligió obras del repertorio francés: abrió con tres arias de Manon de Jules Massenet (1842-1912): “Ouvre trs yeux bleus”, “En fermant les yeux” y la maravillosa aria cuya acción transcurre en Sans Souci: “Ah, foyez douce image”.A pesar de que no había traducción simultánea, una pudo entender lo que el artista decía en francés y pudo seguirlo perfectamente. Además de ser un gran tenor y una de las mejores figuras de la lírica actual, Florez posee un carisma que hace que su estilo sea único y personal. Sabe transmitir sus emociones al público y está consciente de ello. Unido esto al bello timbre de su voz, interpretó una increíble versión de Des Grieux y el público lo aplaudió a rabiar. Tras el intermezzo brindado por Vincenzo Scalera con la Meditación de Thaïs anteriormente mencionada, siguió con otra aria célebre: “Salut, demeure chaste et pure” del Fausto de Gounod, donde mostró su versatilidad y los espléndidos matices de su voz. Al final del aria, el tenor debe dar un Do de pecho y sostenerlo, mientras el piano queda en silencio, para luego finalizar con un delicioso pianissimo. (Cosa que sabía hacer perfectamente bien Plácido Domingo en su primera época). Y Florez supo hacerlo magistralmente. La última aria del repertorio francés elegida para esta ocasión también es celebérrima y difícil, donde el tenor expresa su angustia ante un amor no correspondido: nada más ni nada menos que “Pour- quoi me révellier?” de Werther, también de Massenet, y cuyo máximo intérprete fue Alfredo Kraus- a quien tuve la suerte de poder escuchar en el Colón en varias oportunidades, antes de su muerte-. Nuevamente, Florez logró una interpretación excelente y puso en juego su técnica vocal y sus dotes histriónicas. El resultado fue una versión sublime, donde el Colon estalló y se deshizo en aplausos. Lo mismo sucedió cuando le correspondió cantar nada más ni nada menos que “Che gélida manina” de La Bohème , donde encarnó a un magnífico Rodolfo. Al final de semejante recital, no podían faltar los bises. Se produjo un breve silencio, donde el público comenzó a pedir diferentes arias y valses peruanos: entre otros, “Amarraditos” y “La Flor de la Canela”. Florez comenzó a deambular de un lado a otro del escenario, como queriendo decir: “¿Algo más?”.. “¿Alguna otra sugerencia?”… Y se destapó con “A mes amis” de “La Hija del Regimiento” de Donizetti, donde el tenor debe dar un Do sobreagudo en la mitad del vals. A esa altura de la noche, ¿qué era lo que Florez no fue capaz de hacer?... Nada. Absolutamente todo. A tal punto, que retornó al escenario, tomó una guitarra, se puso a afinarla, se quitó el moño para estar más desacartonado y comenzó a tocarla, mientras cantaba “¡Ay, Paloma!” (una canción mexicana, al mejor estilo de Jorge Negrete), sosteniendo las notas agudas a más no poder, a punto tal que el público aplaudía entre su interpretación. Seguidamente, se dirigió al piano, afinó la guitarra con el mismo e interpretó una canción peruana (“José Antonio”), para luego, ofrecer un fragmento de “La Flor de la Canela”, de Chabuca Granda. Tras interpretar el segundo Himno Nacional del Perú, Florez retornó al escenario para seguir ofreciendo lo que ya era un auténtico recital de música latinoamericana. En este caso, hizo subir al escenario – de manera totalmente espontánea, sin estar planificado- al guitarrista Arturo Zeballos, con quien cantó el tango “Volver”. Luego del mismo, se retiró absolutamente ovacionado y, cuando todos el mundo creyó que el recital había terminado, sorpresivamente, Fl.orez y Scalera regresaron a escena y aprovecharon los consabidos ramos de flores para cantar otro clásico de Agustín Lara: Granada- de la cual, el peruano es un eximio intérprete- y, luego de otra ovación, cerró con “Nessun Dorma” de Turandot, donde invitó al público a hacer el coro “a bocca chiusa”. ¡Qué placer poder haber acompañado a un intérprete de semejantes quilates! Literalmente, el Colón se vino abajo y a esa altura de la noche, el romance entre el artista y su público llegó a su clímax. Se retiró ovacionado y profundamente agradecido. Fue un auténtico derroche de talento, simpatía, carisma y bel canto, pero por sobre todas las cosas, romance. Juan Diego Florez supo conquistar y enamorar al público argentino desde su anterior visita en 2005- bajo los auspicios del Mozarteum Argentino- y demostró que dicho romance sigue intacto. Un auténtico caballero de fina estampa… y un verdadero belcantista. De los que casi ya no quedan

martes, 25 de septiembre de 2018

SDE BELGICA CON EL MAXIMO NIVEL “Mozarteum Argentino” temporada 2018. Actuación del Ensamble Oxalys. Programa: Obras de Rota y Schubert. Teatro Colón, 24 de Setiembre de 2018. NUESTRA OPINION: EXCELENTE Un conjunto de cámara de interesante conformación y con una propuesta fuera de lo habitual. Ese es el saldo que dejó la visita del Ensamble Oxalys al Teatro Colón dentro del Ciclo del Mozarteum. Agrupación nacida en 1993 en el Conservatorio de Bruselas por iniciativa de un grupo de estudiantes de esa casa, el Oxalys cuenta hoy con un historial mas que interesante con actuaciones en ciudades Europeas. Hoy sus integrantes han tomado vuelo propio, pero se reencuentran en las salas del Conservatorio para armar cada una de las presentaciones. Un noneto y un octeto. Rara conformación para grupos de cámara, pero interesante desde la concepción misma. Nino Rota y Franz Schubert. Del compositor no solo de la banda de “El Padrino” y tantos otros filmes se escuchó un noneto compuesto en la década de 1950 revisado posteriormente en 1977. Música absolutamente tonal, inspiración neo-clasica pero sin renunciar a su línea melódica, que conocemos bien justamente a través de las bandas sonoras. El Conjunto realizó una versión muy ajustada, posee sonido homogéneo, derrocha energía desde la guía de Shirly Laub su concertino que contagia al resto de los integrantes. Una obra muy interesante en una versión irreprochable. El Octeto en Fa mayor D.803 Póstumo de Franz Peter Schubert fue la obra de fondo. Compuesto a la usanza de Beethoven y su Septeto de juventud, la mano del Conde Troyer (mecenas del compositor y clarinetista aficionado) en el encargo de la obra, lo motivó a componerla con la mente puesta en la página del gran genio. A través de sus cinco movimientos, las ideas musicales fluyen plenas. La apertura con un Adagio que luego mutará en Allegro, nos mostró al Oxalys en plenitud de medios. El segundo tiempo, un Adagio, muestra un tema con variaciones en las que tanto en lo individual como en lo colectivo permitieron el destaque de cada instrumentista. El Scherzo central fluyó rico en ideas mientras que el cuarto, un Minuetto, nos mostró la solidez del conjunto. El cierre, de la mano de un Andante que mutará hasta llegar a un Allegro Brillante, fue el estupendo remate de una faena contundente. Unas pequeñísimas imperfecciones apreciadas no desmerecen de ningún modo una labor construida paso a paso a lo largo de la noche. A nadie hubiera sorprendido si se prescindía de algún “bis”. Sin embargo el conjunto quiso homenajear a Buenos Aires y el Tango con un Tango belga cuyo autor no fue mencionado, aunque si se dijo que uno de los integrantes del conjunto era su arreglador. Una página de corte tipo “Apache Francés” en el estilo que consagró Horacio Malvicino con el seudónimo de Alain Debray, simpática sí, pero que desentonó luego de un programa tan formidable. Donato Decina

domingo, 23 de septiembre de 2018

Espectacular versión de “ROMEO Y JULIETA” por Iñaki Urlezaga en el Colón NI SHAKESPERARE LO HUBIERA HECHO MEJOR Martha CORA ELISEHT Durante el transcurso del corriente año han sido varias las grandes figuras de la danza nacional que se han despedido del escenario del Colón: en Agosto pasado, Karina Olmedo y Alejandro Parente lo hicieron con La Viuda Alegre, y en esta ocasión, Septiembre trae aparejada la despedida de Iñaki Urlezaga con otro clásico: Romeo y Julieta de Sergei Prokofiev (1891- 1953), con coreografía de Sir Kenneth Macmillan (1929- 1991), en reposición de Susan Jones y Clinton Lukett, con escenografía y vestuario de Nicholas Georgiadis. En la función correspondiente al pasado miércoles 19 del corriente, actuaron los siguientes bailarines: Iñaki Urlezaga (Romeo), Lauren Cuthbertson (Julieta), Nahuel Prozzi (Teobaldo), Emanuel Abruzzo (Mercucio), Facundo Luqui (Bervolio), Paula Cassano (Rosalinda), Norma Molina (Nodriza), Gerardo Wyss (Paris), Julián Galván (Fray Lorenzo), Igor Gopkalo y Natalia Saraceno (Lord y Lady Capuleto), Martín Foronda y Laura Pereyra (Lord y Lady Montesco) y Adrián López (Escalus, príncipe de Verona). La dirección orquestal estuvo a cargo de Enrique Arturo Diemecke frente a la Orquesta Estable del Colón, mientras que el Ballet Estable estuvo a cargo de su directora titular, Paloma Herrera. La maravillosa música de Prokofiev ofrece el marco ideal que porta al espectador hacia la antigua Verona, donde los Capuletos y los Montescos mostraban su rivalidad ancestral en la Plaza del Mercado mediante numerosas escaramuzas entre espadachines- donde, por lo general, siempre había muertos por parte de ambas familias-. Esto estuvo muy bien logrado desde el inicio a cargo del Ballet Estable, con una muy buena coordinación en todas las escenas de conjunto. Merecen una mención especial Ayelén Sánchez, Georgina Giovanonni y Camila Bocca, quienes encarnaron a las tres prostitutas que tratan de seducir a Romeo, Mercucio y Bervolio. En cuanto al protagonista principal, se lo vio un tanto deslucido al principio- en comparación con Emanuel Abruzzo, quien realizó unas piruetas de gran dificultad técnica y dio unos saltos increíbles sobre el escenario, interpretando un Mercucio de antología (que, por momentos, remedaba a Hernán Cornejo)-. Posteriormente, Iñaki Urlezaga se fue afianzando y demostró ser quién es arriba del escenario que lo lanzó a la fama internacional. Facundo Luqui también es otra joven promesa del ballet: interpretó su personaje con gran técnica, soltura en el escenario e histrionismo, al igual que Nahuel Prozzi, quien también tuvo un muy buen desempeño en el rol de Teobaldo. Por último, dentro de los roles masculinos, Gerardo Wyss hizo una correcta interpretación del conde Paris, cuyo mayor lucimiento se vio en la escena del baile de máscaras en casa de Capuleto, acompañando a la primera bailarina en el rol de Julieta. Lauren Cuthbertson no sólo posee belleza y juventud, sino también todas las condiciones que debe tener una bailarina que ejerza este rol: técnica, plasticidad, soltura, dominio de la escena, dotes histriónicas, pero por sobre todas las cosas, sensualidad. Y lo demostró desde el primer momento, aunque se hizo mucho más evidente en la escena del balcón, donde luego de encontrarse con Romeo, se acarició sus partes íntimas delicadamente, como queriendo decir: “Ya no soy una niña. Soy una mujer. Te deseo y quisiera que me poseyeras”. En efecto, cumplió exactamente con la concepción escenográfica de Macmillan, donde los protagonistas no sólo son dos adolescentes que viven una historia de amor prohibido por el odio ancestral entre ambas familias, sino que además, deciden rebelarse contra una voluntad paterna arbitraria y despótica. (¿Acaso la adolescencia no es una etapa de crisis vital en los seres humanos, donde una de sus principales características es, precisamente, la rebeldía?...) Si bien ella se lució desde su aparición en el escenario, demostró todo su arte y su esplendor en el pas de deux de la escena del balcón, donde los protagonistas desarrollan un solage y un developée que requieren de una técnica perfecta y de una excelente coordinación. Ambos demostraron por qué son las primeras figuras del Royal Ballet de Londres con creces sobre el escenario. Además, ella es etérea, con un physique du rôle que es fundamental para su interpretación. Lo mismo sucedió en la escena de amor del 3° Acto, donde Romeo debe partir hacia el exilio. La versión ofrecida por los protagonistas fue de una delicadeza sublime y de un souplée excelente, donde ambos demostraron una versatilidad suprema en el escenario. En la escena siguiente, las dotes histriónicas de Lauren Cuthbertson quedaron más que demostradas al manifestar su rebeldía en contra de la voluntad paterna, negándose rotundamente a casarse con Paris. Y lo mismo sucedió al ingerir el narcótico que le suministra Fray Lorenzo a fines de aparecer como si estuviese muerta. Por último, en la escena de la cripta, cuando Romeo la toma entre sus brazos, actuaba como si realmente se tratara de un cuerpo muerto. Naturalmente, al terminar la obra, el público estalló en aplausos y se retiraron ovacionados. En cuanto al resto de los roles femeninos, Paula Cassano interpretó una exquisita Rosalinda, mientras que Norma Molina desplegó muy buenas dotes histriónicas en su rol de Nodriza. Lo mismo sucedió con Natalia Saraceno, quien lloró amargamente la muerte de su sobrino Teobaldo como Lady Capuleto en el 2° Acto. El trío formado por Ayelén Sánchez, Georgina Giovannoni y Camila Bocca volvió a lucirse en la escena del Mercado del 2° Acto, previo a la escaramuza que disputarán Teobaldo y Mercucio. En cuanto a la escenografía y vestuario, los diseños fueron excelentes. Si bien la Estable acompañó muy bien a los bailarines- considerando que no es una orquesta habituada a interpretar ballet, ya que dicho rol lo desempeña la Filarmónica-, no obstante, hubo unas cuantas pifias y, por momentos, sonaba discordante. Debido a que la música de Prokofiev es muy conocida entre los amantes del ballet, esto opacó ligeramente la actuación, pero no fue impedimento para que el público lanzara numerosos vítores y ovaciones. Naturalmente, faltó la lluvia de papelitos y pétalos de flores para Iñaki Urlezaga, ya que todavía resta una función para su despedida definitiva de los escenarios como bailarín. Y lo va a hacer como una de las grandes figuras de la danza mundial, que tanto suceso ha tenido y que tantas alegrías le ha dado al público con sus magníficas interpretaciones.
Espléndido concierto de la Filarmónica de Dresde en el Colón MICHAEL SANDERLING, UN MAESTRO CON MAYÚSCULAS Martha CORA ELISEHT El Ciclo de Abono del Mozarteum Argentino tiene acostumbrado al público porteño a disfrutar espectáculos de excelencia desde hace algo más de 60 años, trayendo instrumentistas, cantantes y agrupaciones sinfónicas de jerarquía internacional. Y el sábado 8 del corriente, esta tradición de alta alcurnia volvió de la mano de la Orquesta Filarmónica de Dresde, dirigida por Michael Sanderling, quien junto a la mencionada agrupación sinfónica volvió a nuestro país después de 4 años para interpretar un repertorio clásico, que incluyó una obra del argentino Oscar Strasnoy en calidad de estreno americano: The End. El mismo se completó con el célebre Concierto n° 20 para piano y orquesta en Re menor, K.466 de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) y la Sinfonía n° 3 en Re menor (“Wagner”), WAB 103, de Anton Bruckner (1824-1896), con la participación del pianista rumano Herbert Schuch como solista. Todas las interpretaciones fueron de una excelencia sublime, con un sonido prístino y de una calidad soberbia, que una no recuerda haber escuchado en el Colón desde hace ya muchos años. Michael Sanderling hizo que la orquesta cantara, brindando unos matices increíbles y un equilibrio justo y preciso. Cuando un cronista especializado tiene que escribir sobre el tema, se fija mucho en los gestos y en la actitud del director de orquesta hacia sus músicos. En este caso, hubo una perfecta comunión entre Sanderling y sus dirigidos. Incluso en la interpretación del Concierto n° 20 para piano y orquesta de Mozart, Herbert Schuch y Michael Sanderling intercambiaron gestos, comunicándose perfectamente uno con el otro y logrando una perfecta simbiosis entre orquesta, instrumento solista y dirección. El resultado fue una interpretación excelsa, donde Herbert Schuch demostró ser un pianista eximio. No es fácil tocar una obra tan celebérrima, pero Schuch supo darle su interpretación y su toque personales- cosa muy difícil de lograr- , que son fundamentales a la hora de ejecutar la música inmortal del genio de Salzburgo. Posteriormente, el pianista se vio obligado a hacer un bis- Rondó capriccioso de Saint- Saëns, en una transcripción para dicho instrumento-, que hizo estallar al público en aplausos. Por otra parte, la orquesta utilizó instrumentos de época para recrear mejor la obra de Mozart: timbales pequeños- excelente la ejecución de Stephan Kittlaus-, oboe d’amore y número de cuerdas reducido, que logró perfectamente el efecto de cámara, lo que jerarquizó aún más la interpretación. Es una tendencia mundial que se ha rescatado del olvido- gracias al valioso aporte de directores como Helmut Rilling y Nikolaus Harnoncourt- y que cada día gana más adeptos por parte del público asistente a los conciertos. El argentino Oscar Strasnoy compuso The End en 2004, basándose en los últimos compases de la Sinfonía n° 8 de Ludwig van Beethoven. Esta obra se estrenó en 2007 por la Orquesta Filarmónica de Radio France y tuvo un gran suceso en Europa. Creada para orquesta reducida, reconstruye y construye del fin al comienzo y con matices personales los compases finales de la mencionada sinfonía de Beethoven. En calidad de estreno americano, es una obra interesante en cuanto a su estructura y complejidad sonora, ya que ensambla y desarrolla la música de Beethoven con ciertos pasajes y atisbos de atonalidad, hilvanados de tal manera que no resulta desagradable al oído de quien la escucha por primera vez. La interpretación de Sanderling fue excelente y el público presente la recibió de muy buen agrado. Sin lugar a dudas, la Sinfonía n° 3 en Re menor de Anton Bruckner fue lo mejor de la noche. Hacía rato que esta magnífica obra estaba olvidada en los repertorios de los programas de conciertos- una recuerda la excelente versión de la Filarmónica de Viena en 1985 y la ofrecida por la Gewandhaus de Leipzig, con Kurt Mazur al podio- y ha sido un gran acierto rescatarla de su tan prolongado ostracismo sobre el escenario del Colón. Dedicada a Richard Wagner, fue compuesta en 1873 y estrenada cuatro años más tarde, con la dirección del mismo compositor- quien era un eximio organista y director coral, pero con nula experiencia en dirección orquestal-, ya que había muerto quien iba a dirigirla en su estreno- Johann von Herbeck-. Si bien su estreno fue un fracaso rotundo, Bruckner no se dio por vencido y revisó su obra en varias oportunidades, hasta que logró una versión definitiva en 1889 (que es la que se ejecuta en la actualidad). Para ese entonces, Wagner ya había muerto y de ahí proviene el subtítulo de la misma. Es la primera de todas las sinfonías de Bruckner que lleva su sello personal y consta de 4 movimientos: Gemässigt, mehr bewegt (Moderado, más animado, misterioso)/ Adagio. Bewegt, quasi Andante (Con movimiento, cuasi andante)/ Scherzo. Ziemlich schnell (bastante rápido)/ Finale. Allegro. Como consecuencia de su formación como organista, Bruckner utiliza orquestación en grandes bloques, con coros de instrumentos, donde además, intercala una frase de su Misa en Re menor en el primer movimiento. La monumentalidad del 1° movimiento continúa en el Adagio del 2°, con reminiscencias wagnerianas en las cuerdas. Por el contrario, el 3° movimiento se caracteriza por comenzar con un veloz crescendo orquestal, que remeda los Ländler austríacos, en un vibrante Scherzo donde las cuerdas suenan prácticamente al unísono. Tal como se expresó anteriormente, la versión ofrecida por Michael Sanderling fue vibrante, donde la orquesta sonaba como si todos los instrumentos estuvieran fusionados en una sola voz; es decir, cantando. Y cuando se logra dicho efecto, aumenta la excelencia interpretativa. Por último, el Allegro final presenta un contraste marcado entre la severidad- corales solemnes- y la fluidez- sonidos rítmicos, de polkas y oras danzas típicas- como diferentes facetas de la vida. Tal fue el efecto causado en el público, que la orquesta se vio obligada a interpretar un bis que ha sido más que exquisito: una versión magistral del Intermezzo de Cavalleria Rusticana de Pietro Mascagni, que sonó como pocas veces se la ha escuchado en el Colón. Fue una lástima que no hubieran hecho más bises, porque realmente, daba para un “gustito a más”. Porque Michael Sanderling demostró ser un Maestro de la dirección orquestal, que brindó un concierto memorable en el Colón, como hacía rato que no se escuchaba algo de una perfección tan absoluta, con una imprompta y un estilo personales.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

resentación del bajo galés Sir Bryn Terfel en el Teatro Colón UN GRANDE DE LA LÍRICA MUNDIAL EN BUENOS AIRES Martha CORA ELISEHT Dentro del Ciclo “Grandes Intérpretes Internacionales”, el pasado miércoles 5 del corriente hizo su presentación en el Teatro Colón el bajo- barítono galés Bryn Terfel, acompañado por la pianista rusa Natalia Katyukova. Ofreció un recital muy variado, que incluyó no sólo cancines populares inglesas, irlandesas y galesas, sino también, fragmentos de ópera y Lieder de Schubert y Schumann, para concluir magistralmente con temas de John Charles Thomas- barítono estadounidense que ejerció una influencia decisiva en su carrera-. Era la primera vez que este gran artista- designado Sir por la reina Isabel II de Inglaterra- se presentó en nuestro mayor coliseo, luego de haber cumplido una extensa carrera de más de 25 años de trayectoria, que lo llevó a recorrer y triunfar en los principales escenarios del mundo. Nacido en 1961, estudió en la Academia Guilford en Oxford e hizo su debut en 1990 en la Ópera Nacional de Gales como Guglielmo en Cosi fan Tutte, de Mozart. A partir de allí, siguió incorporando los roles principales de su cuerda y comenzó una carrera ascendente. En un impecable inglés, se dirigió al público explicando las razones por las cuales había elegido ese repertorio: se trató de una síntesis de su vasta carrera, que comprendió desde las viejas canciones de los compositores galeses Ioris Lewis (Canción del Dragón Rojo) y Owen Williams (Domingo de Ramos)- que ofreció en su idioma natal-, pasando por Friederich Keel y las tradicionales Songs of the Celtic Islands (Canciones de las Islas Celtas)- en inglés, galés y gaélico irlandés- hasta abarcar el célebre Moritat de La Ópera de Dos Centavos, de Kurt Weill, para concluir la primera parte del mencionado recital con el aria de Mefistófeles “Son lo Spirito che nega”, de Arrigo Boito. En todas sus interpretaciones, Terfel demostró la gran versatilidad de su voz, un perfecto dominio escénico en cada una de sus variadas interpretaciones y una increíble musicalidad, con el perfecto acompañamiento de la extraordinaria pianista rusa Natalia Katyukova- quien se desempeña como Maestra Interna en la Metropolitan Opera House de New York, y que ejerce sus actividades en la Julliard School of Music de dicha ciudad- , que ofreció un sonido prístino y una maravillosa interpretación. Para la segunda parte del recital, Bryn Terfel eligió los siguientes Lieder de Robert Schumann: Belsatzar, Zwei venetzianische Lieder (Dos canciones venecianas) y Mein Wagen rollet langsam (Mi carruaje anda lentamente), los cuales fueron interpretados de manera exquisita, con una finura y delicadeza dignas de un gran artista. Lo mismo sucedió con sus homónimos de Franz Schubert: Liebesshotschaft (Mensaje de Amor), Das Fischermädchen (La pescadora), pero el momento más trascendente -que marcó el clímax del recital- fue su magnífica y excelente interpretación de Litanei auf das Fest aller Seelen (Letanía para la fiesta de los Fieles Difuntos), donde recibió una ovación de aplausos. Siguió luego con Die Tauberpost (La paloma mensajera) y, posteriormente, eligió cinco canciones de John Charles Thomas para cerrar uno de los mejores recitales que un bajo- barítono ofreciera en el Colón. Por otra parte, es raro que un bajo cante Lieder- al estilo de Dietrich Fischer- Dieskau, quien era uno de los mejores barítonos intérpretes de Lieder, pero que nunca cantó en el Colón-, y Terfel lo hizo magistralmente. Sólo realizó un bis: la celebérrima aria del lechero Tevye de El violinista sobre el tejado (Si yo fuera rico), donde desplegó todas sus dotes histriónicas en escena- hasta dando pasos de música kletzmer- y su versatilidad vocal. Y se retiró ovacionado. Bryn Terfel no sólo agradeció el cariño y los aplausos del público, sino que, además, hizo alusión a un célebre comentario que hizo Jonas Kaufmann sobre la excelente acústica del Colón: en resumidas cuentas, manifestó que no quería perderse la oportunidad de actuar en el teatro que posee la mejor acústica del mundo. No sólo lo logró, sino que a partir de esa noche, inició un romance con el público argentino. Esperemos volver a ver pronto a este auténtico gigante de la lírica en el escenario de nuestro mayor coliseo interpretando una ópera completa. Tal cual manifestó en inglés: “el Colón es una casa de ópera, y debo cantar una ópera”. Que así sea.
Muy buena reposición de “PÉLLEAS ET MÉLISANDE” de Débussy en el Colón CUANDO LA MÚSICA ES LA PROTAGONISTA Martha CORA ELISEHT El pasado 31 de Agosto tuvo lugar en el Teatro Colón la reposición de “PÉLLEAS ET MÉLISANDE” de Claude Débussy (1862-1918), dentro de la conmemoración del centenario de su fallecimiento, a cargo de la Orquesta Estable del mencionado Teatro, dirigida por Enrique Arturo Diemecke y con puesta en escena de Susana Gómez, sobre un original del recientemente fallecido Gustavo Tambascio (1948-2018). El diseño de escenografía estuvo a cargo de Nicolás Boni y el vestuario, de Jesús Ruiz, con iluminación de José Luis Fioruccio. El elenco estuvo integrando por los siguientes cantantes: Verónica Cangemi (Mélisande), Giuseppe Filianoti (Pélleas), David Maze (Goulaud), Lucas Debevec Mayer (Arkel), Adriana Mastrángelo (Genéviève), Marianela Nervi Fadol (Yniold), Alejo Laclau (el Médico) y Cristian De Marco (Pastor). A diferencia de la mayoría de las óperas tradicionales, la particularidad de la única ópera compuesta por Débussy es que carece de arias y recitativos tradicionales. Siguiendo la concepción wagneriana por la cual, la voz es un instrumento más, la principal protagonista es, precisamente, la música. (Hay que recordar que Débussy era un profundo admirador de Wagner, hasta que decide romper con sus cánones y volcarse al impresionismo). Siguiendo el libreto de Maurice Maeterlinck (1862-1949), la característica principal de la música es el claroscuro. En efecto, el reino de Arkel- abuelo de Goulaud y su medio hermano Pélleas- es un reino de oscuridad y sombras, donde va a incorporarse la pareja protagónica que, precisamente, se caracteriza por ser todo lo contrario: dos seres luminosos, que representan la débil luz de un amor platónico en medio de las tinieblas. En la presente versión, esta concepción filosófica estuvo muy bien reflejada y lograda por la escenografía, iluminación y vestuario- justamente, los protagonistas aparecen vestidos de blanco o usando ropas de colores claros- y en la mano blanca, que se observa en las escenas más trascendentales y, particularmente, en el 5° Acto, donde Mélisande muere, luego de haber dado a luz a una niña. Las características musicales del claroscuro debussiano estuvieron perfectamente interpretadas por la Estable. Si bien Enrique Diemecke no se caracteriza precisamente por ser un director de ópera, su labor al frente de la orquesta estuvo muy bien lograda, dando los matices correspondientes y conservando un equilibrio en materia sonora, sin caer en excesos. En cuanto a los principales intérpretes, Verónica Cangemi tuvo un desempeño muy bueno en el rol de la frágil y misteriosa Mélisande en materia vocal, dando correctamente las notas agudas y graves. Asimismo, también tuvo un excelente desempeño actoral- con excepción de la escena del 3° Acto, donde debe envolver a Pélleas en su rubia cabellera (en la escenografía de la presente versión, estaban separados: cada uno en sus habitaciones del castillo, mientras aparecía una pareja de figurantes en el centro, simulando la escena)-, al igual que su dominio vocal del francés. Excelente el Goulaud de David Maze, quien fue una auténtica revelación en lo vocal y en lo actoral. Si bien Lucas Debevec Mayer tuvo un comienzo algo flojo en el rol del anciano Arkel, a medida que transcurría la obra fue tomando confianza e interpretó su papel con gran versatilidad y musicalidad. Adriana Mastrángelo cantó una excelente Génèvieve, al igual que la joven Marianella Nervi Fadol, quien interpretó un magnífico Yniold. En cuanto al protagonista masculino, Giuseppe Filianoti posee un bello timbre de voz, pero que no le bastó para interpretar el rol de Pélleas. Tiene una voz muy chica y, por momentos, falló al alcanzar las notas principales en varias oportunidades. Estuvo correcto desde el punto de vista actoral, pero tampoco se caracterizó por realizar una gran interpretación. En líneas generales, fue una buena versión, pero el tenor no estuvo a la altura de las circunstancias. Y es una lástima, porque en una ópera donde la protagonista es la música, no puede haber altibajos en los principales personajes del drama. Se vio compensado por el resto de los protagonistas y por la escenografía, aunque hubo ciertas cosas que esta cronista consideró que estaban fuera de contexto (ej: una violación matrimonial de Goulaud a Mélisande en público, frente a Arkel). Posiblemente, el fallecido régisseur Gustavo Tambascio las marcó en la presente representación, y la directora Susana Gómez decidió respetarlas. En opinión absolutamente personal, a una le parecieron innecesarias y de mal gusto. Con excepción de estos detalles, se respetaron perfectamente la concepción de la obra y el libreto de Maeterlinck, aunque faltó luminosidad vocal en el reino de las sombras.