viernes, 29 de mayo de 2026

 En la cumbre de Los Alpes…


                                                                      Por Jaime Torres Gómez

Luego de erráticos resultados artísticos más una inquietante disminución promedio

de público desde marzo, el reciente programa de la Sinfónica Nacional, dirigido

por el magnífico maestro chileno Luis Toro Araya (30), ayudó a revitalizar el

desarrollo de la temporada.

Multipremiado en importantes concursos internacionales, Toro Araya cada vez da

muestra de un talento desbordante, posicionándose como uno de los más

destacados jóvenes directores del momento, ameritando seguir contando con su

presencia en las orquestas nacionales, y especialmente en la Sinfónica, al

encontrarse acéfala de titularidad…

Siguiendo la tradicional línea editorial, el programa contempló el estreno mundial

de una obra chilena y la reposición de la cautivante Sinfonía Alpina, de Richard

Strauss, ausente en la Sinfónica por 25 años. Cabe destacar (y celebrar) la

importante presencia de la música nacional en la actual temporada, pero con

interrogantes en cuanto su combinación (y dosificación) con el repertorio universal.

De curioso formato, el estreno del Concierto para Trombón, Violín y Orquesta

de Ignacio Teillerie (1995), de ninguna manera pasa inadvertido, rayando en

cierta provocación... De lúdico carácter y de heterodoxa estética, se trata de un

diálogo con el pasado con directos guiños a Alban Berg, Schostakovitch,

Prokofiev, Mahler y Korngold, asimismo, incorporando elementos jazzísticos, del

ragtime y del tango. De exuberante (quizás pomposa) orquestación, hay méritos

de un buen tratamiento colorístico y rítmico, como una lograda homologación

tímbrica entre el violín y trombón, aunque, en momentos, un desbalance del violín

solista ante inorgánicos tutti orquestales. Estupendos cometidos de Obeed

Rodriguez (trombón solista de la Sinfónica) y Alberto Dourthé (histórico

concertino sinfónico) más una comprometida dirección de Toro Araya.

Con radical giro de carácter (inadecuada combinación con la pieza previa), la

segunda parte con Eine Alpensinfonie (“Una Sinfonía Alpina), Op. 64

straussiana constituyó una potente experiencia, tanto por la megaproducción

asociada (más de 100 músicos) y al ofrecerse en condiciones acústicas

inmejorables como en la Gran Sala Sinfónica Nacional.

Obra de implacables requerimientos técnicos (virtuosismo orquestal), requiere una

probada madurez artística y acabado sentido de ensemble. Y en contenido,

existen diversas interpretaciones de su pathos interno, desde una amable (y

objetiva) descripción de un viaje a los Alpes, o bien, un tránsito hacia profundas

dimensiones racionales y espirituales.


Y lejos de cierta frivolidad interpretativa, la versión firmada por Luis Toro Araya

clarifica la inmanencia de la obra a través de una sonoridad transparente (notable

dominio de las capas sonoras), acertado sentido del rubato, inteligente adopción

de tempi y notable arquitectura de los planos sonoros. Gran respuesta de los

sinfónicos en todo orden, con hermosura de sonido global más importantes

desempeños solísticos.

Inapelablemente, una triunfal versión de la Alpina alzándose a la cumbre de los

insondables Alpes straussianos...

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