En la cumbre de Los Alpes…
Por Jaime Torres Gómez
Luego de erráticos resultados artísticos más una inquietante disminución promedio
de público desde marzo, el reciente programa de la Sinfónica Nacional, dirigido
por el magnífico maestro chileno Luis Toro Araya (30), ayudó a revitalizar el
desarrollo de la temporada.
Multipremiado en importantes concursos internacionales, Toro Araya cada vez da
muestra de un talento desbordante, posicionándose como uno de los más
destacados jóvenes directores del momento, ameritando seguir contando con su
presencia en las orquestas nacionales, y especialmente en la Sinfónica, al
encontrarse acéfala de titularidad…
Siguiendo la tradicional línea editorial, el programa contempló el estreno mundial
de una obra chilena y la reposición de la cautivante Sinfonía Alpina, de Richard
Strauss, ausente en la Sinfónica por 25 años. Cabe destacar (y celebrar) la
importante presencia de la música nacional en la actual temporada, pero con
interrogantes en cuanto su combinación (y dosificación) con el repertorio universal.
De curioso formato, el estreno del Concierto para Trombón, Violín y Orquesta
de Ignacio Teillerie (1995), de ninguna manera pasa inadvertido, rayando en
cierta provocación... De lúdico carácter y de heterodoxa estética, se trata de un
diálogo con el pasado con directos guiños a Alban Berg, Schostakovitch,
Prokofiev, Mahler y Korngold, asimismo, incorporando elementos jazzísticos, del
ragtime y del tango. De exuberante (quizás pomposa) orquestación, hay méritos
de un buen tratamiento colorístico y rítmico, como una lograda homologación
tímbrica entre el violín y trombón, aunque, en momentos, un desbalance del violín
solista ante inorgánicos tutti orquestales. Estupendos cometidos de Obeed
Rodriguez (trombón solista de la Sinfónica) y Alberto Dourthé (histórico
concertino sinfónico) más una comprometida dirección de Toro Araya.
Con radical giro de carácter (inadecuada combinación con la pieza previa), la
segunda parte con Eine Alpensinfonie (“Una Sinfonía Alpina), Op. 64
straussiana constituyó una potente experiencia, tanto por la megaproducción
asociada (más de 100 músicos) y al ofrecerse en condiciones acústicas
inmejorables como en la Gran Sala Sinfónica Nacional.
Obra de implacables requerimientos técnicos (virtuosismo orquestal), requiere una
probada madurez artística y acabado sentido de ensemble. Y en contenido,
existen diversas interpretaciones de su pathos interno, desde una amable (y
objetiva) descripción de un viaje a los Alpes, o bien, un tránsito hacia profundas
dimensiones racionales y espirituales.
Y lejos de cierta frivolidad interpretativa, la versión firmada por Luis Toro Araya
clarifica la inmanencia de la obra a través de una sonoridad transparente (notable
dominio de las capas sonoras), acertado sentido del rubato, inteligente adopción
de tempi y notable arquitectura de los planos sonoros. Gran respuesta de los
sinfónicos en todo orden, con hermosura de sonido global más importantes
desempeños solísticos.
Inapelablemente, una triunfal versión de la Alpina alzándose a la cumbre de los
insondables Alpes straussianos...
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