sábado, 7 de mayo de 2022

 

El Consul

Teatro Colon 05/05/2022

Giancarlo Menotti (1911 – 2007), compuso veinticinco  operas de las cuales solo cuatro fueron representadas en el Teatro Colon.  

El Consul, fue la primera.  Aparece por primera vez en la temporada de 1953 con la soprano Sofia Bandín, como Magda Sorel y la dirección musical de Alberto Erede.  Vuelve al escenario del Colon en las temporadas de 1954, 1958, 1967, 1999, (esta vez con la dirección escénica del compositor), y ahora en 2022.

Cronológicamente, la segunda opera de Menotti que se estrena en nuestro teatro es “Amelia al ballo”, en 1954 con Helena Arizmendi, Renato Cesari y Renato Sassola, dirigidos por Reinaldo Zamboni., reponiéndose en 1982.

En 1956 se estrena “La Medium”, con Gianna Pederzini, como Madame Flora y la dirección musical de Alberto Erede. Esta opera, vuelve a presentarse en 1959 y 1987, esta última con la inolvidable actuación de Regine Crespin.

Finalmente en 1987 y 1993 se representa “Help, Help the Globolinks”.

El Consul, obra que se repone en estos momentos en el Teatro Colon, fue estrenada en 1950 en los años de la Guerra Fría, y fue un intento de Menotti, autor del libreto y de la música, para defender los principios democráticos y humanitarios codificados años antes en La Declaración Universal de los Derechos Humanos. Los detalles de la obra son vagos; independientes de tiempo o lugar y muestran una denuncia concreta a la tiranía y a la burocracia.

La versión presentada en el Colon fue muy buena, sobresaliendo sobre un conjunto parejo de cantantes la actuación de la soprano Carla Filipcic Holm,  quien encarnó de manera conmovedora a la atribulada Magda Sorel. Efectiva tanto en lo vocal como en su actuación, llevó adelante sin fisura este un rol sumamente demandante.

Muy merecida la ovación que la brindó el público presente en la sala al final de la representación.

El director musical Justin Brown al frente de la Estable, logro recrear eficazmente los momentos más tensos de la obra y concertó prolijamente.

La amplia escenografía a cargo de Jorge Ferrari luce muy bien, pero le quita intimidad al drama.

Ruben Szuchmacher, responsable de la dirección escénica supo contar la trama del argumento con detalle, aunque no logró remarcar actoralmente las características individuales de algunos personajes que parecen desdibujados.

En resumen: Una versión interesante de una opera argumentalmente vigente.


                                                                                                      Roberto Falcone

 Muy buen recital con obras de Mozart, Donizetti, Rossini y Bellini en el KONEX

 

MOZART Y EL BEL CANTO, DE PARABIENES

Martha CORA ELISEHT

 

            Como todos los años, el Festival KONEX de Música Clásica se basa en un tema. Este año se eligió a la ópera (VERDI, WAGNER Y LA LÍRICA) y el pasado jueves 5 del corriente se llevó a cabo la segunda jornada de dicho Festival, denominada “MOZART Y EL BEL CANTO”, donde participaron los siguientes cantantes: Jacquelina Livieri, Constanza Díaz Falú (sopranos), Cecilia Díaz (mezzosoprano), Santiago Martínez (tenor), Omar Carrión (barítono) y Hernán Iturralde (bajo), acompañados al piano por Marcelo Ayub y por el Quinteto Bellisomi.

            El programa estuvo integrado por las siguientes obras:

            Wolfgang A. MOZART (1756-1791)

-            Obertura de LAS BODAS DE FÍGARO

-          “Non piú andrai”

-          “Voi ió sapete” – LAS BODAS DE FÍGARO

-          “La ci darem la mano”- DON GIOVANNI

-          “Soave sia il vento”- COSI FAN TUTTE

-          “Den hölle Rache”

-          “Dies Bildnis ist bezaubernd schön”

-          “Pa…Pa…Pa…Papagena!”- LA FLAUTA MÁGICA

Vincenzo BELLINI (1801-1835)

-          “Qui la voce sua soave”

-          “Ah! Per sempre ió ti perdei”- I PURITANI

-          “Casta Diva”- NORMA

Gioacchino ROSSINI (1792-1868)

-          Obertura de EL BARBERO DE SEVILLA

-          “Largo al factótum”

-          “Una voce poco fa”

-          “La calunnia é un venticello”- EL BARBERO DE SEVILLA

-          “Bel raggio lusinghier”- SEMIRAMIDE

Gaetano DONIZETTI (1797-1848)

-          “Una furtiva lacrima”- EL ELIXIR DE AMOR

-          “O mio Fernando”- LA FAVORITA

-          “Signorina in tanta fietta”- DON PASQUALE

-          “Caro elisir! Sei mío!”

-          “Esulti la barbara”

-          “Tran, tran, tran”- EL ELIXIR DE AMOR

Tras una impecable ejecución de la consabida obertura mozartiana por el Quinteto Bellisomi, Marcelo Ayub se presentó en escena no sólo para presentar a los integrantes del ensamble instrumental, sino también a los cantantes. En primer lugar, Hernán Iturralde ofreció una correcta versión de la célebre aria para barítono de LAS BODAS DE FÍGARO (“Non piú andrai”), pero sin deslumbrar vocalmente. Quizás, su registro actual da más para cantar arias de bajo que de barítono, pero no le restó mérito, sino todo lo contrario, ya que descolló junto a Constanza Díaz Falú en el dúo entre Papageno y Papagena de LA FLAUTA MÁGICA. Se lo escuchó mejor en el duetto entre Don Giovanni y Zerlina (“La ci darem la mano”) de la ópera homónima hasta ofrecer un excelente rol protagónico como DON PASQUALE.Y se consagró con la célebre “La calunnia é un venticello” de EL BARBERO DE SEVILLA, que permite al bajo bufo lucirse en toda su magnitud.  La soprano salteña fue la revelación de la noche: ágil y fresca desde el punto de vista vocal como soprano ligera y con gracia y soltura desde el pinto de vista actoral para interpretar los diferentes roles para su cuerda (Zerlina, Papagena, Adina, Rosina y Reina de la Noche). En este último rol quizás no descolló vocalmente, pero brindó una buena interpretación alcanzando las notas más agudas y el gorjeo característico de esta aria. Por su parte, Cecilia Díaz -quien tuvo que reemplazar de urgencia a Alejandra Malvino- ofreció una muy buena versión de” Voi ió sapete” de LAS BODAS DE FÍGARO. Hizo su presentación en escena vestida como Cherubino y se lució como Dorabella junto a Jacquelina Livieri y Omar Carrión en el trío entre Fiordiligi, Dorabella y Don Alfonso (“Soave sia il vento”) de COSI FAN TUTTE. Pero su mejor intervención fue el aria de LA FAVORITA (“O mio Fernando”), donde se la pudo apreciar en toda su plenitud vocal y actoral.

Además de ser una muy buena intérprete del repertorio mozartiano, Jacquelina Livieri fue otra de las grandes figuras de la noche. Encaró como solista la difícil aria de Elvira en I PURITANI (“Qui la voce sua soave”), donde demostró su excelente línea de canto y sus matices vocales. Es otra soprano que se encuentra en su plenitud vocal, lo que le permite desarrollar este tipo de roles. Junto a Hernán Iturralde se lució como una encantadora -y tenaz- Norina en el mencionado duetto de DON PASQUALE. Si bien es un rol que por lo general es interpretado por sopranos ligeras, también puede hacerlo una soprano lírica. Y eligió otras dos arias reservadas para las grandes voces del bel canto: la celebérrima “Casta diva” de NORMA de Bellini y “Bel raggio lusinghier” de SEMIRAMIDE de Rossini, donde volvió a lucirse en escena con un muy buen dominio de coloratura, matices tonales, fiato y línea de canto.

Otra de las grandes figuras de la noche fue Santiago Martínez -quien también tuvo que reemplazar en último momento a Darío Schmunck- en dos roles trascendentales de la lírica: como Tamino en LA FLAUTA MÁGICA (“Das Bildnis ist bezaubend schön”) y en la celebérrima Una furtiva lacrima de EL ELIXIR DE AMOR. El repertorio alemán le sienta de maravilla y también fue capaz de dar vida a un excelente y simpático Nemorino en las arias de la mencionada ópera de Donizetti (“Caro elisir… Sei mío!” y “Esulti sulla barbara”), donde se lució junto a Constanza Díaz Falú, quien dio vida a una coqueta e indiferente Adina. Para completar el trío de este clásico se unió Omar Carrión como un exultante sargento Belcore (“Tran, tran, tran”). El barítono está atravesando el mejor momento de su larga carrera y lo demostró con creces dando vida a Don Alfonso en COSI FAN TUTTE y al astuto Fígaro en la celebérrima “Largo al factótum” de EL BARBERO DE SEVILLA. Pero también se lució como barítono dramático en el aria de I PURITANI (“Ah! Per sempre ió ti perdei”), donde se retiró ovacionado.

Independientemente de los cantantes, nada hubiera sido posible sin el excelente acompañamiento del Quinteto Bellisomi, cuyos integrantes ofrecieron también una muy buena versión de la famosa obertura de EL BARBERO DE SEVILLA, caracterizada por un sonido muy compacto.  Unido esto al acompañamiento de Marcelo Ayub en piano y a su impecable marcación y dirección, no había más nada que decir. Tanto Mozart como la trilogía de compositores belcantistas -Rossini, Bellini y Donizetti- se encontraron de parabienes, perfectamente representados por intérpretes de primer nivel y alta jerarquía

 Inorgánico programa filarmónico…

                                                                                         Por Jaime Torres Gómez

 

Luego de la cancelación del cuarto programa de abono de la Filarmónica de Santiago debido a un brote de contagio viral, llega la quinta jornada de la mano del argentino Alejo Pérez, debutante en el Teatro Municipal de Santiago.

 

Cabe señalar que la programación del Municipal se ha llevado a cabo con una irreprochable voluntad de cumplimiento tras la reapertura de los espectáculos con público presencial, volviendo a dar continuidad a la dinámica de las presentaciones de abono en conciertos, ópera y ballet, y conviviendo con las vicisitudes propias de los avances y retrocesos pandémicos. Prueba de ello fue la no realización del programa previo, que era de extremo interés ante las obras contempladas (“La Noche Transfigurada” de Schoenberg y una Suite de la ópera “Pársifal” de Wagner), esperándose su pronta reposición…

 

Interesante revestía volver a presenciar, después de mucho tiempo, a Alejo Pérez, consolidado director internacional a quien se le viera en su debut en Chile el año 2006 junto a la Sinfónica Nacional, y con extraordinarios resultados.

 

Lamentablemente, con un programa inorgánicamente concebido, dio cuenta de varios “horrores”, al incurrir en insalvables descriterios combinatorios con ingestas de obras, responsabilidad atribuible tanto a la dirección artística de la Filarmónica como al maestro invitado, al aceptar dirigir un programa de tales despropósitos...

 

Titulado “Bolero siempre…”, consultó en la primera parte el “Preludio a la Siesta de un Fauno” de C. Debussy, seguido del Doble Concierto para Violín y Cello de J. Brahms, obras difícilmente combinables ante parámetros individuales de poca (o nula) relación bilateral. Y como vergonzoso colofón, una segunda parte con el Bolero de M. Ravel seguido de la Sinfonía N° 3 “Con Órgano” de C. Saint-Saëns, evidenciando una inadecuada extensión con el “gancho” del Bolero, que ni siquiera diera término al programa, al ser ésta una obra propia para “culminar” un proceso (y/o experiencia) musical específico…           

 

Entonces, si se concibió este programa en clave de captación de nuevas audiencias, a la postre se incurrió en una deformación formativa, al darse una propuesta estéticamente incoherente y no debidamente dosificada. Sin embargo, y apelando a toda abstracción, igualmente se asistió a esta jornada filarmónica, apreciando los avances de Alejo Pérez en obras largamente ausentes

 

De los resultados, en general se percibió un buen trabajo de Pérez con la orquesta, mostrándose esta última muy atenta a sus requerimientos. En cuanto a enfoques, hubo un inidiomático abordaje del Preludio de Debussy, optándose por una óptica más bien extravertida, gruesa y ansiosa por sobre una sonoridad esfumada y/o etérea propia del impresionismo musical, a pesar de un descollante desempeño técnico y estilístico de la flauta solista al inicio (Carlos Enguix).

 

En el Doble de Brahms, largamente ausente y con buenos recuerdos, en esta oportunidad se ofreció una prosopopéyica versión a cargo de los filarmónicos Richard Biaggini (concertino) y Katharina Paslawski (primer cello), al no ajustarse en estilo, optándose por un enfoque arrebatado frente a lo canónico brahmsiano, que establece una estructura clásica dentro de un espíritu romántico.

 

Posteriormente, inició la segunda parte el exigente Bolero raveliano (también varios años ausente en la Filarmónica), donde hubo varias fracturas (primera función) seguramente ante falta de ensayos, no lográndose buen ensamble en varios instrumentos solistas más un malogrado empuje de la batuta hacia la sección final, quedando una sensación de insipidez, no obstante interesantes desarrollos previos con logradas dinámicas (excelentes progresiones en las capas sonoras), matices y una generosa exposición de las líneas melódicas….

 

Posterior a esta “extemporánea” disposición del Bolero, arribó la Tercera Sinfonía de Saint-Saëns, obra gravitante del género sinfonía en Francia. Curiosamente, reconociéndose cierta influencia de Brahms, menos se entiende no haber engarzado el Doble Concierto de la primera parte con la sinfonía, validando el despropósito boleriano de marras, como elemento estéticamente disociador

 

De atractivo vuelo inspirativo, inusualmente contempla un piano a cuatro manos más un gran protagonismo del órgano, este último proveyendo ora una envolvente atmósfera en pedal (principalmente en el segundo movimiento), ora una grandiosa exposición de un coral hacia el final, con visos de catártica espectacularidad.

 

La versión firmada por el maestro Pérez, de absoluto empoderamiento y con excelente respuesta de los filarmónicos. Magnífico enfoque, signado de atrapante ímpetu (ágiles tempi) e irreprochable coherencia. Exhaustivo trabajo en balances y transparencias, amén de una galería de logros en planos sonoros, fraseos y matices. Y destacada labor de Jorge Hevia como solista en órgano, asimismo los pianistas Josefina Pérez y Claudio Oliva, quienes no estaban consignados en el programa de mano…

 

En suma, un programa inorgánicamente concebido y de parciales logros, demandando un replanteo de los estándares programáticos conforme la asentada tradición de la Filarmónica de Santiago

 

Orquesta de Cámara de vuelta…

                                     Por Jaime Torres Gómez

 

La rearticulación de la actividad musical cada vez da muestras de una creciente oferta en cantidad y diversidad programática, pudiendo apreciarse una quasi normalidad conforme a los estándares pre-pandemia.

 

La Orquesta de Cámara de Chile, dependiente del Ministerio de las Culturas, y, por lo tanto, soportada por todos los chilenos… ha tenido una lenta recuperación presencial en comparación a su actividad histórica más lo realizado por otras agrupaciones nacionales, tanto en cantidad de conciertos en Santiago e itinerancia por el país.

 

Las razones de esta baja presencia deben ponderarse, por una parte, al complejo escenario pandémico, asimismo a una serie de trabas administrativas y logísticas que han impedido, entre varias, a concretar disponer in situ del Director Titular elegido hace más de un año, como la no actuación en su sede del antiguo Teatro California (ex Municipal de Ñuñoa y actualmente bajo la administración del Ministerio de las Culturas), debido a trabajos inconclusos de refacciones.

 

Desde inicio de año han habido sólo tres programas, el primero a cargo del suizo Emmanuel Siffert (titular designado) en enero, como del igualmente suizo Nicolás Rauss en marzo, y últimamente en Semana Santa junto al director chileno Julio Doggenweiler, habiéndose presenciado los de enero y abril.

 

Con obras ad-hoc al espíritu de Semana Santa, el programa a cargo de Julio Doggenweiller (visto en la Parroquia Santa Elena de Las Condes) reflejó un magnífico trabajo musical de este maestro chileno radicado hace décadas en Alemania, dando cuenta de completo oficio y solidez formativa.

 

Se dio inicio con el Preludio y Fuga en do menor KV 546 de W.A. Mozart, correspondiente a una pieza para cuerdas basada en su sección fugada a una transcripción hecha por el mismo Mozart de la Fuga para dos pianos KV 426, compuesta cinco años antes. Obra de plena madurez y de misterioso carácter, denota un acabado oficio del manejo contrapuntístico inscrito en la más excelsa tradición bachiana. Magnífico enfoque de Doggenweiler en carácter y discurso global, obteniendo buen ajuste de la sección cuerdas de los camaristas chilenos.  

 

Luego, una importante versión de la Cantata “Ich habe genung” (ya tengo suficiente…) BWV 82 de J.S. Bach, sin duda una de las más hermosas cantatas compuestas por el genio de Leipzig. Originalmente confiada a un bajo y en sus secciones extremas con una importante participación solística de un oboe-obbligato, posteriormente Bach la adaptó para soprano y flauta. Escrita para la festividad de la Purificación de María, está basada en el episodio evangélico de la Presentación del Niño al Templo, siendo el espíritu reinante una profunda esperanza y gozo en el más allá de la vida terrenal, reflejado en los textos del Libro de Malaquías y del Evangelio de San Lucas, este último proveyendo el cántico Nunc Dimittis (Cántico de Simeón), como parte de los textos de la obra.

 

Se contó con una destacada participación de Javier Weibel, reconocido barítono nacional, quien transmitió con entera comprensión el sentido global de la obra, brindando certeros contrastes y matices conforme el carácter del texto, y en total conjunción a la concepción de la batuta. Magnífico y artesanado trabajo en texturas, dinámicas y transparencias (gran respuesta de las cuerdas, con aterciopelada sonoridad). Y magnífica labor solística del oboísta Jorge Galán en sus expuestos requerimientos en la primera y última aria.

 

Finalizó el programa con una idiomática versión de la Sinfonía N° 8 “Inconclusa” de F. Schubert, obra en sí compleja y de misterioso espíritu. Y si bien se suele asimilar un programa de Semana Santa a obras sacras, en esta oportunidad dos tercios no lo fueron, aunque sí en perfecto espíritu al sentido de la muerte y la trascendencia. En este contexto, la Inconclusa es un presagio a la muerte del compositor y, sonoramente, una conexión indisoluble hacia recónditas dimensiones…

 

Magnífica lectura del maestro Doggenweiler, logrando captar, sin tropiezos, su esencia discursiva. Muy buen trabajo en equilibrio sonoro, considerando que el requerimiento de tres trombones inevitablemente demanda una cantidad de cuerdas no disponible en la Orquesta de Cámara de Chile, de conformación clásica. Empática adopción de tempi, magníficos fraseos y ductilidad sonora.      

 

En suma, una sólida presentación de una de las principales orquestas nacionales en un contexto de progresivo retorno a las actividades con presencia de público.

 

Apertura del ciclo “Colón Contemporáneo” con estrenos de Strasnoy y Györgi Ligeti

 

LA VANGUARDIA EN SU MÁXIMA EXPRESIÓN

Martha CORA ELISEHT

 

            Cuando una va a escuchar un concierto de música contemporánea, pueden suceder dos cosas: que se trate de una obra interesante, agradable al oído y que guste, o que vaya condicionada para escuchar un bodrio en cuatro tiempos. Habitualmente, esta última opción es la más prevalente pero también, la más alejada de la realidad. Lo que sucede es que lamentablemente, muchos preconceptos y prejuicios siguen firmemente arraigados en el público habitué y la única manera de eliminarlos es no sólo educando al oído para escuchar detenidamente este tipo de composiciones, sino también investigar las analogías que existen entre lo barroco y lo contemporáneo. Aunque parezca mentira, ambos géneros se parecen mucho desde el punto de vista musical. Ambos abrevan en las mismas fuentes (el madrigal, los motetes y la polifonía tonal) y de ahí radica su similitud cuando una es capaz de analizar ambos tipos de música desde un pensamiento abstracto. Precisamente, el pasado miércoles 4 del corriente tuvo inicio el Ciclo “COLÓN CONTEMPORÁNEO” con la participación de una orquesta de cámara integrada por músicos pertenecientes a las Orquestas Estable del Colón y Filarmónica de Buenos Aires, encabezados por Elías Gurevich y bajo la dirección de Pablo Drucker, con la participación de los siguientes solistas: Marcelo Balat (piano) y Francesco D’Orazio (violín) en un programa integrado por las siguientes obras:

-          Sequenza VIII para violín solo- Luciano BERIO (1925-2003)

-          “Kuleshov” (concierto para piano y orquesta de cámara)- Oscar STRASNOY (1970) (estreno latinoamericano)

-          Concierto para violín y orquesta- György LIGETI (1923-2006) (estreno latinoamericano)

Las Sequenzas son una serie de composiciones para instrumentos solistas escritas por Luciano Berio entre 1958 y 2002. En el caso particular de la Sequenza VIII para violín solista, “es la obra más extraordinaria que se ha escrito para el violín, juntamente con la Ciaccona de la Partita en Re menor de Bach, que le sirvió como modelo a Berio”- expresó Francesco D’Orazio en una entrevista al diario Página 12. “En la potencia expresiva y la cohesión formal de la Sequenza resuena la historia del violín y por eso, me gusta mucho proponerla junto a la Ciaccona, porque en el contraste se revela la actualidad de Bach y la “antigüedad” de Berio”. En este caso, el prestigioso intérprete italiano compara la similitud entre la armonía y la escritura de ambos compositores, lo cual condice -y coincide- con lo anteriormente expresado. Fue compuesta en 1976 y está dedicada a Carlo Chiarappa. Es una obra de difícil ejecución, con armonías disonantes que resaltan la complejidad del violín. Según palabras de su autor: “el violín es el instrumento más sutil y complejo”. Y un solista de los quilates de D’Orazio la ejecutó de manera sublime, merced a una técnica perfecta, un fraseo impecable y una soberbia interpretación de las cadencias, trémolo, cantábile y del imponente staccato central de la obra, que culmina con un final apenas perceptible.

Tras retirarse con el cálido aplauso del numeroso público que se dio cita esa noche, Marcelo Balat y Pablo Drucker hicieron su aparición en el escenario junto a la orquesta para el estreno sudamericano de Kuleshov, de Oscar Strasnoy. Este concierto para piano fue compuesto en 2017 y traslada en música lo que el cineasta ruso Lev Kuleshov aplicaba en el séptimo arte: lo que una imagen sugiere a los espectadores radica más en la secuencia del montaje que en sí misma. Para ello, Strasnoy inicia su obra con un tutti orquestal con acompañamiento de piano que brinda una inmensa profundidad sonora con elementos del jazz, síncopa y blue. También permite brindar ese efecto lumínico descripto por Kuleshov mediante un poderoso cromatismo, mientras el piano se apoya en el glissandi ofrecido por la percusión -trío entre xilofón, cajas y karimba-. Los solos de piano poseen reminiscencias de Rachmaninov y Ravel mediante una línea melódica y armónica. La ejecución de Marcelo Balat fue magistral, así como también el contrapunto de contrabajo frotado en escala descendente-a cargo de Julián Medina- y los solos de trompeta y trombón a cargo de Valentín Gravie y Pablo Fenoglio. La línea melódica es sumamente agradable, audible, con una variedad de recursos en técnica -glissandi, arpegios, trinos y arabescos- que -por momentos- remedan números de la suite orquestal de El Amor por Tres Naranjas de Prokofiev. La labor desempeñada por Pablo Drucker fue muy buena, con una precisión muy puntual en las entradas de los diferentes instrumentos y una perfecta marcación de los tempi. Es uno de los mejores directores argentinos del momento y no sólo fue intensamente aplaudido, sino que además invitó a Oscar Strasnoy a subir al escenario para compartir los aplausos junto al solista.

Como obra de fondo tuvo lugar el estreno sudamericano del Concierto para violín y orquesta del compositor húngaro- rumano Györgi Ligeti, que fue compuesto entre 1990 y 1992 y estrenado en New York durante el transcurso de ese mismo año. Consta de 5 movimientos (Præludium: vivaccisimo luminoso- attaca/ Aria, Hoquetus, Choral: Andante con moto- attaca/Intermezzo: presto fluido/ Passacaglia: lento intenso/ Appasionato: Allero molto) de los cuales, los 3 primeros se ejecutan de modo attaca: es decir, sin interrupción, mientras que los dos últimos están mucho mejor definidos. El violín solista inicia con un ostinato en cascada hasta que se acoplan los violines y la percusión seguidos por cellos, contrabajos en pizzicato y contrapunto de timbal. Puede sonar algo disonante, pero con la microtonalidad característica de la música de Ligeti en maderas y metales, mientras el solista mantiene la melodía inicial en escala cromática ascendente. El segundo movimiento consta de un andante con moto con reminiscencias de melodías folklóricas húngaras, que es introducido por el violín solista con contrapunto de viola y contrabajo hasta la introducción de las maderas y la viola en agudo apoyando al solista, donde generan un sonido muy similar al de una ocarina. Tras un solo de trompeta y trombón con sordina, el violín solista retoma la melodía inicial. Un solo de flauta cierra este movimiento y la labor de los solistas de diferentes instrumentos fue soberbia, al igual que la dirección de Pablo Drucker, quien tuvo a su cargo la ejecución de una obra tan difícil y compleja, pero a la vez, fascinante. El violín solista abre el 3° movimiento con una cadencia en escala cromática mientras la orquesta acompaña con las disonancias características del compositor, que crean un efecto de misterio tomado por cuerdas, maderas y metales hasta que el solista toma la melodía inicial mediante una cascada para terminar con una fuga a cargo de los metales. El 4° movimiento (passacaglia) se inicia con clarinete y corno inglés en tono grave mientras el violín solista ejecuta un contrapunto mediante una cadencia en agudo hasta la incorporación e los metales. Seguidamente, las cuerdas entran en un lento sostenido para desembocar en un acorde fff hasta la capitulación del primer tema. Finalmente, el violín solista vuelve sobre el tema inicial en el movimiento final, luego de un desarrollo monumental de orquestación mediante fuga, fortissimi y cadenza a cargo de los metales y la percusión para desembocar en un golpe final por parte de esta última. Tanto Francesco D’Orazio como Pablo Drucker fueron ovacionados al final del concierto.

La música contemporánea requiere de gran atención por parte del oyente para poder comprenderla por diferentes motivos. En primer lugar, porque su escritura es compleja. La música de Ligeti se basa en ritmos múltiples y subdivisiones de los tempi, ya que abandonó el cromatismo para dedicarse a la politonalidad y microtonalidad con elementos de música renacentista y medieval. En segundo lugar, porque condensa ritmos de diversa índole en estructuras polimodales y politonales. Según palabras del propio D’Orazio: “Ligeti es el Bach del siglo XX, ya que es capaz de trabajar materiales diversos y distintos tiempos, coordinados como un gran mecanismo de relojería”. Una definición muy certera, que demuestra una vez más la convergencia entre lo barroco y lo contemporáneo descripta al principio de esta nota y que asimismo reafirma uno de los principios de la filosofía hermética: Los extremos se tocan.  

 

 

 

Muy buen concierto de obras de compositores argentinos en el CCK

 

DE LO NUESTRO, LO MEJOR

Martha CORA ELISEHT

 

            Uno de los principales organismos sinfónicos del país es la Orquesta Nacional de Música Argentina “Juan de Dios Filiberto” (ONMA), cuya misión es fomentar, jerarquizar y difundir la música de compositores locales en todas sus manifestaciones y en todo tipo de ámbitos. En el día de ayer, la mencionada agrupación musical brindó en el Auditorio Nacional del Centro Cultural Kirchner (CCK) un programa compuesto íntegramente por este tipo de obras bajo la dirección de Andrés Tolcachir, con la participación de los siguientes solistas:

-          Paralelo 33 (percusión)

-          Daniel Lifschitz (flauta)

-          Laura Politi (oboe)

-          Gonzalo Morales Sánchez (clarinete)

-          María Marta Ferreyra (fagot)

-          Gabriel Said (percusión)

El programa estuvo integrado por las siguientes obras:

-          Suite para cuatro percusionistas y orquesta- Martín DIEZ, Fabián KEOROGLANIÁN, Pablo LA PORTA, Marcos CABEZAZ

-          Cuatro aires del sur para cuarteto de vientos, percusión y orquesta- Pablo LOUDET (estreno mundial)

-          Suite concertante- Ariel HAGMAN (estreno mundial)

 

Ante la consabida falta de programas de mano, Andrés Tolcachir presentó a los solistas e hizo una reseña de cada una de las obras comprendidas en el programa antes de su interpretación. La mencionada Suite para cuatro percusionistas y orquesta consta de 4 números, compuestos por cada uno de los integrantes del ensamble. Tras una breve introducción (Intuitivo o lector, de Martín Diez), sigue con Zamba para no olvidarte, de Fabián Keoroglarián. Es una obra de sonido compacto, audible y agradable que abre con un glissandi en marimba acompañada por cajas, xilofón, vibrafón, timbales y batería. La percusión marca el tema principal con acompañamiento de orquesta, donde el glissandi del xilofón brinda vuelo y voluptuosidad al mencionado acompañamiento de dicho ritmo folklórico. La suite sigue con Voz interior, de Pablo La Porta, donde la obra se inicia con un solo de flauta en arabesco, seguida por el clarinete para que luego se acoplen las campanas, xilofón y marimba en glissandi. Posteriormente, hay una síncopa a cargo de los timbales, bombo y orquesta hasta desembocar en un solo de xilofón, con reminiscencias de tango y cumbia en el tema principal. Por último, cierra con 19 de Septiembre de Marcos Cabezaz, donde la percusión y la orquesta se fusionan en un tutti con ritmo de malambo, marcado por el bongó y las tumbadoras. El forte se desvanece  con un glissandi a cargo de la marimba y las kalimbas para luego pasar a un solo de  tambor, tras el cual se desarrolla una fuga a cargo de las cuerdas, seguida por la percusión con contrapunto de contrabajos en pizzicato. La labor desarrollada por el conjunto de percusionistas fue excelente, al igual que el contrapunto por parte de la orquesta y la marcación del director. Fue muy bien recibida por el público mediante un aplauso prolongado.

            Seguidamente, los solistas de vientos y el percusionista Gabriel Said se hicieron presentes sobre el escenario para interpretar Cuatro aires del sur, que fue compuesta especialmente por encargo de la ONMA a Pablo Loudet sobre ritmos latinoamericanos (Joropo, Habanera, Guarania y Milonga). Además de la típica formación orquestal, se incorporaron 3 bandoneones y una guitarra. Las violas tienen a su cargo la apertura del Joropo, seguidas por el resto de la orquesta y los bandoneones. Por momentos, el ritmo era más parecido a una chacarera que a un joropo venezolano, pero que sonó con brillo, fiato y sonido equilibrado. El conjunto instrumental arranca con un solo de maracas previamente a la entrada de los vientos, apoyados por el piano y el fagot solista. Posteriormente, la orquesta toma el tema principal, donde se desarrolla un contrapunto interesante entre bandoneones y corno. En la Habanera, los cellos y contrabajos introducen la melodía en pizzicato previamente al solo de clarinete, oboe y fagot, mientras que la percusión está representada solamente por golpes graves de triángulo. En este movimiento, el percusionista Gabriel Said también utilizó claves antes del desarrollo de la fuga a cargo de la flauta, oboe, clarinete y fagot. La labor desarrollada por todos los integrantes del cuarteto de vientos -que se desempeñan como solistas de sus respectivos instrumentos en la ONMA- fue excelente, desempeñando una muy buena labor. Esto se vio asimismo en la Guarania, donde los solistas de instrumentos de viento desarrollaron un contrapunto sumamente interesante entre los mismos con ayuda de la percusión -en este caso, mediante golpes de un shekere, que daba el efecto de sonido de agua- juntamente con la orquesta. En cambio, la Milonga final arranca con un solo de cajón, donde la orquesta se acopla en ritmo de candombe. Los trinos de flauta y clarinete fueron perfectos -gran labor de Daniel Lifshitz y Gonzalo Morales Sánchez- y la melodía brinda la oportunidad de que cada uno de los vientos solistas y la percusión se luzcan. La guitarra solista también desarrolló una muy buena labor previamente a los solos de los instrumentos principales. La obra cierra con el solo de cajón inicial para recapitular el tema principal. Tras los aplausos, se invitó a Pablo Loudet -quien estaba presente en la sala- a subir al escenario y se retiró sumamente aplaudido.

            Tras una breve pausa, Andrés Tolcachir anunció el estreno mundial de la Suite concertante de Ariel Hagman. Al igual que su antecesora, también fue compuesta especialmente para la ONMA y es una obra con numerosas reminiscencias de otros compositores (hay momentos que remedan la Pantomima de Daphnis et Chloé, de Maurice Ravel y parte del Adagio para cuerdas de Samuel Barber, al igual que de la Sinfonía Semplice de Carl Nielsen). Comienza con un arabesco a cargo del 3° cello y luego, un canon tomado por las violas y violines, creando un efecto ondulante hasta la introducción de la flauta para desembocar en una fanfarria a cargo de cornos y trompetas hasta que la orquesta se acopla en un tutti en ritmo de malambo. Esto se repica posteriormente en las maderas hasta lograr contrapunto en cuerdas y timbales. La obra también incluye un solo de violín con reminiscencias piazzolianas, que toma el tema principal como hilo conductor hasta ser retomado por flautas traversa y piccolo. Posteriormente, el corno anuncia el tercer tema en contrapunto con bandoneones y timbales -con reminiscencias del Descenso al Nibelheim de EL ORO DEL RHIN-, que brinda un aire de misterio que recuerda a Urano, el Mago de LOS PALNETAS, de Gustav Holst. Tras el forte final, el público respondió con un aplauso sostenido y también se invitó al compositor a subir al escenario.

            Independientemente de la excelente labor de Andrés Tolcachir en el podio, hacía mucho tiempo que una no escuchaba a la Juan de Dios Filiberto y se encontró con una orquesta integrada por excelentes músicos, con un sonido compacto, puro, afiatado, pero por sobre todas las cosas, brillante y preciso. Es un lujo saber que la música argentina cuenta con organismos sinfónicos de este nivel para su difusión. Siempre es interesante descubrir nuevas obras y talentos locales. 

 

Espectacular concierto a cargo de la Filarmónica en el Auditorium de Belgrano

 

CUANDO LA EXCELENCIA MARCA LA DIFERENCIA

Martha CORA ELISEHT

 

            Una de las principales tareas que tienen los organismos sinfónicos del país es difundir la música clásica fuera de las habituales sedes de conciertos para que la gente que vive en diferentes barrios -o distritos- pueda disfrutar de un buen concierto en cercanías de su domicilio. En el caso particular de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, la cita tuvo lugar el pasado martes 26 del corriente en el Auditorium de Belgrano bajo la dirección de Pablo Boggiano y con participación del flautista Horacio Massone como solista, en un programa compuesto por las siguientes obras:

-          Concierto para piccolo y orquesta, Op. 50- Lowell LIEBERMANN (1961)

-          Sinfonía n ° 5 en si bemol mayor, D. 485- Franz SCHUBERT (1797-1828)

 

El concierto comenzó puntualmente a la hora estipulada ante una sala prácticamente colmada de gente que se dio cita para escuchar a la Filarmónica, que contó con un orgánico reducido en base a las obras comprendidas en el programa. Tras la presentación del concertino Pablo Saraví y la correspondiente afinación de instrumentos, tanto el director como el solista tomaron sus puestos sobre el escenario para dar comienzo al mencionado concierto del estadounidense Lowell Libermann, que consta de tres movimientos: Andante cómodo/ Adagio/ Presto, donde el instrumento solista posee pasajes de enorme dificultad técnica. Se estrenó en 1996 en New York -ciudad natal del compositor- por la Orquesta Sinfónica de New Jersey dirigida por Glenn Cortese, con participación de Jan Gippo como solista. El primer movimiento es de corte netamente impresionista, donde la combinación arpa/piccolo mantiene un diálogo muy fluido mediante el empleo de glissandi alternando con arabescos, trinos y pasajes que permiten el lucimiento del solista. Una de las características de la música de Liebermann es la combinación de elementos de tonalidad tradicional y estructura con armonías arriesgadas, y este concierto no constituye la excepción a la regla. El segundo movimiento posee reminiscencias de su homónimo de Jacques Ibert (1890-1962) y politonalidad, mientras que en el Presto final, el piccolo actúa como hilo conductor frente a los numerosos insert de consabidas melodías -Sinfonía n ° 40 de Mozart, Escena en la plaza entre Capuletos y Montescos de ROMEO Y JULIETA de Sergei Prokofiev y fragmentos de la Sinfonía n ° 9 de Shostakovich-, pero conservando su independencia. La labor desempeñada por Pablo Boggiano al frente de la Filarmónica fue sublime, donde hubo una perfecta marcación y entrada de los diferentes grupos de instrumentos -muy buena labor de Alina Traine en arpa, Mariano Rey en clarinete, Juan Ringer en timbales y bombo y Federico Del Castillo al resto de la percusión, al igual que el solista de piano y celesta-, transmitiendo ímpetu y energía. Horacio Massone se reveló como un auténtico virtuoso de su instrumento y fue ovacionado por el público. No son muchos ni muy frecuentes los conciertos para flauta piccolo y se logró una soberbia interpretación.

La Sinfonía n ° 5 de Schubert es quizás la que mejor refleja la esencia y el espíritu vienés. Si bien fue completada en 1816, hubo que esperar hasta 1841 (es decir, 13 años después de la muerte del compositor) para su estreno en la capital del entonces Imperio Austro- húngaro. Representa una de las obras maestras más conocidas del compositor y si bien posee un estilo mozartiano, su sencillez, frescura, optimismo e inspiración melódica la hacen netamente schubertiana. Está escrita en forma de sonata y requiere de una orquesta reducida, donde faltan clarinetes, trompetas y timbales. Consta de 4 movimientos: Allegro en Si bemol mayor (2/2), Andante con moto en Mi bemol mayor (6/8), Menuetto- Allegro molto en Sol menor y ¾, con un trío en Sol mayor y Allegro vivace en Si bemol mayor (2/4). La versión no pudo haber sonado más vienesa: luminosa, exquisita y por sobre todas las cosas, sutil. No sólo Pablo Boggiano la dirigió de memoria, sino que además le imprimió su sello e imprompta netamente vieneses. No hay que olvidar que el director reside desde hace muchos años en la capital austríaca, donde se desempeña como Director titular de la Tonnkünstler Orchestra y de la Wiener Tonnkunstverein; por ende, la dirigió como si estuviera allá, fiel a su estilo. Y se retiró ovacionado.

Esta vez no se repartieron programas de mano, pero tampoco se anunciaron las obras. Por lo tanto, muchos espectadores -entre los cuales, una se incluye- se vieron molestos por los consabidos aplausos entre movimientos por parte del público. Hubiera sido preferible anunciar las obras y pedir a la numerosa audiencia que no lo hiciera explicando los motivos. Esto es algo que se viene repitiendo frecuentemente en numerosas salas de conciertos del país; quizás, por desconocimiento del público no habitué a las mismas. Si se explica que el aplauso entre movimientos desconcentra a los intérpretes, se entendería mejor. Esa sana -y sabia- costumbre impuesta por Gustav Mahler cuando era director de la Ópera de Viena perdura hasta la actualidad y no hay por qué cambiarla.

Al igual que en otras épocas, también hubiera sido deseable que un concierto de tamaña calidad y jerarquía interpretativa se hubiera dado en la sala del Colón y luego, repetirlo en el Auditorium de Belgrano. El Colón es el ámbito natural de la Filarmónica y acorde a su Estatuto y a la denominada Ley de Autarquía, deber ser utilizado para dicho fin, al igual que para promocionar la constelación de directores argentinos que están triunfando en Europa. No para espectáculos populares de dudoso financiamiento.