jueves, 27 de noviembre de 2025

 regreso de un director de autorizada cátedra…


                                                                                          Por Jaime Torres Gómez

La temporada de abono de la Sinfónica Nacional en su nueva sede de la Gran

Sala Sinfónica Nacional continúa con resultados de jerarquía, acompañada de una

exitosa demanda de público más un celebrado ecléctico criterio curatorial, como una

convocatoria de excelentes directores invitados.

Cabe señalar las importantes contribuciones en esta temporada de directores como

las del español Josep Caballé-Domenech, el inglés Andrew Gourlay, la

polaca Barbara Dragan, el brasileño Tobías Volkmann, el israelita David

Greilsammer y el norteamericano Ira Levin, como los destacados maestros

chilenos Maximiano Valdés, Rodolfo Fischer, Luis Toro Araya y Helmuth Reichel,

quienes, en la actual coyuntura de búsqueda de un nuevo maestro titular, podrían

ser potenciales candidatos, considerando sus amplios períodos de trabajo con la

orquesta (en promedio, dos semanas).

En este contexto, luego de 13 inexplicables años de ausencia, llega el reconocido

maestro finlandés Ari Rasilainen, una de las batutas internacionales más

destacadas de su generación, lamentándose haya sido convocado sólo para un

programa… considerando los pergaminos de este director y la excelencia de sus

resultados.

Respondiendo al perfil programático normal de la decana orquestal del país, se

contempló una obra chilena, en este caso, al inicio, con el Divertimento para

Orquesta del compositor nacional Gustavo Becerra-Schmidt, figura fundamental

de la composición en Chile y Latinoamérica.

Adscribiendo a los 100 años del nacimiento de Becerra-Schmidt,

la Sinfónica programó previamente -en el marco del Festival de Música

Contemporánea de la Universidad de Chile- el estreno latinoamericano de su

notable Concierto para Arpa (junto a la destacada arpista nacional Sofía Asunción

Claro, a quien le fue dedicado), asimismo, para este programa, una pieza de

transición estética como el Divertimento, largamente ausente.

Compuesto en la década de los 50, se trata de una pieza de amable carácter y

buen oficio de orquestación, con una atractiva exploración de una amplia gama de

recursos tímbricos, colorísticos y rítmicos, amén de una ecléctica escritura que

funde, con entera pericia, lo melódico con atractivos giro disonantes. Con cabal

compresión de la obra, Rasilainen exploto al máximo el carácter de la misma,

obteniendo lo mejor de los sinfónicos en ensamble y calidad de sonido.    

Con un inteligente criterio contrastante, llegó la siempre bienvenida Sinfonía

Concertante para Violín y Viola KV 364 de W. A. Mozart, muy ausente en la

Sinfónica, aunque no mayormente en otras agrupaciones del país. Escrita a los 23

años, es considerada una obra clave del genio de Salzburgo, constituyendo un

punto de inflexión que compendia mucho de lo producido hasta ese momento, y,

sin duda, fundamental para el desarrollo posterior de lo que sería un doble

concierto propiamente tal, siendo, a la sazón, un híbrido entre una sinfonía y un

concierto, pero con una batería de combinaciones estructurales y expresivas

revolucionarias para la época. Cabe señalar que esta obra cuenta con un

interesante arreglo para cello sustituyendo a la viola, brindándole, quizás, mayores


posibilidades expresivas y mejor balance con el violín ante cierta ingratitud en la

proyección sonora de la viola, aunque sin fagocitar la belleza tímbrica de esta

última…

Buen cometido de los solistas convocados, en esta oportunidad Alberto Dourthé,

concertino de la Sinfónica, y la violista invitada Georgina Rossi, ambos con

destacadas trayectorias como solistas y docentes. Bien afiatados, sendos solistas

tuvieron un irreprochable cometido de ejecución, con debido equilibrio sonoro,

certeros acentos y contrastes, más logradas progresiones expresivas, aunque, en

momentos, con cierta lejanía estilística por parte de la violista. Gran colaboración

de la batuta invitada, proveyendo un equilibrado marco sonoro para el buen

lucimiento solístico.

Como broche de oro, una impactante versión de la Sexta Sinfonía “Patética” de

P.I. Tchaikovky, sin duda el testamento musical del gran compositor ruso. Así

apodada por Modesto, hermano de Tchaikovsky, y considerándola el mismo

compositor como su mejor y más sincero trabajo (“la piedra angular de toda mi

obra…”), sin duda se trata de un auto da fe que resume un universo de vivencias

signado de momentos felices hasta la más desgarrada desolación.

Con irredargüible idiomatismo, la versión del maestro finlandés hilvanó un discurso

con celebrado sentido de contexto, donde cada célula temática tuvo pleno correlato

con el todo. Exacta construcción de atmósferas, no rayando en cicatera expresividad

ni en destemplados desgarros, optando por una narrativa de trazos compasivos al

dolor plasmado por el compositor en esta obra, la última poco antes de morir…

 Grandes logros en fraseos, dinámicas, transparencias y empáticos tempi,

obteniendo una respuesta de gran nivel de la decana orquesta nacional.

Y sorpresivamente, fuera de programa luego de una triunfal Patética, con excelente

criterio musical el maestro Rasilainen ofreció una profunda versión del Valse Triste,

de su compatriota Jean Sibelius, obra de honda melancolía servida al más alto nivel

imaginable por una orquesta nacional, constituyendo un momento mágico de la

actual temporada de la Sinfónica.

En suma, el regreso de un director de fuste en un programa que hizo gala de la

mejor tradición de la Sinfónica Nacional de Chile…

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