lunes, 8 de julio de 2019

Un final brillante en la última representación de “TURANDOT” en el Colón

LOS ÚLTIMOS SERÁN LOS PRIMEROS
Martha CORA ELISEHT

            Tras haber ofrecido 9 representaciones de la obra póstuma de Giacomo Puccini con diferentes elencos, el pasado domingo 7 del corriente se ofreció la última representación de “TURANDOT” en el Teatro Colón, con el siguiente reparto: Nina Warren (Turandot), Arnold Rawls (Calaf), Jaquelina Livieri (Liú), Lucas Debevec Mayer (Timur), Gabriel Renaud (Emperador Altoun), Juan Font (Mandarín), Sebastián Angulegui (Ping), Iván Maier (Pang), Sergio Spina (Pong), Gabriel Centeno (El Príncipe de Persia), Analía Sánchez y Cintia Velázquez (Dos doncellas). La dirección musical estuvo a cargo de Christian  Badea- quien ya dirigió a la Orquesta Estable en varias oportunidades- y con reposición de la puesta en escena de Roberto Oswald (1933-2013) llevada a cabo por Cristian Prego y Matías Cambiasso, bajo la dirección escénica y vestuario de Aníbal Lápiz e iluminación de Rubén Conde.
            Sin lugar a dudas, la reposición de la magnífica puesta en escena anteriormente mencionada fue el marco perfecto para el desarrollo de la obra póstuma de Puccini en la China imperial, acorde al cuento de Carlo Gozzi sobre el cual se basa el compositor de Lucca para componer su ópera, con libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni. Desgraciadamente, Puccini muere antes de concluirla en 1924, motivo por el cual Franco Alfano termina la orquestación y el final sobre temas propios del compositor. La perfecta iluminación de Rubén Conde y el imponente vestuario de Aníbal Lápiz completan una combinación magistral de lujo y buen gusto. Inclusive, se tiene en cuenta el significado de los colores en la tradición china: Turandot es fría y déspota y gobierna en un reino donde cunde la muerte- representada por el blanco, color de luto- , mientras que en el último acto, al caer rendida por el beso de Calaf, se le coloca un manto rojo –símbolo de alegría y fiesta-. Por eso, el Príncipe de Persia aparece vestido de blanco ante su inminente muerte, mientras que el dorado es símbolo de vida y justicia impartidas por el Emperador Altoun. Un efecto muy bien desarrollado, con un sinnúmero de figurantes en escena ayudaron a completar una puesta en escena digna de los mejores teatros de ópera del mundo. En este aspecto, cabe recordar que el Colón no es una excepción a la regla.
            En cuanto al desempeño de la orquesta y el coro, tanto el Coro Estable como el Coro de Niños del Colón –dirigidos por Miguel ángel Martínez y César Bustamante, respectivamente- tuvieron una excelente preparación y brindaron una perfecta composición sonora, actuando como si fueran un protagonista más –acorde a la concepción pucciniana-. Christian Badea demostró sus dotes de director de ópera brindando una versión correcta, con un sello personal un tanto sui géneris, pero que no por eso dejó de ser brillante. Respetó los momentos de mayor dramatismo en las arias principales y brindó el clima de misterio en el preludio del 3° Acto de la obra- previo al célebre Nessun Dorma- . También supo marcar perfectamente las entradas de los personajes principales y la diabólica escena del verdugo Pu Tin Pao (Gira la cota, gira, gira!) en el 1° Acto. Y ofreció un final a toda orquesta en la escena de la boda de Turandot y Calaf. Personalmente, una cree que se reivindicó luego de haber obtenido críticas iniciales un tanto adversas.  
            Acorde al título de esta nota, los roles principales a cargo del segundo elenco también supieron hacer justicia a la música de Puccini –al igual que la versión ofrecida por el elenco nacional que, desgraciadamente, una no pudo apreciar- y su correspondiente reivindicación con respecto del primer elenco. Nina Warren fue una Turandot espléndida, con muy buenos matices e inflexiones de la voz en las arias principales (In questa reggia y en el Aria de los Enigmas del 2° Acto, al igual que en el dúo del 3° Acto). Posee una coloratura y una tesitura dramática soberbia, al igual que sus excelentes dotes histriónicas, que se conjugaron para brindar una magnífica interpretación del personaje. El tenor Arnold Rawls posee una voz muy bella, con buenos matices y color tonal –por momentos, imitando el estilo de Pavarotti, tal como Rolando Villazón a Plácido Domingo-. Si bien el caudal de voz sonó muy justo en el 1° Acto, su fraseo y su línea de canto fueron impecables. Su personaje fue creciendo vocalmente en intensidad a medida que avanzaba la obra –un  tanto justo en “Non piangere, Liú!”  y perfecto en las respuestas del Aria de los Enigmas, para llegar a la apoteosis en el Nessun Dorma (donde el público comenzó a aplaudir y vitorear antes de la culminación del aria)- y en el último cuadro (“Principessa de morte” ) logró su consagración total. Jaquelina Livieri brindó una muy digna interpretación de Liú, que descolló por el aspecto emocional –a más de un oyente se le cayeron las lágrimas en el “Signore, ascolta!” y en “Tu, che de gel sei cinta”- . Y en la escena de la tortura, en vez de gritar –también acorde a la concepción puccianiana- dio un grito ahogado junto a la expresión de dolor en su rostro. Actoralmente y vocalmente perfecta, también recibió la ovación del público ni bien terminadas sus arias. Pero el plato fuerte de la función fue Lucas Debevec Mayer, quien brindó un Timur de antología: vocalmente perfecto, con una voz de caudal y potencia  arrolladoras y perfectas dotes histriónicas para interpretar a un viejo emperador ciego y destronado. También fue soberbio el trío de máscaras compuesto por Sebastián Angulegui, Iván Maier y Sergio Spina, donde actuaron en conjunto como si fueran una sola voz, pese a que cada uno tiene sus matices y, en el caso particular de Ping, la única aria que canta este personaje (“Ho una casa nell’ Honan”). Se destacaron por la simpatía con la cual encararon a sus respectivos personajes y el buen nivel de canto. Juan Font cantó muy bien su parte como el Mandarín –maravillosamente caracterizado- y Gabriel Centeno  hizo su aparición en escena como el Príncipe de Persia –que no canta- con solemnidad, enfrentándose a su muerte. Y Gabriel Renaud ofreció un  correcto Altoun.
            La última representación ha sido una función brillante para cerrar esta nueva versión del clásico póstumo de Puccini, que estuvo ausente de las Temporadas del Colón durante 13 años y que debe ser interpretada por excelentes cantantes. Y acorde al título de la nota, los últimos elencos fueron los primeros en excelencia vocal  para recrear con su bello canto lírico todo el lujo y el esplendor de la China Imperial

Otra excelente  interpretación de Manuel Hernández Silva al frente de la Filarmónica

OTRO FINAL BRILLANTE
Martha CORA ELISEHT

            El pasado jueves 4 del corriente se llevó a cabo el 8° concierto del Ciclo de Abono de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires en el Teatro Colón, bajo la dirección del venezolano Manuel Hernández Silva –quien a último momento debió reemplazar a Lionel Bringuier-, con la participación de la mezzosoprano irlandesa Tara Erraught como solista.
            El programa comprendió las siguientes obras: Ma Mère l’oye (Mi madre la Oca) de Marice Ravel (1875-1937), Les Niuts d’été (Las noches de verano) de Héctor Berlioz (1803-1869) y la Sinfonía n° 2 en Do mayor, Op. 61 de Robert Schumann (1810-1856).
            La obra de Maurice Ravel consiste en una suite orquestal formada por una serie de números tomados de cuentos de hadas (Pavanne de la Bélle du bois dormant(Pavana de la Bella Durmiente del Bosque), Petit Poucet (Pulgarcito), Laideronnette, impératrice des pagodes (La niña fea, Emperatriz de las pagodas), Les éntretiens de la Bélle et la bête ((los diálogos de la Bella y la Bestia) y Le Jardin Féerique (El Jardín de las Hadas). Fue compuesta originalmente para piano a cuatro manos en 1908 para los hijos del compositor Jean Godebski (Mimí y Jean), íntimo amigo de Ravel. Posteriormente, hizo una versión orquestal en 1910 –que es la que se conoce actualmente y la ofrecida en la presente versión- y un ballet con el mismo motivo, en 1912. Los exquisitos temas compuestos por Ravel remontan al mundo mágico de los cuentos de hadas mediante los recursos de escalas diatónicas -.características del impresionismo francés- y cromatismo. En el caso particular de Laideronnette, se utilizan escalas pentatónicas para simular las melodías orientales a cargo del xilofón, las maderas y la celesta. Muy buena actuación de Ana Rosa Rodríguez en flautín y de las maderas en general, destacándose el oboe –a cargo de Néstor Garrote- y el corno inglés –a cargo de Michelle Wong-. También tuvieron una destacada actuación los solistas Mariano Rey (clarinete) y Daniel La Rocca (contrafagot) en el vals de los Diálogos entre la Bella y la Bestia. Manuel Hernández Silva supo imprimir un equilibrio sonoro perfecto y una versión exquisita de las miniaturas ravelianas.
            En homenaje a los festejos por el  sesquicentenario del fallecimiento de Héctor Berlioz, la Filarmónica incluyó Les Nuits d’Été, ciclo de canciones para mezzosoprano y piano compuestas entre 1840 y 1843, sobre poemas de Théofile Gauthier. Posteriormente –con excepción de Absénce- Berlioz realiza la orquestación de la presente versión en 1843, mientras que la mencionada pieza se incorpora en 1856. El ciclo comienza con la alegría que representa la llegada de la primavera (Villaneile) y prosigue con “Le Spectre de la rose” (El espectro de la rosa), que narra la historia de un ramillete de rosas marchito que alguna vez lució sobre el pecho de una jovencita en su primer baile. Representa el corazón  del ciclo y está escrito en una melodía suntuosa, que termina en un recitativo. Prosigue con el motivo del desamor en “Sur les lagunes” y el poeta ruega el retorno de su amada en “Absence” (Ausencia), en una plegaria que refleja la frustración del amante. Continúa con una visión sobrenatural en “Au cimitière” (En el Cementerio), donde Berlioz imprime un tono misterioso a la melodía –que el cantante debe interpretar de dicha forma, pero también, de manera íntima-.Finalmente, “L’Île inconnue” (La isla desconocida) representa el lugar donde el amor durará eternamente. Si bien la orquesta brindó una muy buena interpretación desde el punto de vista musical, no puede decirse lo mismo de la solista Tara Ennaught, quien comenzó muy floja la primera de las canciones y que a medida que la obra se iba desarrollando, tuvo un mejor desempeño, pero tampoco es una voz sobresaliente (que, precisamente, es lo que se necesita para interpretar este tipo de obras). Entre los músicos de la orquesta, se destacaron las cuerdas con sordina –para brindar el efecto del claro de luna-, con un notable contrapunto de flauta y clarinete –Gabriel de Simone y Mariano Rey, respectivamente-.
            De todas las sinfonías del gran compositor alemán, la Segunda Sinfonía en Do mayor es, quizás, la menos conocida y la menos interpretada en los programas de conciertos. Fue compuesta en 1845, luego de un período difícil en la vida del compositor, como consecuencia de un colapso mental por su patología de base (esquizofrenia). Sin embargo, posee una gran belleza armónica y un sinnúmero de contrastes: sombras al inicio del 1° movimiento (Sostenuto assai- Un poco piú vivace- Allegro ma non troppo) a cargo de las cuerdas y los metales,  que se transforman en luz mediante una  melodía basada en cánones de Johann Bach en el 2° movimiento (Scherzo- Trio I, Trio  II y coda: Alegro vivace)- , donde el violín, la viola y las maderas interpretan un trío, y luego, los segundos violines, los cellos y las maderas replican el otro, en las siguiente tonalidad: Si- La- Do- Fa sostenido (B-A-C-H, en nomenclatura sajona, formando un acróstico con las notas que forman el apellido del compositor).  Este estilo de composición se traduce en una melodía luminosa, romántica, pero que a su vez, se diferencia de otros compositores del mismo período (Beethoven, Weber), donde Schumann pone su sello personal. El 3° movimiento (Adagio espressivo) es nada más ni nada menos que una transfiguración hacia el final (Allegro molto vivace), donde la Filarmónica ofreció una versión más académica que la escuchada recientemente por la Irish Chamber Orchestra dirigida por Jörg Widmann, que sonó más marcial y solemne –la de Widmann fue más romántica-. No obstante, Manuel Hernández Silva se destacó por brindar una versión muy compacta y sólida (sin dejar de ser romántica), donde marcó muy bien las entradas de los diferentes instrumentos y contagió su temperamento a los músicos. El contrapunto entre el oboe y el fagot en el Adagio del 3° movimiento fue magnífico  –a cargo de Néstor Garrote y Gertrud Stauber, respectivamente- y hubo una muy buena marcación de tempi en el Scuerzando y sostenuto del 2° movimiento. El final fue monumental, con un excelente equilibrio sonoro.
            Una vez más, quien escribe no puede dejar de manifestar su opinión al respecto: ¿no sería lógico convocar a una cantante nacional de categoría para interpretar la obra de Berlioz, en vez de una mediocre cantante internacional?... Hay gente en el país de la talla de Alejandra Malvino o Florencia Machado –sin ir más lejos- que son especialistas en este tipo de repertorio y que lo hubieran interpretado a la perfección. Y que -al igual que Hernández Silva, reemplazando a una batuta de los quilates de Lionel Bringuier- hubieran ofrecido otro final brillante. 

miércoles, 3 de julio de 2019


PURO TALENTO MAS ALLA DEL PERCANCE

“Nuova Harmonia 2019”: Proyección del Documental “Beethoven: Ultimas Sonatas” de Mariano Nante, protagonizado por el Pianista Alexandre Tharaud, y en la segunda parte, recital de este último con obras de Beethoven y Ravel.  Teatro Coliseo, 02 de Julio de 2019.

NUESTRA OPINION. MUY BUENO.

Un enfoque muy personal de la música de Beethoven por parte del realizador cinematográfico Mariano Nante,  sumado a su admiración por el pianista Francés Alexandre Tharaud, obró como disparador para la realización del documental: “Beethoven ülimas Sonatas” en las que este increíble intérprete galo aborda la penúltima (Nº 31) que lleva el Op. 110 y la última que lleva el Nº 111. En sus notas al programa de mano el cineasta Argentino expresa que su visión de la música de Beethoven de esas dos obras es una retrospección de la vida por parte de este y una proyección al futuro a partir de la música. La locación elegida es la de una imponente residencia en el campo, virtualmente derruída. Paredes descascaradas, cielorrasos caídos, bibliotecas con libros abandonados, paredes derrumbadas, aberturas arrancadas, goteras, hojas escritas arrojadas a los charcos en el piso. Un piano en donde los escombros lo han “empolvado” en todo su contorno  desdeel que Tharaud  desarrolla su visión Beethoveniana. Una mirada melancólica y verdaderamente introspectiva aborda la Op. 110. Un contraste más enérgico queda establecido para la Op. 111. Llaman la atención 2 cosas, la primera la constante presencia de la partitura en el atril (la que se repetirá durante el concierto en vivo) y (en el caso de la Op. 111) el enfoque rítmico en la parte central en donde llegamos a pasajes que sonaban  “Jazzisticos”, tal el juego que el interprete permite hacerse. Es evidente que la presencia de la partitura le permite buscar innovar sobre la marcha misma de la interpretación. El juego de tensiones, manejo de las pausas y, sobre todo, de los silencios que Tharaud lleva a cabo solo puede plasmarse de esa forma. Su entrega es apabullante. La cámara va desde el enfoque del pianista al recorrido de los ambientes descriptos acorde a cada pasaje musical con magnífica fotografía. Lamentablemente un serio percance ocurrió durante la proyección misma y fue un desfasaje entre imagen (adelantada) respecto al sonido que opacó la presentación. Afortunadamente lel recital posterior en vivo del interprete  nos llevó a momentos de absoluta excelencia, ratificando en la antepenúltima sonata (Op. 109) todas las cualidades que se pudieron observar durante la accidentada proyección, sumadas aquí, sin procesos de sonido, a una mayor calidad en las sutilezas, uso justo del pedal y riqueza de sonido, resaltadas luego durante la espectacular interpretación de la “Sonatina” de Maurice Ravel, plena de detalles, sutilezas, contrastes y climas y un remate de excepción con su propia transcripción de “La Valse” en donde Tharaud fue una Orquesta en si mismo. Un bellísimo vals de Chopin, sumado a una visión muy particular por lo ágil de una sonata de Scarlatti (la que levantó polvaredas entre la concurrencia), marcaron el final de una noche en donde el genio de Tharaud hizo minimizar el percance.

Donato Decina


Original combinación de cine y recital de piano en Nuova Harmonía

CON ACENTO Y ESTILO FRANCÉS MÁS TALENTO ARGENTINO
Martha CORA ELISEHT

            El pasado martes 2 de Julio hubo una innovación dentro del Ciclo de Abono de Nuova Harmonía en el Teatro Coliseo: el estreno del film Beethoven: Last Sonatas, con la participación del pianista francés Alexandre Tharaud y la dirección del argentino Mariano Nante para continuar con un recital de piano a cargo del mencionado músico galo.
            Alexandre Tharaud es uno de los mejores pianistas de la actualidad, con un repertorio que abarca tanto música de cámara- en colaboración permanente con el cellista Jean- Guihen Queyras- como repertorio sinfónico clásico y contemporáneo. Ha visitado la Argentina en más de una ocasión y, precisamente durante su visita al país en 2007 ofreció un magnífico recital compuesto por obras de Maurice Ravel (1875-1937). Allí tomó contacto con el director de cine argentino Mariano Nante, quien asistió a dicho concierto en calidad de espectador. En 2018, el productor y director de cine francés Pïerre- Martin Juban citó a este joven realizador vernáculo para filmar una película con Alexandre Tharaud, a propósito de su nuevo disco con la interpretación de las dos últimas Sonatas para piano de Ludwig Van Beethoven (1770-1827). Así nació el film que se proyectó durante el recital del consabido pianista, en calidad de estreno.  
            No es la primera  vez que Mariano Nante ofrece un film donde el piano es el protagonista. Su ópera prima –La Calle de los Pianistas- se estrenó en el Teatro Colón en 2015 en el marco del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI) durante la función de clausura del mismo. Y se convirtió en un éxito rotundo en la Argentina y el mundo, donde ganó- entre otros premios-  el Cóndor de la Asociación de Críticos Cinematográficos y el Premio Sur de la Academia Nacional de Cine al mejor documental del año. A partir de dicho film, el teatro Coliseo lo sumó para proyectos en común donde se ofrece la asociación cine/ piano, tal como el Concierto para piano e Imágenes ofrecido durante el Ciclo de Nuova Harmonía en 2018, con la participación de Karin Lechner y Natasha Binder, con puesta en escena de Leonardo Kreimer. Por lo tanto, se aprovechó el recital de Alexandre Tharaud como marco para el estreno de su nueva película, que cuenta con la producción del mencionado Pierre- Martin Juban, la dirección de fotografía del prestigioso cineasta griego Yorgos Arvanitis, la dirección artística de Aurora Vullierme y montaje de Andrés Pepe Estrada.
            La película se desarrolla en dos castillos diferentes: Crèvecoeur en Brie y Bois du Rocher, donde la cámara muestra al pianista avanzando hacia una de las habitaciones principales, que cuenta con un magnífico Steinway –con un teclado lustroso y una pátina de suciedad sobre su caja, dando la sensación que hacía mucho tiempo que nadie lo tocaba- como único mobiliario. Ambos han ostentado un lujoso pasado  por la riqueza de sus frescos – deslucidos y desvencejados- y por la ornamentación típica de la Belle Époque: una chimenea francesa (arrancada de su sitio), ventanales amplios y cortinados largos. El piano se ubica en tres ambientes diferentes, mientras el movimiento de la cámara conduce a las diferentes habitaciones donde se desarrolla el concierto mediante una sucesión de planos: los generales y los primerísimos primeros planos, que muestran las manos del pianista y los gestos del mismo. No es casual que se hayan elegido para la realización del film, ya que representan el correlato visual del Beethoven tardío. Se interpretan las Sonatas n° 31, Op. 110 y n° 32, Op. 111, donde Tharaud demuestra su pasión, su ductilidad y su magistral interpretación del trino que forma parte de la arietta final que cierra no sólo la mencionada Sonata, sino además, todo un ciclo. Al término del film, tanto Mariano Nante como Alexandre Tharaud salieron a saludar al público, Lamentablemente, hubo un desacople entre imagen y sonido en un determinado momento del film debido a un problema técnico, que causó un delay. Eso no impidió disfrutar de una fotografía estupenda y de un producto de altísima calidad visual.
            Luego del intervalo, comenzó el recital de piano propiamente dicho con la Sonata para piano n° 30, Op. 109 de Beethoven, que abre con dos temas contrastantes (Vivace ma non troppo y Adagio espresivo) para desembocar luego en un Prestissimo, donde se destacan elementos de técnica pianística característicos del crescendo beethoveniano. Su último movimiento (Gesangvalt mit innigster Empfindung- Cantando con el sentimiento más profundo) es una maravillosa combinación de cadencias típicas del genio de Bonn. La interpretación  de Tharaud fue muy buena, destacándose por su excelente manejo de los tempi, los silencios y su particular temperamento. A continuación, interpretó la Sonatina de Ravel, caracterizada por los típicos acordes del gran maestro del impresionismo francés: cromatismo y escalas diatónicas, que brindan los matices característicos de sus obras durante los tres movimientos en que se desarrolla la misma (Moderado/ Movimiento de Minué/ Animado). No hay que olvidar que Tharaud tiene grabada la obra integral para piano de Ravel y es un especialista en la materia hasta tal punto, que ofreció como obra final una transcripción para piano de La Valse hecha por él mismo, que fue ejecutada de manera sublime, con un perfecto manejo de tempi y acorde a las especificaciones de la partitura. El público estalló en aplausos hacia el final del concierto.
            Luego del recital, ofreció dos bises: un Vals de Chopin y una Sonata de Scarlatti en tono menor, donde hizo alarde de su técnica y pulsación. Fue una noche para todos los gustos, donde la música y el cine se unieron en una amalgama de imagen y sonido, para plasmar el siguiente mensaje: cuando todo parece estar perdido y en ruinas, la belleza de la música es capaz de superar todos los obstáculos y emerger de la destrucción, brindando al espíritu humano la fuerza necesaria para resistir ante tanto mal.




RENOVADOR Y EXCEPCIONAL

Mozarteum Argentino, Temporada 2019. Recital del Pianista Alessio Bax. Programa: Obras de Marcello/Bach, Rachmaninoff, Dallapiccola y Liszt. Teatro Colón, 01 de Julio de 2019.

NUESTRA OPINION: MUY BUENO.

  Una vez más debemos decir del acierto del Mozarteum en volver a convocar a un extraordinario interprete del piano. Alessio Bax ratificó su excelencia en un recital que será recordado por la renovación del repertorio y por el despliegue interpretativo de este notable del teclado.

  El recital obró como disparador para presentar entre Ntros. las obras que integran su último trabajo discográfico, en donde plasma un enfoque interesantísimo que va desde Alessandro Marcello a Luigi Dallapiccola, pasando por Liszt y Rachmaninoff. Justamente para la apertura Bax propuso la transcripción que Johann Sebastian Bach realizó para Teclado del Concierto para Oboe en Re menor S.D. 935 y que para el Catálogo BWV lleva el número 974 . Si bien Bach concibió este trabajo para el clave, en el que mantiene una respetuosa visión de Marcello, hay (lógicamente) detalles en donde se ve de manera inconfundible la mano del “Kantor” de Leipzig  y Bax supo desandar con suma corrección ese camino. Impecable digitación , muy buena técnica y absoluta limpieza de sonido.

 El centro de la primera parte nos mostró al interprete Italiano abordando las “Variaciones sobre un tema de Corelli”, del Op. 42 de Serguei Rachmaninoff. Una vez más un compositor del Barroco en arreglo de otro, (en este caso) un puntal del Post-Romanticismo. Y es de ese modo (tal como fue escrita) la forma en que Bax llevó adelante su interpretación, alcanzando picos de intensidad emotiva, manejo sutil del “piannissimi” , seguridad plena en la digitación y estupenda concepción de cada variación. Un cerrada ovación en tributo suyo por parte del público coronó este momento.

  “Quaderno musicale di Annalibera” de Luigi Dallapiccola, fue la obra elegida para iniciar la segunda parte. Obra de 1952 dedicada a su hija por entonces de ocho años, es una referencia directa a los Cuadernos que Bach compuso para su segunda esposa Anna Magdalena. Dallapiccola se permite iniciarlas con el anagrama de notas que conforma cada letra del apellido del gran genio Alemán. Cada detalle puesto en la partitura por este gran creador Italiano de la segunda mitad de siglo XX fue resaltado en gran forma por Bax. Así, las rítmicas, los contrapuntos, las delicadas filigranas, desde las mayores sonoridades hasta los silencios, todo fue desarrollado de manera admirable  por el artista, quien realizó una interpretación que será recordada por mucho tiempo.

  El cierre nos trajo al escenario a Franz Liszt con dos complejos fragmentos: St.François d’Assise: La pedicatin aux Oisseau (“San Francísco de Asis: La Predica a los Pájaros”) señalada con el S.175/1 de su catálogo , la que integra “Leyendas”. Obra de sus años de reclusión en un convento de la orden Franciscana de Roma, es una obra introspectiva, casi una meditación. Aquí Bax hizo gala de sutileza, transparencia de sonido y firmeza en los momentos más enérgicos. Casi una contrapartida fue la inclusión de “Apres una lecture de Dante” (Después de una Lectura del Dante) del S.161 del catálogo, Integrante del ciclo “Años de Peregrinaje” en donde la fuente de inspiración de este genio es elpoema de Victor Hugo de 1836, que narra el descenso del Dante a los infiernos y la historia de Francesca da Rimini y Paolo Malatesta. Y este fragmento marcó el punto más alto de la noche. Hubo un despliegue soberbio de talento, energía, pureza de sonido y magnífica técnica. Broche de oro perfecto al que debió agregar bises, del que resalto la versión de un casi seguro arreglo de la Danza Húngara Nº 5 de Brahms , para que ahí si la noche fuera perfecta.

   
Donato Decina


Sutileza y refinamiento en el recital de Alessio Bax en el Colón

CADA DÍA ME GUSTA...¡BAX!
Martha CORA ELISEHT

            Alessio Bax es un pianista con mayúsculas. Ha visitado la Argentina y ha actuado en el Colón en varias oportunidades –muy recordada su interpretación del Concierto para dos pianos de Francis Poulenc junto a su esposa (Lucille Cheung) dentro del Ciclo de Abono de la Filarmónica- y una vez más se presentó el pasado lunes 1° de julio sobre el mismo escenario, dentro del Ciclo de Abono del Mozarteum Argentino, donde ofreció un programa que se destacó por su originalidad y por brindar una interpretación sutil y refinada de todas las obras que integraron el mismo.
            El programa abrió con una transcripción para piano de Johann Sebastian Bach (BWV 974) del Concierto para oboe, cuerdas y continuo en Re menor S D 935 del compositor veneciano Alessandro Marcello (1673- 1747), obra bellísima del barroco italiano. Sus tres movimientos (Andante spiccato/Adagio/ Allegro) fueron interpretados con una maestría, una ductilidad y una sutileza exquisita por parte del solista. Por otra parte, Bax posee una pulsación y una digitación prodigiosas, lo que lo convierte en un digno exponente de la escuela italiana. Acto seguido, el intérprete ofreció las Variaciones sobre un tema de Corelli, Op.42 de Sergei Rachmaninov (1873-1943). Fue compuesta en 1931 durante el exilio del compositor en Suiza y representa su última obra para piano solo. En esta oportunidad, Rachmaninov empleó un patrón característico de los músicos del siglo XVII y primera mitad del XVIII: la Folia, que se utilizaba para escribir y componer variaciones dentro del ámbito de instrumentos de cuerda punteada. Su nombre se debe a una danza festiva portuguesa del siglo XV, que se volvió muy popular entre los músicos de dicha época –especialmente, Lully, Vivaldi y el mencionado Corelli-. Rachmaninov inaugura las 20  variaciones  con un Andante en tono menor, sobre el cual se desarrolla la obra, dividida  en 4 secciones: la primera –en forma de sonata-  comprende 13 variaciones, donde se pueden apreciar un Allegro y un Scherzo. Luego de la cadencia sigue el Intermezzo y, sin solución de continuidad comienza la segunda parte y la variación n° 14, que retoma el tema de la Folia para situar al oyente en la tercera parte de la obra (Adagio). A partir de la  variación n° 16 hasta el final aparece un contraste drástico,  equivalente al  movimiento final de una obra, caracterizado por su imponente vértigo. Hacia  el final, regresa el tema de la Folia (Andante). La  versión ofrecida por Bax fue excelente, haciendo gala de su estupendas  pulsación y digitación. No obstante, hubo un cierto abuso en el uso del pedal en los fortissimi quea juicio de quien escribe- fue lo único que se pudo objetar. El resto, impecable.
            Para la segunda parte del recital, Bax empezó con  una obra de Luigi Dallapiccola (1904-1975), denominada  Quaderno musicale di Annalibera, que –casualmente- fue la  única que tocó con partitura. Se trata de una serie de miniaturas inspirada en los Cuadernos de Anna Magdalena Bach, donde el compositor oriundo de Istria emplea una estructura dodecafónica para rendir homenaje a Bach. Y lo denomina así también en homenaje a su hija, nacida antes del fin de la Segunda Guerra Mundial. Durante una gira en Estados Unidos en 1952, Dallapiccola comienza a componer 11 piezas con una sucesión de notas (Si- La- Do- Si bemol), que en la nomenclatura sajona- germánica, equivale a B-A-C-H; es decir, al gran músico y mentor. Estas miniaturas poseen gran fuerza rítmica y expresiva, pero a su vez, deben interpretarse de manera sutil y delicada. El refinamiento de la presente versión fue magistral, ya que Bax puso gran fuerza interpretativa, pero a la vez, la ejecutó con una precisión absoluta, sin olvidar la delicadeza y de manera sumamente sutil. Hubo una muy buena marcación en los triple forti y una sutileza absoluta en los pianissimi. Al final de la misma, el público estalló en aplausos. Y finalizó su recital con dos obras de Franz Liszt (1811-1886): Saint Francois d’Assise: La prédication  aux oiseaux, S. 175/1 y Après une lecture de Dante : Fantasia quasi sonata, S.161. La primera de estas dos piezas alude a San Francisco de Asís y su predicación a los pájaros (tal cual su traducción del francés al castellano), iniciándose con un glissando que emula el canto de las aves en los matices más agudos del piano. Posteriormente, un recitativo representa la voz del santo, para terminar en una fanfarria monumental, donde las aves reaparecen cantando prodigiosamente, mientras Francisco las acompaña en su canto. El solista hizo alarde de su eximia técnica y de su virtuosismo, al igual que en la obra siguiente (Después de una lectura del Dante), que se ejecutan sin interrupción. El contraste en tono menor y escala cromática es notorio – que  representa el descenso de Dante al Infierno- y estuvo muy bien logrado. Lo mismo sucedió con los pasajes de tonos menores a mayores- que representan las escenas de amor entre Paolo y Francesca da Rimini- , donde se pasa de la oscuridad a la luz, o del Infierno al Paraíso, pasando por el Purgatorio. Posteriormente, la obra se cierra con una recapitulación en tono menor sobre el primer tema, que va in crescendo. Naturalmente, la interpretación del italiano fue soberbia, con excelentes recursos técnicos y un cromatismo excepcional. Como no podía ser de otra manera, los aplausos y los vítores se multiplicaron al finalizar el concierto.
            En agradecimiento al público, Alessio Bax ofreció dos bises: un Estudio para mano izquierda – no anunciado, de modo que una no puede determinar si se trató de Rachmaninov o Scriabin- que interpretó magistralmente, para luego culminar con una monumental y vibrante versión la Danza Húngara n° 5 de Johannes Brahms. Un recital que se caracterizó por la originalidad del repertorio comprendido y por la delicadeza, sutileza y personalidad del intérprete, que una espera escuchar a la brevedad en otra ocasión.                                                                                                                                                                                                                                                                                                  


lunes, 1 de julio de 2019



FE DE ERRATAS


Estimados lectores, a solicitud de Martha Cora Eliseht, debemos consignar que en la Crítica Correspondiente al Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, en el párrafo que alude al "Bis" ofrecido por la Pianista Croata Martina Filjak en dicho concierto es "Fur Alina" del Compositor Arvo Pärt. Solicitamos en nombre de Martha y de la Página las debidas disculpas por el error y  agradecemos la Colaboración de Ntro. lector Fernándo Berçot de Río de Janeiro (Brasil) por la colaboración brindada.

TURANDOT – Teatro Colon 28/06/2019
En 1926,  a solo dos meses de su estreno en La Scala, el Teatro Colon llevó a escena Turandot, la opera póstuma e inconclusa de Giacomo Puccini. Desde entonces, Turandot se presentó en 15 temporadas previas a la presente. En cada una de esas 15 temporadas, grandes sopranos representaron a la princesa; Muzio, Raisa, Milanov, Callas, Nilsson, Udovic, Dimitrova, etc. Y otros tantos tenores de renombre interpretaron a Calaf;  Lauri Volpi, Thill, Merli, Del Monaco, etc.
Esto muestra la importancia, no solo por su belleza edilicia, que nuestro primer coliseo, supo tener en una época.
En las representaciones del primer elenco, que se llevan a cabo en estos momentos, destaca el nombre de una gran figura, al nivel de las que se mencionaron anteriormente, por la importancia de su carrera internacional y su calidad artística; Maria Guleghina.
Guleghina compone un personaje. No es la “Princesa hierática” que muchos suelen asociar a este rol; expresa cada una de las emociones que el texto o la situación argumental le pide a lo largo de la obra. Tal vez su voz no suene tan lozana como cuando la vimos en su recital, hace 14 años, pero suena vigorosa y contundente, resolviendo los pasajes más difíciles con la maestría y la experiencia que le dan sus 35 años de carrera.
Por el contrario, Kristian Benedikt, que interpreta el rol de Calaf, muestra lozanía y potencia vocal, pero lejos está de componer un personaje. No hay ductilidad en su canto. Se sabe poseedor de potentes agudos, y se prepara para emitirlos como para que el público los espere, los reciba y se asombre, y a veces sale bien, otras no tanto. El “Nessun dorma”, solo pareció una excusa para llegar al agudo final esperando la “apoteosis” que nunca ocurrió. De todos modos, esto es solo lo que diferencia a un cantante que cumple, con un artista que canta; y Benedikt, cumplió con su compromiso.
Otro tanto ocurrió con Verónica Cangemi en el rol de Liu. De gran trayectoria internacional y una especialista en música barroca, Cangemi incursiona en el verismo cumpliendo bien con un personaje fuera de su especialidad. Absolutamente exagerada en la muerte de Liu y con algunos sonidos fijos típicos del barroco pero no del verismo pucciniano.
El bajo James Morris ya no es el Wotan, que supimos ver en el 96. Sus casi 50 años de carrera se reflejan en su voz que ya perdió el color de su cuerda. A pesar de ello, dadas las características de Timur, su personaje, resolvió todo muy bien con lo que enseña la experiencia.
Raul Gimenez, otro artista de destacada actuación internacional, nos sorprende interpretando al Emperador Altoum. Lo hizo de manera irreprochable, dándole expresividad a cada palabra de su texto.
Ping, Pang y Pong, son una trinidad, tratada por Puccini como un solo personaje. Como dice Mosco Carner en su libro sobre Puccini: “Estas conforman un coro en miniatura, pues Puccini las trata no tanto como personajes individuales, sino como  un grupo que canta la misma música”. El contraste principal reside en sus voces, en efecto, Ping es barítono, y los otros dos tenores.
Sin embargo, es en  Ping, y fuera del trío, en quien recaen algunas frases importantes en el tercer acto, que deben ser dichas con autoridad y presencia vocal. Dicho esto, el rol de Ping interpretado por el barítono Alfonso Mujica, dejo mucho que desear. Su voz es buena, pero su performance carece de la relevancia y la experiencia necesarias para un artista de primer elenco en el Teatro Colon. Lo mismo vale para Santiago Martinez, en el rol de Pang. Correcta la actuación de Carlos Ullan, artista ya probado, y con años de trayectoria en el teatro. Correcto también el resto del elenco; Alejandro Meerapfel, como el Mandarín y Laura Polverini y Gabriela Ceaglio como Doncellas.
La dirección musical del Maestro Christian Badea, no conformó totalmente. No hubo fraseos ni matices. La solemnidad y pomposidad de las grandes escenas en la corte imperial, se convirtieron en simples marchas por los tiempos elegidos por el maestro.
Muy buen trabajo del Coro estable y el de niños del Teatro Colon, a quienes aún les restan 8 funciones prácticamente seguidas, de una opera agotadora.
La magnífica  escenografía que dejara el Maestro Roberto Oswald, fue la utilizada para esta reposición de Turandot. Matías Cambiasso y Anibal Lapiz, con la reggie y el vestuario, nos permitieron ver Turandot de Puccini. Para esta época, ver la opera como fue pensada por sus autores, es todo un logro.
Roberto Falcone