sábado, 18 de abril de 2026

 


Imagen de la mayoría de las fuerzas intervinientes en el concierto: El Solista Ricardo González Dorrego, la Sección Masculina del Coro Polifónico Nacional que dirige Fernando Tome, La Sinfónica Juvenil Nacional Libertador General San Martín  y en el podio su creador y director Mario Benzecry durante la interpretación de la cantata "Rinaldo" op. 56 de Brahms en una toma de la autora del presente comentario.


 Estupendo concierto de la Sinfónica Juvenil Gral. San Martín en el Palacio Sarmiento


DOS ESTRENOS LOCALES Y DOS JOYAS FULGURANTES

Martha CORA ELISEHT


El pasado domingo 12 del corriente se produjo un hecho trascendental en

materia de cultura: el estreno argentino de dos obras de compositores clásico-

románticos en calidad de primera audición dentro del programa de conciertos de la

Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil “Libertador Gral. San Martín” bajo la dirección de

su titular -maestro Mario Benzecry-, con participación del Coro Polifónico Nacional

dirigido por Fernando Tomé y el tenor Ricardo González Dorrego en calidad de solista.

El hecho tuvo lugar en el Auditorio Nacional del Palacio Domingo F. Sarmiento

durante el concierto inaugural de la Temporada 2026 del mencionado organismo

sinfónico, donde se representaron las siguientes obras:

- Ave María, Op.12 para coro femenino y orquesta- Johannes BRAHMS (1833-

1897)

- “Rinaldo”, Op.50- Johannes BRAHMS (1833-1897)

- Sinfonía n°7 en Mi bemol mayor (reconstrucción de Seymon Bogatyrev)- Piotr I.

TCHAIKOVSKY (1840-1893)

Una vez que los integrantes de la orquesta tomaran sus respectivas ubicaciones

sobre el escenario, Mario Benzecry hizo su presentación no sólo para agradecer la

presencia del público -un Auditorio Nacional atiborrado de gente que se dio cita esa

tarde-, sino también para ofrecer una reseña sobre las obras comprendidas en el

programa, de las cuales, dos fueron estrenos locales. Se dedicó la primera parte del

concierto -formada por obras de Brahms- a los 200 años de relaciones bilaterales entre

Argentina y Alemania. Pese a que se anunció -y agradeció- la presencia del ministro

alemán Peter Neben y su esposa, no estuvieron presentes.

El Ave María, Op.12 data de 1858 y fue la primera obra coral que compuso Brahms;

originalmente, para órgano y coro femenino y, posteriormente, para acompañamiento

con orquesta, que fue la que se representó durante el presente concierto. En 1878 su

autor también hizo una versión para piano. Su duración es breve (oscila entre 5 a 7

minutos) y se inicia con un canon entre sopranos y contraltos apoyado sobre las cuerdas

graves (violas, violoncellos y contrabajos) en contrapunto con las maderas. Dicho efecto

sonoro crea un clima angelical en una obra de gran belleza melódica que -por

momentos- remeda al coro a bocca chiusa del 2° acto de MAADAMA BUTTERFLY,

pero mucho más melódica, al estilo del célebre Canon de Pachlebel. Se logró un

perfecto equilibrio entre la orquesta y el coro, que contó con la magistral preparación de

Fernando Tomé al respecto. Hacia el final de la obra, la orquesta va lentamente in

crescendo para lograr ese clima angelical anteriormente descripto.

A continuación, las voces masculinas del Coro Polifónico Nacional tomaron sus

puestos junto a Ricrdo González Dorrego y Mario Benzecry para el estreno local de la


cantata RINALDO, Op.50 de Brahms, compuesta en 1863 para un concurso de música

coral en Aquisgrán. Posteriormente, Brahms abandona la composición y la retoma en

1867 debido al éxito obtenido con Un Réquiem Alemán. Está basada sobre el poema

homónimo de Goethe quien, a su vez, se basó en Jerusalén liberada de Torquato Tasso,

donde el protagonista -un caballero a las órdenes de Godofredo de Boilleau- va a pelear

a las Cruzadas para liberar a Jerusalén del yugo de Saladino. En su camino, cae

hechizado por el embrujo de la maga sarracena Armida, quien lo mantiene prisionero

haciéndole vivir un mundo ideal producto de su hechizo hasta que sus hombres van a

rescatarlo. A diferencia de las óperas de Lully y Rossini -que se centran sobre la

protagonista femenina-, aquí Armida no aparece, pero se la menciona como un demonio

una vez que Rinaldo despierta del embrujo. El caballero es recuperado por sus soldados,

quienes cantan un himno de alegría y júbilo al final de la obra (Am See, En el mar). Se

estrenó en Viena bajo la dirección del compositor en 1869, pero no tuvo gran éxito. La

duración de la cantata oscila entre 36 a 40 minutos y se inicia con una breve obertura

que reúne las tres principales características de la música del genio de Hamburgo:

solemne, romántica y marcial. Posteriormente, el coro interviene con una saloma

(canción de marineros) de carácter épico y heroico, con reminiscencias de corales de

Mendelssohn y Beethoven. La primera intervención del tenor es una romanza que alude

a los días felices junto a Armida mediante una melodía muy romántica, ricamente

elaborada, que alude al canto del ruiseñor en la maderas -muy buenas intervenciones de

Lázaro Martín en clarinete y de Maia Calahorra en fagot, al igual que la flautista-. Tras

la segunda intervención del coro en un canon a 3 voces, el protagonista retorna a la

realidad cuando los caballeros le muestran el escudo de diamante que -a manera de

espejo- refleja la realidad y rompe el hechizo. Este efecto sonoro está muy bien logrado

mediante una fanfarria en los bronces y una melodía sombría y oscura en tono menor en

cuerdas, que acompaña al tenor y va in crescendo hasta la entrada del coro. La

referencia a Armida como demonio es magnífica por su solemnidad y la obra culmina

con un final brillante, que -por momentos- posee reminiscencias del primer movimiento

de la 4° sinfonía y que reúne las características anteriormente mencionadas. La orquesta

y el coro sonaron perfectos, con una gran actuación de Ricardo González Dorrego como

solista que se vio coronada por una auténtica ovación de vítores y aplausos.

Tras la composición de su Sinfonía n°5 en 1888, Tchaikovsky logró un gran

reconocimiento como compositor y comenzó a componer su sinfonía en Mi bemol

mayor que -originalmente- iba a ser su sinfonía n°6. Debido a que tenía exceso de

trabajo -lo que incluyó una gira por Estados Unidos, la composición de Cascanueces,

Iolanta y su Concierto n°3 para piano y orquesta, Op.75-, el músico ruso abandonó la

composición en 1892, porque “no encontraba la introspección necesaria para

completarla y que una sinfonía merece”, según sus propias palabras en una carta

dirigida a su sobrino Vladimir Davydov. No obstante, Tchaikovsky ya había orquestado

los dos primeros movimientos y bosquejó los restantes. El tema principal (Allegro

brillante) era extrovertido, atractivo y muy hábilmente trabajado. A su vez, Tchaikovsky

nunca abandonó la idea de componer una nueva sinfonía acorde a sus planes y decidió

revisar los bosquejos por sugerencia de Davydov en vez de descartarlos por completo.

Influyeron en la composición de su Sinfonía n°6 (“Patética”) y en su Concierto n°3

para piano y orquesta, Op.75 del cual, sólo se publicó el 1° movimiento en octubre de

1893 porque consideraba que el material de la sinfonía en Mi bemol mayor era

demasiado largo para ser utilizado en un concierto para piano. En 1897, a tres años

luego de la muerte del compositor, su hermano Modest, Serguei Tanáyev y el editor

Beláyev se pusieron de acuerdo para estrenar dos movimientos de la sinfonía (Andante y


Finale) acorde a los bocetos que había dejado Tchaikovsky. Recién entre 1951 y 1955,

el compositor soviético Seymon Bogatyrev (1890-1960) realizó una reconstrucción de

la partitura original acorde a fuentes primarias, los bocetos originales de Tchaikovsky, la

orquestación del concierto para piano n°3, op.75 y la de Tanáyev de los movimientos

anteriormente mencionados. Esta reconstrucción tiene 4 movimientos: Allegro brillante

(Mi bemol mayor) /Andante (Si bemol mayor) / Scherzo: vivace assai (Mi bemol

menor) y Finale: Allegro maestoso (Mi bemol mayor), donde Bogatyrev siguió la

especificación de Modest Tchaikovsky de que el 3° movimiento debía ser un Scherzo,

mientras que, para el cuarto, empleó la partitura y las especificaciones del compositor

del mencionado concierto para piano. Publicó la partitura como Sinfonía n°7 en Mi

bemol mayor de Tchaikovsky, cuyo estreno mundial se produjo en 1957 en Moscú por

la Orquesta Filarmónica de la Región de Moscú dirigida por Mikhail Térian. La primera

grabación estuvo a cargo de la Orquesta de Filadelfia en 1962 dirigida por Eugene

Ormandy. Su orquestación lleva maderas por 4, 4 trompas, 2 trompetas, 3 trombones,

tuba, arpa, cuerdas y percusión. La versión lograda en calidad de estreno local fue

excelente, con un gran desempeño de todos los solistas de las princplaes secciones de

instrumentos -comenzando por la concertino Sofía Hermann- y una magnífica

marcación de tempi de la mano de una batuta como la de Mario Benzecry para poner

punto final a una noche mágica, donde la enjundia y el brillo de tan magnífica obra

cautivaron al público, que se puso unánimemente de pie al término de la función.

No sólo la Sinfónica Nacional Juvenil “Libertador Gral. San Martín” ha

presentado un sonido renovado por renovación parcial de sus integrantes, sino que ha

sido capaz de ofrecer dos obras en calidad de estrenos locales que, además, son dos

auténticas joyas que brillan con fulgor en el firmamento del repertorio universal.

Afortunadamente, se las rescató de su letargo para que el público argentino las pueda

apreciar.

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