martes, 21 de abril de 2026

 


Daniela Tabernig, Carlos Calleja y la "Nueva Sinfonietta" de Bunos Aires luciendo en la Usina del Arte, tal como lo refleja esta fotografía de Martha Cora Eliseht,


Magistral concierto de la Nueva Sinfonietta en la Usina del Arte


EL MARAVILLOSO EFECTO DE LA MULTIPLICACIÓN

Martha CORA ELISEHT


El Ciclo de Camara de la Usina del Arte constituye un espacio de excelencia para

todos aquellos amantes del género por su alta calidad en los programas que lo integran y

la jerarquía de los intérpretes que participan dentro del mismo. Una prueba fehaciente

de ello ha sido el concierto ofrecido el pasado domingo 19 del corriente, con

participación de la agrupación Nueva Sinfonietta bajo la dirección de Carlos Calleja y la

soprano Daniela Tabernig para brindar el siguiente programa:

- Vier letzte Lieder (Cuatro últimas canciones) (versión para 13 instrumentos

solistas de Carlos Calleja)- Richard STRAUSS (1864-1948)

- Cuadros de una exposición (orquestación de Maurice Ravel- versión para 13

solista de Carlos Calleja)- Modest MUSSORGSKY (1839-1881)

La mencionada agrupación es un conjunto de 13 solistas cuyo objetivo es ofrecer

versiones de cámara de grandes obras para orquesta sinfónica. Liderada por uno de los

mejores directores de orquesta de todo el país, su repertorio abarca obras del repertorio

universal como Preludio a la siesta de un fauno de Debussy, la Sinfonía n°1 “El Titán”

de Gustav Mahler y Pas de deux de Cascanueces, entre otras. La mayoría de sus

integrantes se desempeñan como solistas en las orquestas más prestigiosas del país y

son los siguientes: Natalia Cabello (1° violín), Joaquín Orellano (2° violín), Héctor

Gareca (viola), Benjamín Báez (violoncello), Matías Cadoni (contrabajo), Guillermo

Irusta (flauta), Pamela Abad Quintale (oboe), Roberto Gutiérrez (clarinete), Manuel

López Leal (fagot), Pablo Bande (corno), Pablo Amaya (trompeta), Cristian Ibáñez

(percusión) y Alberto Biggieri (piano). Una vez que los músicos tomaron sus puestos

sobre el escenario d, Carlos Calleja y Daniela Tabernig se hicieron presentes ante un

nutrido auditorio que se dio cita en la Sala de Cámara de la Usina el domingo por la

mañana para disfrutar de un magnífico concierto.

Nacida en Santa Fe y radicada en España desde hace algunos años, Daniela Tabernig

es una de las mejores sopranos argentinas y una gran interprete de las Cuatro últimas

canciones de Richard Strauss, compuestas en 1948 cuando el músico alemán decide

establecerse en Suiza luego de finalizar la Segunda Guerra Mundial, con textos de

Hermann Hesse en las tres primeras (Frühling (Primavera), September (Septiembre),

Beim Schlafhengen (Al irme a dormir) y de Joseph von Eichendorff en la última (Im

Abendrot /Al atardecer). Representan la despedida de la vida del compositor y su

estreno tuvo lugar en Londres en 1950, interpretadas por Kirsten Flagstad. En la

presente versión para 13 instrumentos, descolló en su interpretación merced a su

impecable línea de canto, hermoso timbre y color vocales, matices y el buen gusto en la

materia para lograr ese carácter íntimo e introspectivo de la obra. La orquesta sonó

magnífica, con lucimiento de los principales solistas de los diferentes instrumentos,

donde se destacaron la concertino Natalia Cabello y el flautista Guillermo Irusta, cuyos


trinos en la última (Im Abendrot) sonaron estupendos. La versión fue exquisita, sutil y

con los matices típicos de esta gran obra. El público coronó la labor de la soprano, el

director y los músicos con una ovación de aplausos y vítores.

Compuesta originalmente por Mussorgsky en 1874 como una suite para piano,

Cuadros de una Exposición se basa en una exhibición póstuma de 10 pinturas de su

amigo y artista plástico Viktor Hartmann (1834-1873) organizada por el crítico de arte y

asesor del Grupo de los Cinco Vladimir Stásov (1824-1906). Posteriormente, Maurice

Ravel realiza su célebre orquestación en 1922 por encargo de Sergei Kousevitski, quien

era director de los Concertes Symphoniques de París. Forma parte del repertorio

habitual de toda orquesta sinfónica y está integrada por los siguientes cuadros: Gnomos,

El viejo castillo, Tullerías, Bydio (cabeza de ganado), Ballet de los polluelos en sus

cáscaras, Samuel Goldenberg y Schmuyle, El mercado de Limoges, Catacumbas, La

cabaña de Baba Yaga (sobre patas de gallina) y La gran puerta de Kiev. A esto se le

suma el motivo conductor (Promenade), donde el visitante entra al salón donde se

exhiben los cuadros. Escrito en estilo diatónico, este pasaje describe la acción y crea la

tensión. Luego de la quinta repetición del motivo, da la impresión que el visitante se

ensambla con los cuadros y forma parte del universo pictórico. La suite posee dos tipos

de armonización: la diatónica, para los cuadros poéticos, y la cromática, mediante

escalas de tonos enteros, octatónicas y yuxtaposición de pasajes para los cuadros de

tono fantástico y misterioso. En cuanto a la orquestación, intenta mantenerse fiel a la

estructura original. La única licencia que toma es la de eliminar la quinta Promenade

que precede a El mercado de Limoges y en El viejo castillo, Ravel hizo que el fagot y el

saxofón compartieran una melodía apaciguada y melancólica con el acompañamiento de

las cuerdas. La adaptación de Carlos Calleja para 13 instrumentos de la mencionada

orquestación de Ravel fue admirable y genial desde todo punto de vista, porque permite

el lucimiento de todos los solistas desde el impecable solo de trompeta y corno iniciales

en la Promenade que abre la obra hasta la colosal coda y capitulación final en La gran

puerta de Kiev. Una versión fantástica, donde la orquesta se lució en toda su plenitud

merced al impecable equilibrio sonoro y la marcación impuestos por el director y otra

manera de interpretar esta gran composición.

Fueron solamente 13 instrumentos solistas que sonaron como una gran orqueta

sinfónica merced a la calidad profesional de sus integrantes y a los magníficos arreglos

por parte del director mediante un maravilloso efecto de multiplicación de sonido. Por

lo tanto, bien valió la pena madrugar el domingo.

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