sábado, 25 de abril de 2026

 

Momento de Cavalleria Rusticana en función de segundo elenco en el Teatro Colón, captado por Juanjo Bruzza para Prensa del Teatro.


Muy buen segundo elenco de I PAGLIACCI/ CAVALLERIA RUSTICANA en el Colón


LAS SEGUNDAS PARTES SUELEN SER MEJORES

Martha CORA ELISEHT


Acorde a lo comentado por el colega -y colaborador- Ignacio Dotti en la emisión

del programa radial CULTURA EN PARALELO el pasado martes 21 del corriente,

mencionó que prefería los segundos elencos de ópera en comparación con los primeros

porque eran más parejos respecto del nivel artístico y línea de canto. En contraposición

al vulgar dicho “las segundas partes nunca fueron buenas” en materia de remakes de

clásicos del cine universal o continuación de auténticos éxitos de taquilla, el segundo

elenco convocado para las representaciones de las óperas I PAGLIACCI/ CAVALLERÍA

RUSTICANA en el Teatro Colón demostró que fue la honrosa excepción que confirma la

regla, tanto por su nivel artístico como interpretativo.

Quien escribe tuvo la oportunidad de asistir a la representación de esta dupla del

verismo italiano que tuvo lugar en el escenario del mayor coliseo porteño el pasado

jueves 23 del corriente, con dirección musical de Marcelo Ayub y el siguiente reparto:

I PAGLIACCI: Alejandro Roy (Canio), Marina Silva (Nedda), Youngjun Park (Tonio),

Samon Mc Crady (Silvio), Sergio Spina (Beppe), Reinaldo Samaniego y Esteban

Hildebrand (Dos campesinos).

CAVALLERIA RUSTICANA: Diego Bento (Turiddu), Mónica Ferracani (Santuzza),

Youngjun Park (Alfio), Guadalupe Barrientos (Mamma Lucía) y Daniela Prado (Lola).

La presente producción contó con la siguiente ficha técnica: dirección escénica,

diseño de escenografía, vestuario e iluminación de Hugo de Ana; coreografía y

asistencia de dirección escénica de Michele Cosentino; ambientación de Claudia Vega;

video de Martín Ruiz y, como asistentes de escenografía, iluminación, vestuario y

coreografía, a cargo de David Secundino, Rubén Conde, Cristina Acati y Paul Castro,

respectivamente. Participaron el Coro Estable y de Niños del Teatro Colón dirigidos por

Miguel Martínez y Mariana Rewerski, respectivamente.

Acorde a la evolución de la ópera italiana, el verismo es una corriente iniciada en

1890 que se caracteriza por presentar un retrato realista de la vida cotidiana-

especialmente, de las clases bajas-, rechazando los temas míticos o los enfoques del

romanticismo. La música se da de manera continua, evitando las arias de coloratura y

los recitativos para lograr un canto más fluido. La ópera que inaugura este género es,

precisamente, CAVALLERÍA RUSTICANA de Pietro Mascagni (1863-1945), mientras

que I PAGLIACCI de Ruggiero Leoncavallo (1857-1919) no sólo es la más

representativa del género, sino también la que contiene una de las arias más célebres a

nivel internacional del repertorio para tenor: “Recitar… Vesti la giubba”. Por ser dos

obras maestras de breve duración, se representan juntas en ese orden: no sólo porque la

primera fue compuesta antes que la segunda, sino que la época en la que se desarrolla la

primera es a mediados del siglo XIX en Vizzini (pueblo del interior de Sicilia), mientras


que la segunda está ambientada en una aldea de fines de dicho siglo en Calabria. En este

caso, y, acorde a la concepción del régisseur Hugo de Ana, el Teatro Colón decidió

invertir el orden cronológico de las obras acorde a su fecha de estreno en su sala: I

PAGLIACCI se representó por primera vez en 1908, mientras que CAVALLERÍA

RUSTICANA lo hizo al año siguiente.

De todas las óperas compuestas por Mascagni, CAVALLERÍA RUSTICANA es la

más popular y la más representada en todo el mundo. Fue compuesta en 1890 como

parte de un concurso para compositores noveles que jamás habían montado una ópera

en escena, organizado por el editor de música milanés Edoardo Sonzogno. Una de las

condiciones era que debía ser un melodrama en un único acto. Tan sólo dos meses antes

de la fecha del concurso, Mascagni le pidió a su amigo Giovanni Targioni- Tozzetti que

le proporcionara un libreto. Éste eligió la novela homónima de Giovanni Verga y junto

con su colega Guido Menasci fueron enviándole el libreto por partes. Finalmente,

resultó electa entre las tres finalistas sobre un total de 73 óperas participantes y se

estrenó en el Teatro Constanzi de Roma en mayo de ese mismo año, con un suceso

notorio de público y crítica que perdura hasta nuestros días.

Cuando se produjo el estreno de CAVALLERÍA RUSTICANA, Leoncavallo era un

compositor muy poco conocido. Quedó impactado por la ópera de Mascagni y decidió

escribir una obra similar en un solo acto al estilo verista. Para ello, se inspiró en dos

fuentes: un hecho de la vida real acontecido durante su infancia (asesinato de una mujer

durante una representación de la commedia dell’arte, donde su padre llevó a cabo la

investigación criminal en su carácter de Juez de Paz) y La Femme de Tabarin de Catulle

Mendès, donde se representa una obra dentro de otra obra -similar a lo que acontece en

PAGLIACCI, motivo por lo cual fue demandado por plagio en 1897-. Nunca se pudo

demostrar con certeza cuál fue la fuente original que motivó la composición, pero sí que

fue un suceso rutilante desde su estreno en el Teatro Dal Verme de Milán en 1892, con

dirección de Arturo Toscanini. A partir de allí, se representó en Londres y Estados

Unidos (1893). Su estreno en Buenos Aires tuvo lugar en la temporada inaugural del

Teatro Colón (1908), interpretada por Amedeo Bassi y Titta Ruffo.

En la presente producción, la escenografía de Hugo de Ana contó con la

presencia de un muro divisorio de altura considerable, sobre el cual se realizó una

proyección de video para ilustrar las escenas y realizar la ambientación. Sin embargo,

fue demasiado ampulosa y contrastó con respecto del argumento original de ambas

obras: I PAGLIACCI se desarrolla en una aldea de Calabria y la compañía de commedia

dell’arte liderada por Canio contó con un exceso de figurantes y bailarines, que

recordaban más al Cirque du Soleil que a un grupo de payasos y saltimbanquis que

llevan una vida itinerante y son pobres. Si bien se utilizó el escenario giratorio para los

cambios de escena como si se tratara de filmar diversos cuadros cinematográficos -lo

que justificaba la presencia de cámaras y un sillón de director de cine a la derecha del

escenario-, el exceso de su empleo retrasó la interpretación de la música, rompiendo el

clima íntimo de la obra. No sucedió lo mismo en CAVALLERÍA RUSTICANA, donde el

muro divisorio cumplió su función para separar la iglesia de la trattoria de Mamma

Lucía. No obstante, llamó la atención al principio de la ópera que la gente del pueblo

concurriera provista de sillas en el momento que Turiddu canta a Lola su serenata. Estas

incongruencias no sólo no respetaron la concepción original de la obra, sino que fueron


controversiales. A esto se le agrega el hecho de que si I PAGLIACCI está ambientada a

mediados del siglo XIX -tal como figura en el programa de mano-, los payasos de la

compañía de Canio llegan a la aldea en un camión cuando todavía no se había inventado

el motor a combustión. Un detalle más a tener en cuenta.

Desde el punto de vista musical y vocal, los grandes protagonistas de la noche

fueron los elencos estables. Tanto la Orquesta como el Coro y el Coro de Niños

desempeñaron una magnífica labor en ambas óperas. Dada su condición de pianista

acompañante y maestro interno, Marcelo Ayub posee un profundo conocimiento de las

partituras de estas joyas del verismo y lo demostró con creces, brindando los matices

necesarios y la enjundia a la Orquesta Estable para su correcta interpretación.

Respecto de I PAGLIACCI, el tenor español Alejandro Roy posee muy buenos

matices, esmalte vocal y buena técnica, pero le faltó expresividad en el aria más famosa

y conmovedora de la ópera (“Vesti la giubba”). Se lo apreció mucho mejor y más

seguro en el aria de la 2° parte (“Non, Pagliaccio non só”), motivo por el cual se retiró

sumamente aplaudido. Por su parte, Marina Silva brindó una espléndida Nedda desde lo

vocal como desde lo actoral. Una la ha apreciado en numerosas oportunidades en este

rol y se destacó en todas sus intervenciones; principalmente, en su aria (“Stridono

lassu”), mientras que el barítono coreano Youngjun Park ofreció un muy buen Tonio

merced a su voz caudalosa, bien timbrada, con brillo y esmalte tonales y muy buenas

dotes histriónicas, al igual que Sergio Spina como Beppe. Si bien el barítono Samson

Mc Crady se desempeñó correctamente como Silvio, no descolló en su rol, que juega un

papel fundamental en la dramaturgia de la obra.

En cuanto a CAVALLERÍA RUSTICANA, Diego Bento se lució como Turiddu en

sus arias, comenzando por la serenata inicial a Lola (“O Lola, c’hai di latti la

cammisa”), en el duetto con Santuzza (“Tu qui, Santuzza”) y luego del célebre

Intermezzo (“Viva il vino spumeggiante”; “Mamma, quel vino é generoso”). Puso garra

e ímpetu para componer su personaje y le brindó el espíritu italiano típico, característico

de esta obra. Por su parte, Mónica Ferracani compuso una excelente Santuzza merced a

sus dotes histriónicas, su caudal de voz y sus matices dramáticos, sobresaliendo tanto en

las notas agudas como en las graves con brillo y squillo. Cantó sin dificultad el

mencionado duetto con Turiddu y su aria principal (“Voi io sapete, o mamma”).

Youngjun Park encarnó un muy buen Alfio, sin dificultades en su aria (“Il cavallo

scalpita”), al igual que Guadalupe Barrientos, quien dio vida a una excelente Mamma

Lucía. Por su parte, Daniela Prado se destacó como Lola en su stornello (“Fior de

giaggolo”). El Coro Estable sobresalió en sus correspondientes arias (“Gli aranci

olezzano” e “Inneggiamo, il signore é risorto”), mientras que la Estable se lució en el

célebre Intermezzo. Una muy buena versión de este clásico, donde el público convalidó

con sus aplausos y vítores al término de la función.

Si bien se trató de una buena representación, no estuvo exenta de controversias e

incongruencias. A veces, el exceso de figurantes y gente arriba del escenario resta en

vez de sumar. Por otra parte, el exceso de escenario giratorio rompió el clima íntimo de

las obras. En esta ocasión, el segundo elenco tuvo una actuación mucho más pareja que

el primero en materia de interpretación vocal. Por lo tanto, una vez más se pone de

manifiesto y se ratifica la excelente calidad de los intérpretes locales, desmitificando


aquello por lo cual “las segundas partes nunca fueron buenas”. Por el contrario, las

segundas partes – o los segundos elencos- suelen ser mejores.

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