sábado, 7 de mayo de 2022

 Inorgánico programa filarmónico…

                                                                                         Por Jaime Torres Gómez

 

Luego de la cancelación del cuarto programa de abono de la Filarmónica de Santiago debido a un brote de contagio viral, llega la quinta jornada de la mano del argentino Alejo Pérez, debutante en el Teatro Municipal de Santiago.

 

Cabe señalar que la programación del Municipal se ha llevado a cabo con una irreprochable voluntad de cumplimiento tras la reapertura de los espectáculos con público presencial, volviendo a dar continuidad a la dinámica de las presentaciones de abono en conciertos, ópera y ballet, y conviviendo con las vicisitudes propias de los avances y retrocesos pandémicos. Prueba de ello fue la no realización del programa previo, que era de extremo interés ante las obras contempladas (“La Noche Transfigurada” de Schoenberg y una Suite de la ópera “Pársifal” de Wagner), esperándose su pronta reposición…

 

Interesante revestía volver a presenciar, después de mucho tiempo, a Alejo Pérez, consolidado director internacional a quien se le viera en su debut en Chile el año 2006 junto a la Sinfónica Nacional, y con extraordinarios resultados.

 

Lamentablemente, con un programa inorgánicamente concebido, dio cuenta de varios “horrores”, al incurrir en insalvables descriterios combinatorios con ingestas de obras, responsabilidad atribuible tanto a la dirección artística de la Filarmónica como al maestro invitado, al aceptar dirigir un programa de tales despropósitos...

 

Titulado “Bolero siempre…”, consultó en la primera parte el “Preludio a la Siesta de un Fauno” de C. Debussy, seguido del Doble Concierto para Violín y Cello de J. Brahms, obras difícilmente combinables ante parámetros individuales de poca (o nula) relación bilateral. Y como vergonzoso colofón, una segunda parte con el Bolero de M. Ravel seguido de la Sinfonía N° 3 “Con Órgano” de C. Saint-Saëns, evidenciando una inadecuada extensión con el “gancho” del Bolero, que ni siquiera diera término al programa, al ser ésta una obra propia para “culminar” un proceso (y/o experiencia) musical específico…           

 

Entonces, si se concibió este programa en clave de captación de nuevas audiencias, a la postre se incurrió en una deformación formativa, al darse una propuesta estéticamente incoherente y no debidamente dosificada. Sin embargo, y apelando a toda abstracción, igualmente se asistió a esta jornada filarmónica, apreciando los avances de Alejo Pérez en obras largamente ausentes

 

De los resultados, en general se percibió un buen trabajo de Pérez con la orquesta, mostrándose esta última muy atenta a sus requerimientos. En cuanto a enfoques, hubo un inidiomático abordaje del Preludio de Debussy, optándose por una óptica más bien extravertida, gruesa y ansiosa por sobre una sonoridad esfumada y/o etérea propia del impresionismo musical, a pesar de un descollante desempeño técnico y estilístico de la flauta solista al inicio (Carlos Enguix).

 

En el Doble de Brahms, largamente ausente y con buenos recuerdos, en esta oportunidad se ofreció una prosopopéyica versión a cargo de los filarmónicos Richard Biaggini (concertino) y Katharina Paslawski (primer cello), al no ajustarse en estilo, optándose por un enfoque arrebatado frente a lo canónico brahmsiano, que establece una estructura clásica dentro de un espíritu romántico.

 

Posteriormente, inició la segunda parte el exigente Bolero raveliano (también varios años ausente en la Filarmónica), donde hubo varias fracturas (primera función) seguramente ante falta de ensayos, no lográndose buen ensamble en varios instrumentos solistas más un malogrado empuje de la batuta hacia la sección final, quedando una sensación de insipidez, no obstante interesantes desarrollos previos con logradas dinámicas (excelentes progresiones en las capas sonoras), matices y una generosa exposición de las líneas melódicas….

 

Posterior a esta “extemporánea” disposición del Bolero, arribó la Tercera Sinfonía de Saint-Saëns, obra gravitante del género sinfonía en Francia. Curiosamente, reconociéndose cierta influencia de Brahms, menos se entiende no haber engarzado el Doble Concierto de la primera parte con la sinfonía, validando el despropósito boleriano de marras, como elemento estéticamente disociador

 

De atractivo vuelo inspirativo, inusualmente contempla un piano a cuatro manos más un gran protagonismo del órgano, este último proveyendo ora una envolvente atmósfera en pedal (principalmente en el segundo movimiento), ora una grandiosa exposición de un coral hacia el final, con visos de catártica espectacularidad.

 

La versión firmada por el maestro Pérez, de absoluto empoderamiento y con excelente respuesta de los filarmónicos. Magnífico enfoque, signado de atrapante ímpetu (ágiles tempi) e irreprochable coherencia. Exhaustivo trabajo en balances y transparencias, amén de una galería de logros en planos sonoros, fraseos y matices. Y destacada labor de Jorge Hevia como solista en órgano, asimismo los pianistas Josefina Pérez y Claudio Oliva, quienes no estaban consignados en el programa de mano…

 

En suma, un programa inorgánicamente concebido y de parciales logros, demandando un replanteo de los estándares programáticos conforme la asentada tradición de la Filarmónica de Santiago

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